
Vivir la experiencia de un rodaje es indescriptible. Se combinan muchos momentos emocionantes, ya sean de disfrute, tensión, cansancio, estrés, humor. ¡Como la vida misma!
Con un guión ya se puede dar vida al argumento y rodar la película. Y empieza el montaje de luces, encuadres, planos y mucha preparación antes de grabar. Y aunque todo parece controlado surgen los errores y con ellos las repeticiones de escenas, los nuevos encuadres.
Y este proceso estresa, condición necesaria pero no suficiente para perder los “papeles”. Porque controlarse depende de cómo toleres la frustración y no tiene que ver con la película que se está contando sino de cómo la estás manejando emocionalmente.
Y cuando no nos salen las cosas como habíamos pensado surge dentro de nosotros el malestar de la frustración, que ruge como el leitmotiv de la película de tiburón. Y por más que la música nos avisa que viene el peligro repetimos la escena del baño en la playa. Ruido que nuestro hijo interioriza y da sonido a sus experiencias.
Y aunque nos cuesta entender por qué en las películas se siguen bañando si hay tiburones o porqué se pasean en la oscuridad si hay un asesino; en el mundo real y de manera figurada, también nos bañamos con tiburones y paseamos de noche con asesinos.
Fuera del séptimo arte, y ya en la vida real, todos los días estamos rodando nuestra película, y suena la claqueta pero no siempre la toma es buena porque seguimos repitiendo las mismas escenas con el mismo encuadre y los mismos planos; y así nos cuesta pasar a otras escenas.
Los que repiten la misma escena se quedan más frustrados, convirtiendo la película en un género trágico o incluso de terror. Los que ya han pasado de pantalla y han aprendido a manejar el malestar, asumiendo el control de sus emociones, pueden seguir disfrutando del rodaje.
Cada uno elige desde dónde quiere contar su historia o la historia que quiere contar. Cada uno elige su banda sonora. Ya sea que suene a depresión, a ansiedad, a derrota, a entusiasmo, a ambición o a felicidad. Cada uno elige de manera voluntaria su música de fondo.
Poner la fuente de control fuera de nosotros nos hace perder la capacidad de tener control interno. Echar la culpa o responsabilidad de lo que nos pasa a los demás, sólo origina más descontrol y deja en manos ajenas la propia felicidad.
El autocontrol emocional es una habilidad que nos ayuda a autorregularnos cuando nos frustramos al no cumplir con las expectativas propias o cuando dependemos de las acciones ajenas. Decidir ser actor principal o secundario depende del poder de control que te des a ti mismo.
Y tengo el control cuando me responsabilizo de lo que pienso, siento y hago. Cuando busco maneras diferentes de enfocar los problemas. Cuando me centro en lo que tengo que hacer yo en lugar de intentar cambiar las cosas o a las personas.
Ya lo dijo Sócrates, enfoca tu energía en la construcción de lo nuevo, no en la lucha contra lo viejo. ¡Silencio, se rueda! Espero que esta toma sea la buena para ti. Y si no es así, cambia el encuadre, cambia la banda sonora.
Nos vemos el próximo miércoles. Un abrazo. Esther.

