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Hace solo dos meses que me incorporé al Servicio de Cardiología del Hospital Veterinario de la Universidad de Murcia, con la intención de realizar la especialidad europea en cardiología de pequeños animales, junto a la Dra. Fernández del Palacio. El primer paciente, de mi primer día de consulta, fue un cachorrito precioso de dos meses, de aspecto algo “barrigudo” (como son muchos cachorros a esa edad), que venía acompañado de su comprometida propietaria para valorar un soplo cardíaco, detectado recientemente por su veterinario de cabecera.
El peludo mordisqueaba y quería jugar, pero se cansaba enseguida. Nos pusimos a trabajar con el entusiasmo que nos produce vivir de esta profesión, pero en el fondo sabíamos que algo no marchaba bien ya que mediante la palpación del tórax se notó una vibración característica de los soplos patológicos. Junto con los estudiantes recogimos la historia clínica, realizando una serie de preguntas a la propietaria y comenzamos a realizar el examen físico (coloración de las mucosas, pulso femoral, temperatura corporal, auscultación pulmonar y cardiaca).
Un par de estudiantes auscultaban cuidadosamente al pequeño con la ayuda de un fonendoscopio. No sabían muy bien cómo definir técnicamente lo que escuchaban, pero se percataron de que el corazón no latía con el clásico “lup-dup”. Mi auscultación les ayudó a determinar que se trataba de un sonido anormal, es decir un soplo cardiaco de elevada intensidad (5/6), que se oía principalmente sobre la base cardiaca izquierda. Ello nos sugirió que este cachorro presentaba una cardiopatía congénita, probablemente una estenosis pulmonar.
Las cardiopatías congénitas son lesiones que están presentes en el momento del nacimiento, pudiendo ser hereditarias y por tanto transmisibles o adquiridas durante la vida fetal. La prevalencia es de 1-2% de la población clínica canina que acude a una clínica veterinaria. Las diagnosticadas con mayor frecuencia son la estenosis pulmonar, la estenosis subaórtica y el conducto arterioso persistente. Otras menos frecuentes, pero más complejas, son los defectos septales, la tetralogía de Fallot (a los bebés que la padecían se les llamaba “niños azules” por el color azulado de sus mucosas) o la transposición de las grandes arterias.
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Mucho ha llovido desde la utilización de los primeros estetoscopios hasta los actuales. La primera descripción data de 1816 cuando un médico francés, René Laënnec, enrolló su cuaderno de notas en forma de tubo y lo aplicó sobre el pecho de su paciente femenina para no intimidarla al apoyar la oreja sobre su pecho (así se escuchaban anteriormente los sonidos cardiorrespiratorios) en presencia de su marido. En la actualidad los Veterinarios utilizamos los fonendoscopios pediátricos, diseñados para los bebés, para auscultar a los cachorros, en base a su reducido tamaño.
Sin embargo, no todos los soplos que se detectan en los cachorros son debidos a una anomalía congénita; al igual que en los niños, pueden auscultarse soplos de baja intensidad denominados “inocentes”, sin significación clínica, que desaparecen antes de los 6 meses de edad y que son debido a la anemia fisiológica en esta edad y al mayor volumen sanguíneo. Los soplos que persisten después de esa edad deberían investigarse más a fondo. Es por ello, que cuando se adquiere un cachorro debe llevarse al veterinario, con el fin de detectar estas anomalías cuanto antes, de una forma sencilla, como es la auscultación; así, propietario y veterinario determinarán si son necesarias investigaciones más complejas y el protocolo terapéutico a seguir.
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En el cachorro que nos ocupa, su veterinario detectó un soplo y decidió remitirlo al Hospital Veterinario Universitario con el fin de continuar investigándolo. Allí se le realizó un examen ecocardiográfico para determinar, de forma no invasiva, qué anomalía presentaba y su gravedad. La ecocardiografía permite visualizar las estructuras cardiacas internas, es decir las paredes, cavidades, válvulas y grandes vasos, evaluado su movimiento y la funcionalidad cardiaca, y determinar la dirección y velocidad del flujo sanguíneo, mediante los estudios Doppler. En este carrocho se diagnosticó una estenosis pulmonar severa que consiste en que la válvula pulmonar no abre correctamente, dificultando el paso de la sangre a los pulmones y ocasionando intolerancia al ejercicio. Se propuso al propietario la corrección de esta obstrucción mediante una técnica intervencionista, la valvuloplastia con balón; consiste en la introducción de un catéter que en el extremo lleva un balón que se infla y rompe la válvula pulmonar, de modo que se facilite el paso del flujo sanguíneo hacia los pulmones. El procedimiento se realizó con éxito y actualmente el perro lleva una vida normal.
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Aunque suene tremendista para algunos lectores, este procedimiento es habitual en hospitales universitarios o privados con especialistas en cardiología y haciendo que estos pacientes puedan llevar una vida normal. Este procedimiento fue realizado por primera vez en un cachorro de Bulldog Inglés en 1980 por un equipo de cardiólogos veterinarios. El resultado fue tan exitoso, que tan solo dos años después comenzó a realizarse en niños y hoy en día se ha convertido en el método de primera elección para el tratamiento de esta malformación que cura a más de 25.000 niños al año en todo el mundo.
De todo lo indicado anteriormente se puede concluir que un soplo no es una enfermedad, es un sonido añadido a los sonidos normales del corazón, secundario a lesiones congénitas o ser de tipo inocente, sin importancia clínica. Determinar su causa es lo importante. Para ello es recomendable visitar al Veterinario, especialmente durante los primeros meses de vida, con el fin de detectar el problema, en caso de que exista y abordarlo con la mayor eficacia y diligencia posible.
“Un perro mueve la cola…con su corazón”

