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ENTRE TÚ Y YO

La impotencia

Pablo Piñeiro Jueves, 04 de Febrero de 2021 Tiempo de lectura:

 

Estoy sentado con mi cartel de "Escucho historias de amor gratis". Veo a un grupo de dos chicas y dos chicos que se paran a escasos metros del cartel y hablan entre ellos. Conozco esa actitud, alguna persona del grupo quiere contar alguna historia, pero por el motivo que sea, no saben si acercarse o no. Parece que la presión del grupo da su fruto, vienen hacia mí y me preguntan. 

 

  • ¿De qué va esto? 

 

Es la pregunta que más me hacen, les explico un poco qué es lo que hago y se quedan perplejos ante lo obvio de lo que ven. Escucho historias de amor. 

 

Josué da un paso al frente y decide sentarse para soltar lo que tiene dentro. No se moja demasiado o eso me parece, comenta que él no sufre por amor, que acabó hace unos meses con su última pareja y a los 5 minutos, ya la había olvidado, ni siquiera había llorado. 

 

Cálculo que mi confidente tiene alrededor de 20 años y a todas luces es el líder del pequeño grupo. 

 

Le lanzo un comentario en relación a que para hacer un duelo suele necesitarse "algo" más de 5 minutos, pero que, si es capaz de conseguirlo en tan poco tiempo, lo felicito…

 

Ante mi comentario se justifica y empieza a dejarme ver que esta persona lo había decepcionado, que si lo mareaba, que si no era clara comunicándose… 

 

Poco a poco y a medida que avanzaba el relato, se deslizó, que su primera novia había sido un antes y un después en el dolor.  Le pregunté el porqué y me contesto:

 

 Porque nunca había llorado tanto de impotencia. 

 

Mi primera novia era pobre y yo tampoco es que tenga mucho dinero, pero su situación era realmente precaria, era Rumana y vivía en un piso humilde cerca de donde vivo. Cuando llegaba a su casa y abría la nevera, se me caía el alma a los pies. Allí solo había un bote de kétchup, otro de mostaza y un limón, ese era el panorama diario. 

 

A mí me dan una paga semanal de 20 euros y me la gastaba íntegra en comida para ella y para su madre. Me iba al supermercado y compraba pizzas, nos comíamos una y las que sobraban se las quedaban ellas. Mi madre me preparaba tuppers para llevarle y ya te digo que hacía todo lo que podía por ayudarla. Pero llegó el día en el que las echaron del piso y se tuvo que volver a su país. 

 

 ¿Qué puedo hacer yo con eso? 

 

  • Creo que no puedes hacer mucho. Le contesté intentando ser lo más franco posible. 
  • Yo no lo creo, lo sé. Lo poco o lo mucho que pude hacer fue llorar como nunca en mi vida. 

 

Para acabar de contarme su historia, me dijo que lo mal que lo había pasado por ella, no se lo deseaba a nadie. Que no era justo que la vida le pusiese delante situaciones que no podía resolver. Que el no saber si iba a comer al día siguiente, es algo que le quedaría grabado para siempre. 

 

Dicen que el amor lo puede todo… Pero en ocasiones, tiene batallas realmente difíciles de librar. 

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