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ENTRE TÚ Y YO

Esas pequeñas cosas

Mariate Almela Viernes, 08 de Enero de 2021 Tiempo de lectura:

 

 

Me llamo Alma y hasta hace dos días

formaba parte de los humanos vivos, pero

 eso ha cambiado… Ahora lo veo todo

 desde otra dimensión.      






La chimenea crepitante atraía la atención del grupo de personas que la rodeaban. Martina contaba anécdotas sin parar, como si nadie más en la sala tuviera nada que decir. Los demás la escuchaban atentos y cada vez que terminaba una de sus historias, la aplaudían.



De repente se hizo un silencio y la estancia quedó impregnada de una Magia inusual.



El calor de la chimenea y el olor que desprendían las varitas de incienso que había encendido Patricia, producían un efecto sedante en la mayoría de ellos.



Me acerqué al sillón principal que estaba muy cerca de las llamas y me quedé un rato contemplando el fuego, recordando lo que sentía cuando ayudaba a mi padre a preparar la fogata, a avivar las brasas y a asar castañas cuando la intensidad de las llamas disminuía.



- Alejandro, ¡te toca! Cuéntanos una de miedo - dijo Blanca con entusiasmo.



- ¡Venga vale! Pero luego no te quejes del temor que te dará cuando salgas por la noche a tientas...



- Me encantan las casas rurales, compartir desde el desayuno hasta la madrugada, jugar a juegos de mesa, contar historias y dejar a un lado las nuevas tecnologías, que están genial, pero absorben demasiado - comentó Cristina con exaltación.



Alejandro comenzó a contar su historia de miedo, mientras todos escuchaban con atención. Uno de los troncos de la chimenea se partió cayendo uno de sus trozos fuera de ella y mis reflejos hicieron que lo volviera a colocar en su sitio.



Blanca que miraba fijamente hacia el fuego, se quedó absorta al contemplar la escena en la que el tronco volvió a su sitio solo y gritó: ¡eh chicos! ¡El tronco se ha movido solo! Acabo de verlo.



Sus amigos que escuchaban la historia de terror que les contaba Alejandro la miraron incrédulos y entre risas, Luis le dijo que permaneciera en silencio y que si le daba miedo saliera de la sala pero que iban a escuchar la historia hasta el final.



La escena era entrañable, y me hacía reafirmarme en mi convencimiento de la importancia de esas pequeñas cosas que se viven intensamente cuando es el presente lo que cuenta (únicamente el momento en el que estamos), sin darle más protagonismo a lo que ya se fue y a lo que aún está por llegar.



Alejandro terminó de contar la historia que les había prometido con sustos y risas incluidos.



- ¡Vamos a cenar chicos! Pongamos en común todos los manjares que hemos traído.



Cada uno de ellos sacó de las bolsas lo que traía y sin parar de conversar fueron preparando una estupenda mesa para terminar sentados alrededor de ella.



- Os parecerá una exageración chicos, pero hoy es uno de los días más felices de mi vida. Tengo salud, alegría, tenemos comida y buen vino y ¡estamos juntos! ¿Qué más se puede pedir? - dijo Martina que tanto hablaba. 



Pues no es ninguna exageración (pensé al mismo tiempo que olía aquel vino que debía saber a gloria). Es una confesión bonita.



De pronto olí a quemado, miré y un nuevo tronco había caído fuera de la chimenea. Ninguno de ellos se dio cuenta y ya era tarde. El sillón donde yo había estado sentada un rato antes, había comenzado a arder. Estaba tan cerca de la chimenea que, al desplazarse el tronco ardiendo, el asiento se incendió. Todos corrieron en la dirección contraría nerviosos saliendo de la habitación y sin saber qué hacer; todos menos yo que sin dudarlo quise contribuir a que aquella noche mágica con sus pequeñas cosas no se convirtiera en un gran desastre.



Intenté pensar muy rápido. Aquellas personas no merecían terminar su estancia allí. Lo primero que se me ocurrió fue soplar con mucha fuerza la puerta de entrada al salón y que no pudieran volver a entrar ni se propagara el fuego hacia el resto de la casa. Una vez encajada la puerta y en ausencia de todos ya podía actuar más libremente.



Escuchaba voces muy alarmadas detrás de la puerta intentando abrirla. No tenía mucho tiempo así es que hice lo único que se me ocurrió con los recursos que tenía. Como habían dejado la mesa puesta, cogí el gran salero que estaba sobre ella y el trapo húmedo con el que minutos antes habían limpiado el mantel plastificado. Dejé caer la sal sobre las llamas e inmediatamente solté el paño húmedo encima y el fuego se apagó. Un truco que aprendí en el mundo de los vivos y que en ese momento me ayudaría.



Cuando consiguieron entrar a la sala todos se sorprendieron mucho y Martina exclamó:


- os dije que vi algo raro cuando cayó el tronco y volvió solo a su sitio. Y ahora el fuego se extingue de la misma manera: ¡¡¡solo!!!



 - Bueno, ¡pues brindemos por nuestro Ángel de la guarda! - dijo Luis algo menos incrédulo.



Aquel grupo de amigos pudo seguir disfrutando de esas pequeñas cosas que siempre dejan huella en el corazón, las que cuando faltan se hacen enormes y cuando las tienes van dejando un poso extraordinario que nos hace mejores personas y sobre todo, nos hacen ver que lo importante es vivirlas, exprimirlas a diario , extraerles todo el jugo y situarlas en nuestra escala de prioridades arriba del todo y que nada pueda interferir en su disfrute. Los fuegos se apagan y nos enseñan a valorar aún más esas pequeñas cosas que son las más grandes.

 


¡Feliz año nuevo mis lectores! Os deseo que siempre sepáis distinguir lo importante de la vida y que estéis muy presentes donde el corazón os diga que debéis estar. Mariate.

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