
No hablaron más. La tarde había sido absurda. La sensación era de haber acumulado demasiada verdad. Las hojas de papel estaban emborronadas, tachadas con energía y un poco de resentimiento, sin piedad después del juego que habían empezado con un cierto interés malsano y a regañadientes. Decir la verdad era arriesgado, lo sabían, pero se metieron a sabiendas, inocentes, yendo a por todas. Les picaba la curiosidad, y al terminar sintieron un pequeño escalofrío. Todas fueron responsables de sí mismas. Nunca más se expondrían a mostrarse con tanta intimidad, tan realistas. Habían hablado sin control. El porqué de todo esto era absurdo, aunque una primera llamada a ser sinceras provocó el consentimiento general. Callaron y se despidieron.
Por la mañana se detiene en lo que supone el verbo recuperar cuando tantas cosas se van perdiendo. El tiempo no perdona, avisa de lo precario que va siendo todo en la vida; va dictando los límites sutilmente hasta que, de repente, un día tomas conciencia de lo que ocurre dentro de ti, y te llevas una sorpresa. Crees que te comes el mundo, que al mirarte al espejo todo está en su sitio, y porque eres capaz de hacerte unos cuantos kilómetros caminando de vez en cuando, se te perdona algo, y una frágil aceptación hace que mires lo que se apaga suavemente en tu interior, recapacites y no sepas encontrar respuestas como, dónde estás, y, qué es lo que pasa. Se barajan tantas posibilidades… personal, familiar, social, que hay que seguir asumiendo, quieras o no, poco o mucho. Sin embargo es inevitable que llegue un día y te preguntes: ¿Para qué tanto esfuerzo? Me da igual. No me interesa. Paso. En ese mismo instante, sin darte cuenta, empiezas a seleccionar. Dejas, coges, conservas. Lo que viene del exterior cobra una importancia más relativa, más abstracta. Y no es que interesen menos cosas, es que te apropias de las que se van a utilizar con otro talante, como debe ser. Ya no se busca esa imagen aceptada por todos, la que se ha dado desprendidamente toda la vida. Ahora el planteamiento es otro. Aquí estoy yo, con mis arrugas, mis cansancios, mis limitaciones. Con todas mis ilusiones también ¿Por qué no?
Y eso fue lo que ocurrió en esa simpática reunión de mujeres imaginarias entradas en años. Unas consecuencias al principio negativas a las que había que darle su valor. Sin intención de hacer un drama, solo presentar un grupo humano con una puesta al día francamente real. Hermosa.
Si habéis visto la serie Grace y Frankie viene muy bien en cuanto a todo esto que escribo hoy: ellas no son amigas aunque sus maridos han trabajado como socios muchos años, cuando Robert y Sol, ellos, anuncian que quieren separase, a ellas les toca compartir la casa de la playa que compraron juntos. Sin entender nada se ven envueltas en una relación impuesta, engorrosa, con un lenguaje claro e hiriente; se fastidian todo lo que pueden, vivir juntas las une en una amistad que parece someterlas a un perverso entendimiento. Dos semblanzas de mujer tan dispares como la misma trama. Una comedia con mucho sentido del humor, donde todos los prejuicios salen fuera. Muy típico de los americanos. Jane Fonda, Lily Tomlin, Martin Sheen, Sam Waterston, forman un conjunto exagerado y muy divertido; las piezas que han saltado por los aires tendrán que recomponerse de alguna manera. Los personajes, con sus respectivos hijos, pertenecen a una clase social muy alta, con años también muy altos, presentan una estética exuberante y libre. Una humanidad, que por disparatada no deja de ser un reflejo de su cultura, donde todo se cuestiona, y se asume con humor ácido y mucha sensibilidad. Ellos que pueden permitírselo. El desenfado es brutal ante las situaciones más estrafalarias. Son prototipos engañosos puesto que en el afán de saltarse las reglas de la fidelidad y la amistad les hacen ser grandes y entrañables personas. Cuatro actores maravillosos, y una producción hecha para visualizar una vida entusiasta, mirada de frente, sin tirar la toalla del todo, que cuesta aceptar, pero lo hacen cogiendo la parte arriesgada de la juventud y riéndose de ellos mismos. La recomiendo.
En alguna escena de enredo emocional, en la que están implicadas Grace y Frankie, me llama la atención una frase muy emotiva de Sol, angustiado: “No puedo dejar en estos momentos a Frankie sola, ella es muy sensible… Y ahora me necesita. Yo sé como tratarla.
Y es que no deja de ser una comedia romántica.
¿Hasta la semana que viene!

