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ENTRE TÚ Y YO

¿Está averiado el ascensor social en occidente?

Carlos Castillo Jueves, 24 de Diciembre de 2020 Tiempo de lectura:

 

A menudo escuchamos que el ascensor social ya no funciona en occidente. Desde mi punto de vista, no es que esté averiado y ya no funcione, funciona perfectamente, pero lo hace en sentido descendente. En efecto, las personas de mi generación lo tendremos muy difícil para igualar el nivel de vida de nuestros padres. Se trata de un auténtico descensor social en el que estamos montados casi todos los jóvenes. Pero, ¿por qué ocurre esto?, ¿Es una crisis del modelo capitalista?, ¿Acaso es el estado el que está fallando en las labores que el denominado modelo de bienestar le otorga?

 

Resultaría muy sencillo atribuir al capitalismo o a la insuficiente capacidad del estado para corregir los fallos del modelo la culpa de que muchos jóvenes nos encontremos en esta situación. Sin embargo, la realidad es bien distinta. Lo cierto es que las dificultades para progresar socialmente que hoy existen en la casi totalidad de los países occidentales se deben más bien a un problema de productividad y crecimiento económico. Para entenderlo repasemos un poco de historia.

 

La mayoría de la sociedad occidental abandonó de forma masiva la pobreza con la revolución industrial, cuando los niveles de productividad se dispararon. En este momento, el ascensor social funcionaba a las mil maravillas y muchas personas de la clase baja pasaron a formar parte de una incipiente clase media, mientras que un número no desdeñable de personas que pertenecían a la burguesía media se enriqueció lo suficiente como para ser considerados clase alta. En el Siglo XIX la producción de los países occidentales se multiplicó y con ella las posibilidades de enriquecerse de los ciudadanos.

 

En el caso de España, en la década de los 60 se dio un potente crecimiento económico que permitió que la generación de nuestros abuelos disfrutara de un ascensor social que funcionaba a plena marcha. La situación para la generación de nuestros padres no fue tan extraordinaria, pero fue igualmente buena, en especial gracias al crecimiento económico que se logró con la entrada de España en la UE y con la apertura de su economía.

 

Sin embargo, no solo la historia nos demuestra que el funcionamiento del ascensor social está muy ligado a los niveles de productividad. También tenemos pruebas de ello en la actualidad. Hoy, mientras que en occidente se habla de la ruptura del ascensor social y se culpa de ello a una supuesta crisis estructural del capitalismo, en aquellos países asiáticos que abrazan el libre mercado se dan unas tasas de crecimiento muy elevadas, que se corresponden con unos altísimos niveles de movilidad social. Uno de los ejemplos más espectaculares es China, donde en 1990 había 1.000 millones de personas que vivían con menos de un dólar diario, lo que suponía nada menos que el 61,6% de los habitantes. En 2015, eran sólo 47 millones, apenas el 2%. En este periodo el PIB chino crecido a tasas de en torno al 10% anual. Pero también en otros países como India, Bangladesh o Sri Lanka la población se ha enriquecido considerablemente a la par que crecía su productividad.

 

El mundo occidental enfrenta hoy una difícil situación. Es cierto, el ascensor social ha sido sustituido por el descensor social. No obstante, esto no se debe a una crisis del capitalismo sino a la reducción del crecimiento económico. Nos obcecamos en culpar al sistema capitalista de todos nuestros males y es precisamente en esa obcecación donde reside uno de los principales motivos de nuestra decadencia. Nos empeñamos en mantener estructuras ineficientes y en confiar en la intervención política como panacea. Tratamos de apagar el fuego con más leña. Mientras occidente calumnia al sistema que le ha otorgado su esplendor y huye de él, los países orientales que lo abrazan son cada día más prósperos. A medio plazo, estos países, en muchos de los cuales no se respetan en absoluto los derechos humanos, se convertirán en la referencia. Estamos a tiempo de evitarlo.

 

 

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