Educación en tiempos de pandemia
Estamos a pocas fechas de cumplirse un año que la vida en las aulas, como en el resto de nuestro mundo, ha dado un cambio insospechado, hasta un punto que podemos considerar casi de ciencia ficción. El mundo ha cambiado y nos toca adaptarnos a esta nueva situación.
Toda la comunidad educativa también se ha visto obligada a adaptarse a esta nueva realidad que se nos ha impuesto a base de directrices provenientes de las autoridades sanitarias. Nunca habría supuesto tener que vivir en las aulas mi labor docente como lo estoy desarrollando en estos momentos. En unos pocos meses hemos vivido todo tipo de situaciones, desde el inicial cierre de los centros educativos, enseñanza online sin preparación, ni por el alumnado ni por los docentes, posterior apertura en el nuevo curso con medidas de distanciamiento social, semipresencialidad, y todas ellas medidas con el fin de evitar que los centros se conviertan en focos de contagio.
Y lo que el temor de los inicios nos hacía presagiar que sería un desastre mayúsculo, se ha convertido en un ejemplo a toda la sociedad de cómo se debe hacer frente en colectividad a este gran problema que estamos viviendo. Mejorable, sin duda, en la práctica diaria, pero hasta el momento con una incidencia muy poco destacable si lo comparamos con otros sectores. La reducción del número de alumnos que acuden a diario a los centros de enseñanza ha facilitado sin duda que este éxito en la insignificante incidencia de contagios, no haga sino dar la razón a los que apostaban por este modelo de enseñanza. Lo que no se puede entender es cómo actualmente, con el aumento récord de los contagios, se siguen manteniendo las mismas medidas que se aplicaron a principios de septiembre cuando la situación ha cambiado drásticamente.
Con el paso de los meses, a pesar de los cambios que se han producido, de la obligada distancia entre el profesor y el alumnado, y a su vez en los alumnos entre sí, no ya tan solo dentro del aula, sino la que se produce a través de las pantallas de los ordenadores, no hace sino darme cuenta que el proceso de la educación, en esencia, sigue siendo lo mismo de siempre. A pesar de la brecha digital, de las desigualdades que hemos puesto de manifiesto con la obligada, y casi a marchas forzadas, incorporación al mundo digital, intentando que ésta no fuera tan grande entre los alumnos, en definitiva, las clases, salvo contadas ocasiones, siguen desarrollándose de la misma manera. Pero claro está, añadiendo el protocolo establecido para profesores y alumnos de auto desinfección de las mesas y sillas utilizadas en cada nueva clase que utilizamos. En mi vida he limpiado tanto y tan a menudo una mesa, se lo puedo asegurar, y cambio de aula cada hora.
Lo que más nos protege del hipotético contagio en nuestro quehacer diario ha sido la incorporación en nuestras caras de la mascarilla, que ha sido para todos un hándicap a la hora de impartir nuestras clases. Tanto al profesorado como al alumnado nos ha supuesto un mayor esfuerzo a la hora tanto de hacernos entender, como de entender lo que nos dicen. Esto ha llevado a que muchos de mis compañeros docentes hayan incorporado a sus clases un micrófono para poder impartir sus materias sin que les cueste perder la voz, instrumento imprescindible para ejercer nuestra profesión.
Como educador lo que más echo en falta es la cercanía a mis alumnos, aquellos no tan lejanos meses donde los saludos chocando los puños cuando me los encontraba en los pasillos al dirigirme a una nueva clase; o dentro del aula, que se acerquen a plantear dudas, o dejar mi mesa para comprobar si tal o cual ejercicio propuesto lo entienden y necesitan que les ayude a encontrar la respuesta. Ni que decir tiene que esa pérdida de cercanía se lleva a límites increíbles cuando realizas clases online, donde en la mayoría de los casos ya ni tan siquiera puedes verle la cara a quien se encuentra al otro lado de la pantalla. La distancia impuesta nos hace perder esa inmemorial relación de cercanía entre el profesor y el alumno, entre quien enseña y quien está aprendiendo, entre el docente y el discente.
En un mundo cambiante, que necesita sin duda cambios profundos en muchos aspectos, no debemos olvidar, como dijo Nelson Mandela que: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”. Ojalá y sea de nuevo una educación tan cercana como lo era no hace tanto tiempo.





















