
Hoy finaliza el año dedicado a Beethoven en el 250 aniversario de su nacimiento. No será fácil de olvidar; sus fastos se han visto oscurecidos por la desproporcionada pandemia y sus consecuencias, sin saber aún el tiempo que nos queda para desecharla. Alguien ha dicho que este aniversario del compositor habría que volver a celebrarlo en otra ocasión por todo lo alto. Tengo especial interés en recordar a uno de los grandes genios de la música. Aunque sea de pasada, aunque no diga nada que los aficionados no sepan, pero es un placer tener la oportunidad de rememorar una personalidad tan controvertida y complicada, con una gran dificultad física para sacar todo el talento que llevaba dentro; con un factor dramático, emotivo, anímico. Sus obras son expresión de sentimientos y pasiones, incluso ideales, de acuerdo con su especial idiosincrasia.
Beethoven plasma de forma extraordinaria su espléndido mundo interior, espiritual; enriquece el lenguaje instrumental de tal manera, que bien puede decirse que la música moderna nace con el monumental bloque de sus nueve Sinfonías. Su legado musical abarca desde el clasicismo hasta el inicio del romanticismo. Haydn, considerado el padre de la Sinfonía no fue un maestro al uso para Beethoven, ya que lo veía poco ortodoxo, pero lo apoyó y le dio muy buenos consejos; la admiración era recíproca. Tanto Mozart, Haydn y Beethoven fueron los músicos relevantes del clasicismo Vienés.
Todos sabemos de la sordera del compositor, que tanto influyó en su obra. Muchas versiones se han dado respecto a la manera de paliar la ausencia de sonidos para la composición. Pero lo cierto es que para lograrlos necesitaba unas reglas mínimas indispensables; se valía de pequeños artilugios, como una varilla metálica colocada en el oído, de forma que al percibir sonidos, se generaban unas pequeñas vibraciones en su cerebro para lograr el ritmo y la musicalidad de lo que estaba componiendo.
Beethoven ha sido una seductora coincidencia en este momento de autoafirmación personal, una imagen significativa, que acaba, mientras nuestro fin de Año se presenta con algunas variantes. No se podrán tomar las uvas en la calle en tanto que los relojes dan las doce campanadas. Controles de horarios y número de comensales en las mesas. Parece mentira, pero nos vamos acostumbrando a estos inconvenientes. Llevar la mascarilla será una de esas costumbres que costará dejar. Y hago una pausa para un descubrimiento: en la Gran Gala de la Danza, en el Auditorio, durante la admirable puesta en escena y la belleza de las parejas de bailarines en el escenario, el silencio no se vio en ningún momento interrumpido por las toses de siempre. Después de todo esto nos va a resultar antihigiénico estar con nuestra cara en libertad por lo menos en algunas ocasiones.
Los recuerdos se agolpan en este último día del año 2020 que será recordado por la primera gran pandemia de la era moderna. Del siglo XXI. Nuestro tiempo de navidad va pasando. Mañana será como empezar de nuevo. Y es que nos gustaría decir: borrón, cuenta nueva y aquí no ha pasado nada. Hacer propósitos para 365 días, y si es conveniente o no preocuparnos por lo que está por llegar; que ya vaticinan, con esas cepas que se han colado.
Cómo afrontar este desorden que, de repente, forma parte de nuestra vida. El largo periodo, que sin darnos cuenta nos hace estar aquí, temerosos, observando con cautela el motivo que ha sido capaz de transformarlo todo. ¿Qué pasará después? En este momento ya no somos los mismos, aunque existe una nueva posibilidad puesta en la vacuna: fabricada a contra reloj… Pero tal vez produzca un poco de recelo… A mí sí. No me gusta tener incógnitas de este tipo. A los problemas habituales les hemos dado una pausa. Los acontecimientos punteros ahogan noticias que llegaban rutinarias. ¿Es que se ha paralizado el mundo?
A pesar de todo, esta Noche sólo pensaremos qué canal elegir para comernos las uvas junto a las campanadas del reloj de la Puerta del Sol, y brindar con un espumoso que nos aleje de pensamientos sombríos. Nuestros codos se rozarán y enviaremos besos a través de Internet y de nuestras mascarillas, ¿por qué no? Y hay un acontecimiento curioso, entrañable, una modificación que va a gustarnos. En Televisión Española nos espera una originalidad: dos hermosas mujeres, dos bellezones, Anne Igartiburu y Ana Obregón, van a presentar y acompañar la entrada del Año Nuevo 2021. Merecerá la pena.
Recuerdo cuando la mayor de mis hijas, todavía sin hermanas ni primos, se preparó las uvas, por primera vez, toda feliz e importante. Cuando el reloj empezó a dar las campanadas, ella cogía un grano y se lo iba metiendo en la boca. Todos estábamos haciendo lo mismo, pero al terminar, nos dimos cuenta que sollozaba amargamente.
-¿Qué te ocurre, por qué lloras? – le dije preocupada.
-Pensaba que era obligación acabar todas las uvas al mismo tiempo que el reloj, y, ¡¡no he podido…!!
Pobrecita, qué mal lo pasó, estaba desolada, en su primera experiencia de Nochevieja. Pero ahora es una anécdota que siempre sugiere volver a ella como un recuerdo precioso de su infancia.
¡¡Deseo para todos una Feliz Entrada del Año Nuevo 2021!!

