
Esta semana dedico parte del tiempo en organizar el menú navideño. A los preparativos me refiero. Los encargos para hacer el pavo trufado, la pata de cerdo, el arreglo para el cocido de pelotas ya están puestos en la lista del carnicero, como todos los años. La cocina va a acaparar horas del día y parte de las muchas actividades programadas. Da pereza enfrentarse, quizá más que hacerlo. Y este año también hay que llevar en cuenta cómo sentarnos, cómo organizar la mesa o cómo servir las comidas, y cómo comportarnos para no saltarnos las reglas que nos impone la situación. Ponerse en marcha cuesta trabajo porque es extraordinario, pesado de hacer y porque también hay otras cosas a las que habrá que dedicar tiempo, como los regalos que los niños esperan en el árbol, en Nochebuena.
Estos días son intensos, agradables y movidos, y este año será un poco diferente también. Existen algunas dudas todavía en la familia, pero no pasaremos de diez, está claro, y puede que no lleguemos a la cifra máxima. Todo está cogido con alfileres. Pero desde el primer momento decidí que haría lo que siempre he hecho en estas fechas; lo tradicional, nuestro, el mismo orden de siempre, y, ya veremos después. Pensar en negativo, no prever nada y correr a última hora, es una bobería que nunca hemos respetado, pues no existen cambios en nuestros menús cerrados. No se sabe quienes vienen hasta el final, pero es seguro que vendrán. Por eso estoy convencida que todo se comerá. Cada casa es un mundo propio, y los aspectos que lo conforman son únicos. Pero es fundamental tener algún recurso culinario, y gustarte comer; requisitos indispensables para que el éxito esté asegurado.
Me gusta la cocina, pringarme con las cacerolas no me cuesta, es lo mío, de siempre y para siempre. La cocina tiene magia, es un modo de ver la vida. Recuerdo cuando hacer unas simples lentejas me producía una responsabilidad exagerada. Pues continúo con esa exigencia personal. Disfruto y sufro. Soy perfeccionista, aunque sea para mis nietos, necesito que todo esté a punto, con una estética de adultos. Alguna vez he oído: -“por favor haz lo mismo que en mi cumple, pero no innoves, mamá”- decía Irene. Eran sus sabores de niñas que no querían perderlos. Ahora son ellas las que mantienen esa modalidad tan extraña: una anarquía, es así. A menudo tengo la sensación de que todo se puede complicar en la cocina, y eso es lo que me gusta, el riesgo de la improvisación. Como he dicho, solo guardo la tradición en Navidad: los mismos platos y los mismos sabores. Y nunca he tenido que tirar nada, es una falta grave. En casa se come todo.
Necesito mantener esa costumbre de una cocina siempre abierta; el gran respeto por dar de comer a quien llega, sea importante o inoportuno. Con esto quiero decir que no es el menú lo más crucial, sino la disposición para quien se presente sin avisar, aun cuando no haya nada preparado; y es entonces cuando surge la sorpresa y la certeza de tener algo en reserva. Mi cocina más que de mercado es de fondo de despensa; empiezo y voy creando mi propio estilo, que no es ninguno, porque cada vez añado o quito ingredientes, mezclo, experimento, y nada saldrá igual, es por eso que siempre se va comer con el mismo placer, o con el mismo interrogante. Tengo una experiencia que puede ser dudosa, aunque dicen que no lo hago mal. No sé dar recetas, cocino sin método, solo guardo algunas que las he patentado…, en mi cuaderno…Pero no tengo secretos. Hemos hecho de esta rareza una tradición… La nuestra. Las Influencias me vienen del interés por aprender de los grandes. Más que copiar lo suyo aprendo a conseguir la soltura necesaria para lograr un cierto equilibrio entre los alimentos para obtener distintos sabores, texturas y temperaturas.
Me gusta observar a Jamie Oliver; me encanta su pasión mientras prepara sus platos, me fijo en su naturalidad inagotable, como si no tuviera mayor importancia la magia que desprende su arte; toda esa seguridad coordinada minuciosamente para obtener un excelente resultado, que tarda en llegar por el derroche de sus ingredientes inagotables. Cuando crees que ha terminado remata con sus toques, o vises o, qué sé yo. Es como si nada estuviese previsto, sobre la marcha, añadiendo más hierbas y condimentos cuando crees que ya ha acabado. Alguna vez nos hemos preguntado en casa si se podrá comer lo que hace, por esa plenitud servida en un plato. Ya me gustaría comprobarlo… Seguro que sí. Lo comparo con el músico que va desgranando notas con su instrumento insaciable, hasta sacarle los sonidos más tentadores, creando una armonía llena de belleza para quien escucha. Tanto en uno como otro, cocinero y músico, sus manos, y todo su ser, se ponen en movimiento, utilizando sus capacidades interpretativas, para que el deleite no deje de ser excesivo.
Si perdemos la tradición acabaremos con el lazo social que une pueblos y culturas. Y la cocina es una razón fundamental de situarnos alrededor de nuestros platos deliciosos, mientras la vida sigue su camino.
¡¡¡No encontramos en Nochebuena!!!

