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ENTRE TÚ Y YO

¿Estás preparado? ... Para morir

Mariate Almela Viernes, 27 de Noviembre de 2020 Tiempo de lectura:

 

Me llamo Alma y hasta hace dos días

formaba parte de los humanos vivos, pero

 eso ha cambiado…Ahora lo veo todo

 desde otra dimensión.      





En un instante puede cambiar tu mundo, tu percepción de las cosas, tus ideales, tu visión de la vida... y de la muerte. En un segundo puede transformarse tu futuro, tu presente, tu tiempo... el que tienes, el que te queda.



- Si te dijeran que te quedan tres meses de vida, ¿qué harías? - le preguntó Salvador a Fabricio.



Me encontraba en una iglesia, una de esas capillas que cuando entras y te sientas en uno de sus bancos, como poco te acerca a tus pensamientos. Había entrado por el olor. Siempre me ha atraído ese aroma a incienso que transporta la mente a rincones bonitos, a situaciones de bienestar. Me había sentado en un banco junto al confesionario. Fabricio era el cura de la parroquia. Un gran hombre muy querido en el barrio. Salvador iba todos los domingos a misa y hoy estaba allí porque había ido a charlar con el párroco.



- ¿Qué pregunta es esa Salvador? ¿quieres contarme algo? - preguntó Fabricio algo inquieto como si ya supiera lo que iba a contarle.



- Vengo del médico, Padre. Me ha dicho que me queda poco tiempo de vida. De tres a seis meses y lo primero que he hecho ha sido venir a verlo a usted.



Se hizo un silencio sepulcral, de esos que te recorren de pies a cabeza y te dejan helado, de esos que se resisten a romperse, de los que duran una eternidad.



- ¿Estás preparado? - le preguntó Fabricio.


- ¡Oh no, Padre! ¿Se puede estar preparado alguna vez?



- Claro que sí, yo lo estoy. Y no lo digo por decir, es la verdad y sabes que yo nunca mentiría.



- Pues enséñeme a estarlo, ayúdeme a ver con claridad y a sobrellevar este trance de la mejor manera posible.



 - Bueno Salvador, estate tranquilo. Voy a estar a tu lado, acompañándote en esta etapa, vamos a entender juntos. Ahora márchate a casa y espera al nuevo día. Cuando te despiertes mañana da gracias. Por estar vivo, por ser útil y por recibir cada uno de los regalos que tienes delante y que a veces no son tan sencillos de identificar. Hasta mañana Salvador - Fabricio salió del confesionario y se dirigió a la sacristía donde se cambió y se marchó.



Me quedé allí sola en un remanso de paz indescriptible. Entre la vida y la muerte. Observando la fragilidad del ser humano cuando pierde, en contraposición a su fortaleza cuando considera que gana. Analizando, como si de un acertijo se tratara, si se puede estar preparado realmente para dar el salto a lo desconocido o si por el contrario por mucho que te prepares no es posible. Subí hasta el campanario y me dispuse a quedarme allí para ver amanecer y observar las mismas cosas que Fabricio le había recomendado a Salvador.




El primer regalo era ese nuevo día; aquella luz que al ir aumentando de intensidad anunciaba lo que estaba por llegar. Horas cargadas de oportunidades para aprovecharlas, para disfrutarlas. Saborear cualquier momento para después hacerlo tuyo y llevarlo siempre contigo, como si de una captura se tratara y así ir atrapando tesoros que te puedas llevar cuando te marches y llevarlos dentro como los llevo yo, que ya no estoy, pero los traigo conmigo.



- Salvador despierta, ¡mira que buen día hace! No habías quedado con Don Fabricio para no sé qué - despertó cariñosa Obdulia a su marido - Venga arriba.



Él se levantó, la abrazó y se quedó callado, respiró profundamente como si la fuera a absorber y se empapó de su presencia, de su ser. Quería llevarse el trozo de ella que le correspondía, su esencia, y atesorarla como uno de esos regalos para la eternidad.



Cada mañana lo haría, para compensar las veces que no lo había hecho, todas las veces que al sentirse fuerte no le daba importancia y ahora en su fragilidad le parecía lo más importante.



- Me voy querida, luego no cocines, nos vamos a comer por ahí. Lo que tú quieras, lo que más te guste.



Ahí estaba el segundo regalo, descubrir que a lo que muchas veces le damos menos importancia es lo único importante. Ese abrazo, ese beso, esa compañía de los nuestros.



- Buenos días Don Fabricio - Estoy aterrorizado, un día sabiendo que me muero y un día menos preparado para ello. Veo cosas que no veía. ¡Las quiero disfrutar! Necesito tiempo.



- Ese tiempo que buscas lo vas a tener, estos meses de aviso te van a servir y verás como cuando termine tu plazo sentirás que estás preparado.



- Pero, ahora es cuando voy a empezar a vivir de verdad, esta mañana cuando he abrazado a mi mujer me he sentido pleno, nunca lo había sentido tan fuerte - le contestó Salvador.



- Pues de eso se trata, de que valores todo lo que tienes y no te despistes en tu viaje. Confía y date permiso para sentir.



Transcurrieron tres meses y Salvador era un hombre nuevo, lleno de vivencias y casi preparado para su fin. No había dicho nada de su inminente partida a los suyos, había preferido guardarlo para sí y no influir en ninguno de sus seres queridos para que la lástima y la compasión no entorpecieran aquellos meses de vida. 



- Papá, llaman de la consulta del médico. Dicen que es urgente - voceó Asún, su hija mayor.



- Voy hija. Sí, sí, soy yo. ¿Cómo? ¿Qué? ... Tengo que sentarme



- ¿Qué pasa papá? ¿Una mala noticia? 



- No hija, nada de eso. La mejor de las noticias.  



- “Su diagnóstico era erróneo. Millones de disculpas caballero. Usted no se va a morir. Le quedan muchos años de vida” - dijo exultante el médico al otro lado del teléfono. 



El tercer regalo puede llegar en cualquier momento. En este caso Salvador había conseguido ser un hombre nuevo gracias al convencimiento de que tenía que aprovechar el tiempo y dedicarlo a lo importante.



¡Vivir cada día como si fuéramos a morir mañana! y los regalos llegarán en cada jornada, en cada momento, en cada despertar.             


¡Buena semana mis lectores, a por muchos despertares fantásticos!

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