
De pronto llegas a casa y te encuentras con un desconocido. Tantos años conviviendo y sin darte cuenta no reconoces a la personita que está a tu lado. Empieza a hablarte diferente, a tener sus propios gustos, a no contarte cosas, a no querer compartir momentos familiares. Esa pegatina se despega del papel y no sabes cómo actuar. No sabes si dejarlo, si obligarlo, ha cambiado las claves de su mente y ya no puedes entrar a su corazón. Tienes que restablecer la contraseña si quieres seguir conviviendo con él, sustituyendo la antigua “Infan8” por la nueva “Adolf14”, como llaman mi hermana Mónica y mi cuñado Iñaqui a sus estrenados hijos adolescentes. Y los llaman así, Adolf y Adolfina, por la dictadura hitleriana que intentan imponer y que frenan sin tregua.
Hay una descripción del adolescente que dice “...Nuestros jóvenes de ahora aman el lujo, tienen pésimos modales y desdeñan la autoridad, muestran poco respeto por sus superiores y pierden el tiempo yendo de un lado para otro, y están siempre dispuestos a contradecir a sus padres y tiranizar a sus maestros...” suena moderno y actual pero lo dijo Sócrates en el siglo IV a. C. La adolescencia es una etapa evolutiva, no una moda. Se pasa de un pensamiento concreto a abstracto, ya pueden hipotizar; son pensadores críticos y van a cuestionar lo establecido como medio de encontrarse a sí mismos.
La palabra adolescencia proviene de adolescere, que significa falto de proyecto. Entran en una crisis generacional y necesitan para madurar saber qué hacen en este mundo y lo hacen alejándose del mundo adulto; de ahí que se encierren en sus habitaciones, estén aislados con música y conectados con los iguales. Es un proceso normal de crecimiento y hasta donde sé para crecer hay que romper. Y rompen con lo establecido, que toca “los cojones” a los adultos porque nos cuestionan (porqué tengo que ir al insti; porqué hay que madrugar; porqué tengo que comer lo que me digas; porqué tengo que ordenar la habitación como a ti te gusta…). ¡Agotador! Pero nosotros respondemos ante esta crítica con más crítica y menos adulto que ellos.
Con la adolescencia se inicia la intimidad, empieza la diferenciación, arranca la crítica y todo eso sin experiencia. Es un cerebro adulto sin experiencia; un cerebro novel, que transita de manera torpe por las nuevas carreteras de la madurez. Y a los padres nos pilla como profesores de autoescuela sin la formación homologada después de tantos años circulando por la paternidad.
Todos hemos sido adolescentes y algunos lo seguimos siendo todavía, y si viajamos a nuestros 14 años os seguro que también nos sentiamos solos, incomprendidos y criticados. No ha cambiado nada de la etapa evolutiva, con sus cambios físicos y psicológicos, y aunque el ambiente y los estilos educativos sean diferentes, la adolescencia es la misma.
Termino con una reflexión de mi paciente Lucía, de 15 años. Un amor y belleza de adolescente que busca ser feliz en un encuentro personal con ella misma y sus contradicciones. Gracias por querer compartirlo que, sin duda, nos ayudará a recordar un mundo que ya transitamos y que ahora nos toca acompañar.
“Si me preguntas como estoy, seguramente te responda que bien,que todo está maravilloso,pero sigue preguntando, dame pie a contarte, a meterme en mi mundo,y te darás cuenta de que, en realidad, nada está bien. Me siento vacia, ya no sé si por una muerte o una falta de cariño. No sé si es porque no valoré en su momento o porque no me valoraron en el mio. No tengo nada claro aunque parezca que sí, no quiero nada y lo quiero todo al mismo tiempo, me contradigo constantemente. Tengo un debate interno en el cual no se si reforzar mi armadura o dejar escapar lo que retengo, donde me planteo hablar o callar… donde me cuestiono si la amistad es real o solo un simple entretenimiento para escapar de algún mal. Mis pensamientos están encerrados en mi cabeza, donde esta armadura de chica fuerte, los tiene presos, sin alimento alguno, sin fuerzas para expresarse debidamente al mundo… no me importa lo que los demás opinen pero “no saldré así a la calle, me mirarán raro”. Me esconderé en mi habitación, donde soy yo, sin ningún tipo de barrera, sin nadie que me juzgue, sin palabras que duelan… y así, día tras día, hasta perder las ganas de hacer cosas que me encantan como dibujar o escribir, o simplemente abrazar a gente importante para mí. El sentirme vacia, cansada, dolida… se disimula fácil tras una sonrisa y 2 bromas… ¿verdad?
Qué chulo sería escuchar lo que no dicen o lo que dicen con protestas pero leyendo entre líneas el miedo y la incertidumbre que les hacen provocar. Observar y buscar el momento con vuestro “Adolf o Adolfina” para charlar acortaría distancias y barreras en la comunicación. Pero para eso recuerda primero restablecer contraseña. La mia es AdolfElen17. ¿Y la tuya?
Nos vemos pronto. Un abrazo. Esther.

