Experimentos
Rajoy parecía Indiana Jones después de recuperar el Arca de la Alianza. Tres días antes de su comparencia en el Congreso en plan Terminator, el presidente del Gobierno se sirvió del hallazgo del Códice Calixtino expoliado en 2011 para escenificar en Santiago su segunda alegría de la legislatura tras la consecución de la Copa de Europa de Fútbol. Menos mal que Higgs y su Bosón no son españoles, porque en caso contrario todavía estaríamos subidos en el autobús de los grandes éxitos científicos, ése al que se le ha gripado el motor gracias a la cicatería presupuestaria en materia de investigación actualmente en curso. Como a nadie le amarga un dulce, el jefe del Ejecutivo se zampó la tarta entera a la vera de la catedral compostelana frente a un despliegue de figurantes uniformados y purpurados digno de una superproducción de los años cincuenta y en medio de una prosopopeya y boato comparables a la entronización de un papa.
¿Pero es que este hombre no tiene un director de comunicación a mano que le escriba los guiones, le trace las líneas rojas y le pase la hoja de ruta como si se tratara del asistente de un pianista? Al día siguiente de la concelebración, el ministro de Hacienda Cristóbal Montoro dijo en uno de esos cursos de verano y de fundaciones partidistas que la culpa de que haya que subir el tan denostado IVA la teníamos los españoles y nuestra secular manía de no pagar lo que nos corresponde. Es decir, nos criminalizaba a todos, menos al electricista que presuntamente robó el incunable, mientras los defraudadores de guante blanco, cuello duro y rostro pétreo lograban el perdón de sus pecados fiscales cumpliendo una penitencia de apenas dos credos.
No cabe duda de que estamos inmersos en el sistema prueba-error que rige los experimentos desde el principio de los tiempos y que seguramente ya practicaban los monjes contemporános del Códice gallego encargados de la farmacopea monacal. Cuando cataban una seta o degustaban una baya después de santiguarse para comprobar sus efectos en el organismo se enfrentaba a tres posibilidades: o alucinaban como como jipis en plena psicodelia o se les curaban los sabañones o emprendían el tránsito a la otra vida con dolor de estómago y la satisfacción del deber cumplido. Pues varios siglos después, más de lo mismo. Con la diferencia, eso sí, de que a la vista de impericia de nuestros sabios todo parece indicar que, trascurrido casi un lustro desde que se anunció con un clamoroso exceso de optimismo que de toda crisis se sale, vamos derechitos al óbito.
Hasta aquí, todo ensayo efectuado tanto en la botica nacional como en la europea han terminado en fracaso. Y no hay ninguna pista empírica, habida cuenta de que a toda acción se ha opuesto siempre una reacción igual pero en sentido contrario, que permita albergar esperanzas de supervivencia para otros mancebos de la trama, siempre atrincherados en la rebotica, que no sean los banqueros y los especuladores, que tanto monta. Algunos de ellos, como los de la extinta CAM o los de la quebrada Bankia, empiezan a sentir en sus carnes la incomodidad del banquillo de los acusados. En un alarde de ingenuidad, confiemos en que por una vez haya pruebas suficientes de que sus errores, por utilizar un benévolo eufemismo, son en parte los que nos están obligando a tragar quina sin que hayamos pedido siquiera ser los ratones del laboratorio. Y que acaben donde deben, claro. En la cripta.
Otros artículos de Jesús Alonso
¿Pero es que este hombre no tiene un director de comunicación a mano que le escriba los guiones, le trace las líneas rojas y le pase la hoja de ruta como si se tratara del asistente de un pianista? Al día siguiente de la concelebración, el ministro de Hacienda Cristóbal Montoro dijo en uno de esos cursos de verano y de fundaciones partidistas que la culpa de que haya que subir el tan denostado IVA la teníamos los españoles y nuestra secular manía de no pagar lo que nos corresponde. Es decir, nos criminalizaba a todos, menos al electricista que presuntamente robó el incunable, mientras los defraudadores de guante blanco, cuello duro y rostro pétreo lograban el perdón de sus pecados fiscales cumpliendo una penitencia de apenas dos credos.
No cabe duda de que estamos inmersos en el sistema prueba-error que rige los experimentos desde el principio de los tiempos y que seguramente ya practicaban los monjes contemporános del Códice gallego encargados de la farmacopea monacal. Cuando cataban una seta o degustaban una baya después de santiguarse para comprobar sus efectos en el organismo se enfrentaba a tres posibilidades: o alucinaban como como jipis en plena psicodelia o se les curaban los sabañones o emprendían el tránsito a la otra vida con dolor de estómago y la satisfacción del deber cumplido. Pues varios siglos después, más de lo mismo. Con la diferencia, eso sí, de que a la vista de impericia de nuestros sabios todo parece indicar que, trascurrido casi un lustro desde que se anunció con un clamoroso exceso de optimismo que de toda crisis se sale, vamos derechitos al óbito.
Hasta aquí, todo ensayo efectuado tanto en la botica nacional como en la europea han terminado en fracaso. Y no hay ninguna pista empírica, habida cuenta de que a toda acción se ha opuesto siempre una reacción igual pero en sentido contrario, que permita albergar esperanzas de supervivencia para otros mancebos de la trama, siempre atrincherados en la rebotica, que no sean los banqueros y los especuladores, que tanto monta. Algunos de ellos, como los de la extinta CAM o los de la quebrada Bankia, empiezan a sentir en sus carnes la incomodidad del banquillo de los acusados. En un alarde de ingenuidad, confiemos en que por una vez haya pruebas suficientes de que sus errores, por utilizar un benévolo eufemismo, son en parte los que nos están obligando a tragar quina sin que hayamos pedido siquiera ser los ratones del laboratorio. Y que acaben donde deben, claro. En la cripta.
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