
Este momento que vivimos nos intimida al mismo tiempo que nos llena de asombro. Nos hemos ido adaptando sin que exista un miedo generalizado en todo esto. Pero las subidas y bajadas en los contagios son los filtros que marcan nuestra vida social, personal, y saludable, que a toda costa deseamos conservar. Vivimos pendientes de las estadísticas, de los cierres y aperturas de los lugares de ocio, de nuestros pequeños confinamientos, propuestos por la necesidad de paliar los abundantes casos de coronavirus.
Nos acechan con los ciclos que nos cambian la vida, que se han convertido en los marcadores para asegurarnos unas navidades dichosas. Las tenemos a la vuelta de la esquina, todavía sin la seguridad de quién se sentará en nuestra mesa en Nochebuena y quién lo hará en la comida de Navidad. Estamos pendientes de las noticias, y, en los chats familiares, saltan chispas. Hasta hoy, algo tan sencillo o complicado, como celebrar la navidad era patrimonio exclusivo de cada casa, pero este año, con tantos requisitos que hay que llevar en cuenta, es como resolver un crucigrama. Adaptarse al número de personas permitido, con las medidas de seguridad que se exigen, es delicado. Todas las precauciones serán pocas al mezclar diferentes edades: abuelos, hijos y niños, que vienen de relacionarse con otras personas, fuera del ámbito más cercano. Es difícil pronosticar lo que sucederá para que algo tan simple, hermoso y familiar no se nos escape.
La realidad es que dependemos íntegramente de la Covid-19, está claro que en cuanto se abre la mano y nos dejan la responsabilidad individual el virus crece, extiende sus tentáculos y crea el pánico. Somos incapaces todavía de frenar la situación, si depende de cada uno de nosotros. Se cierran cafeterías, bares y restaurantes para que se nivele y se controle a la población, se nos aconseja no salir demasiado, se propone el toque de queda a una hora determinada; de esta forma hemos conseguido bajar un poco las estadísticas. Noviembre ha sido fundamental: un encierro a medias, para poder empezar de nuevo, un poco más sanos y aprovechar las tentaciones que nos mantienen todo el día en la calle, haciendo nuestras compras prenavideñas y, si es posible, prepararnos para que la navidad sea la que deseamos.
Vivimos en un país muy callejero. Y nuestra ciudad lo es por exigencia mediterránea, cultural. Meternos en casa es un contratiempo que se acepta muy a regañadientes; observar todas las terrazas vacías, cuando la gente no se ha quitado el verano de encima, va en mangas de camisa y el sol luce provocador, es pedir demasiado. Necesitamos ocupar las calles, terrazas, y todo lo que verdaderamente nos hace afortunados. La pandemia no muestra síntomas de remisión; la vacuna la esperamos cuando esté a punto, lista, aún con muchas incógnitas.
Mientras tanto, con esta raquítica perspectiva muchas cosas están ocurriendo. Los hábitos de vida se han visto afectados, un tira y afloja mueve los hilos de la vida diaria. Nuestros gustos están en la calle. Se nos puede tachar de superficiales, es verdad. Pero no hay afectación en esa puesta en escena, solo proviene de una personalidad abierta, con poca intimidad en la que, a veces, es mejor pasar de puntillas, sin hacer ruido, ya que todo se manifiesta en la barra de un bar o sentados alrededor de una mesa, y siempre una buena mesa, porque tenemos suficientes razones para que sea así. Tampoco nos cuesta trabajo abrir nuestras casas, pasar horas con los amigos, con un ritmo más relajado, más cómodo. Nos encanta estar rodeados de gente, siempre. No sería bueno perder el interés por esta calidad de vida. Países muy dispares al nuestro, optan por nuestra cultura, envían a sus jóvenes a la experiencia mediterránea, cálida, llena de matices que se traducen muy en positivo.
Me ocurre que soy una persona que me tengo que justificar a mí misma de mis conclusiones en la vida, de las cosas que hago, y que debo discutirlas interiormente, para dejar claro mis porqués. En este caso hablo de lo que observo cada día. Paseo por las calles entregada a mi admiración: esta ciudad, la mía, podría definirla como una gran puerta donde entrar cuando las sombras aparecen y el deseo de mantener la energía se hace inevitable.
¡Feliz semana!

