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ENTRE TÚ Y YO

Quimicasa

Esther Egea Miércoles, 10 de Febrero de 2021 Tiempo de lectura:

 

De pequeña me gustaban los juegos científicos y recuerdo en especial el “Quimicefa”. Hacía experimentos mezclando sustancias que daban como resultado una bomba fétida o un volcán de lava.

 

Del interés por la ciencia y de las conversaciones con mi cuñado Salva, el químico de la familia, se me ocurre ver la familia como un laboratorio, de ensayos y errores, donde probamos mezclas para ver qué reacción refuta la hipótesis de la mejor educación. En estas pruebas a veces salen cosas mágicas como la tinta invisible y otras veces sale el desagradable olor a huevos podridos. ¡Claro! Depende de lo que mezcles. Si juntas firmeza con respeto puede salir “coherencia”; pero si lo que juntas es autoridad con control puede salir “sumisión” o “rebeldía” y… ¡boom!

 

Cada familia, en su laboratorio casero, hace a diario mezclas para aprender habilidades para la vida;  a veces explosivas, otras intrusivas, otras reflexivas. Pero es necesario ensayarlo en casa para salir al exterior con los errores mínimos hasta aprender la lección. Pero cuando el margen de error es grande empieza a ebullir el miedo paterno de creer que el hijo no está protegido de los riesgos sociales, como no tener su propia opinión, no saber decir no, no encajar críticas o no tolerar la frustración.

 

En este laboratorio familiar hay que buscar el equilibrio, como lo hace el hidrógeno y el oxígeno, que a pesar de ser de cargas diferentes, aportan la estabilidad que necesitan y juntos forman el agua. Los padres debemos aportar la carga positiva que necesitan los hijos ante sus cambios y sus diferencias.

 

La queja principal de muchos Adolfs es no sentirse libres y comprendidos en su búsqueda de identidad. Hay padres que retrasan el inminente y necesario desteste y se empeñan en seguir alimentando con control, miedo o protección. El hijo ante esta resistencia puede tristemente someterse con pensamientos ingenuos; rebelarse con pensamientos egoístas o convertirse en el pensador crítico que no explota ante la presión porque no hay reacciones inesperadas, sino ya ensayadas en casa.

 

Un patrón familiar con criterios rígidos sobre formas de pensar, sentir y actuar es una resistencia a un cambio, a una indiferenciación entre los miembros del grupo. Y aunque no queramos el semáforo no siempre está en rojo, cambia de color y pasa al verde, dando paso libre al hijo para llevar su propio camino, aunque siempre con los valores aprendidos. Porque por mucha diferenciación entre padres e hijos, siempre hay enlaces entre ellos, como el agua y el aceite.

 

¿Alguna vez has probado mezclar agua y aceite? La diferenciación entre padres e hijos me recuerda a estas dos sustancias inmiscibles, que no pueden mezclarse y no puede disolverse la una en la otra por su falta de homogeneidad. El aceite siempre se va a la superficie del agua y no puede entrar aunque se contenga en él. Los padres y los hijos tampoco se pueden mezclar en esta individualización personal y tienen que marcar claramente su límite aunque estén juntos. 

 

Difícil es la relación con un adolescente y siempre supone un estrés en la familia por los por los problemas de ajuste en este ciclo vital. El reto es vivirlo como un período de evolución positiva donde los jóvenes se enfrentan a demandas, conflictos y oportunidades. Como dijo Anna Freud  “ser normal durante la adolescencia es, en sí mismo, anormal”.

 

Os propongo “quimicasear” en familia. El experimento se llama “Persona única”. Mezclar comprensión, cohesión, respeto y espacio para la reflexión. Esta combinación nunca explota porque soporta la presión. Y entonces podríamos decir que hemos encontrado la piedra filosofal tan buscada por los alquimistas. Podemos haber convertido al hijo en la gallina de los huevos de oro, pero sin matarla.

 

Este artículo se lo dedico a mi padre, por su esfuerzo en hacerme una persona única con criterios y valores personales y respeto a los demás. Cuídate, que tu familia tenemos ganas de mezclarnos contigo. Un abrazo. Esther.

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