Tics delatores
En la desenfrenada carrera por conseguir que aquí no consuma nadie y que, por lo tanto, no se registre crecimiento económico alguno y, en consecuencia, no solo no se cree empleo sino que, encima, se destruya o se precarice el existente, el Gobierno ha logrado en la calle una mayoría aún más demoledora de la que obtuvo en las urnas en diciembre. Con el señuelo del abultado paquete de medidas orientadas a reducir el déficit que se nos exige desde los cenáculos europeos, Rajoy ha cuadrado el círculo y se ha ganado por derecho propio el mérito de cabrear a todo bicho viviente.
Entiéndase por "bicho" a los pequeños y medianos empresarios que asisten asustados a los efectos de la subida del IVA sobre las ventas de sus productos en una mercado que ya se ha apretado el cinturón hasta la asfixia; a los parados que verán reducidas o anuladas sus prestaciones para incentivarles a buscar empleo, como dijo el presidente en su comparecencia del miércoles mostrando una clamorosa falta de sensibilidad porque debería saber que trabajo es, precisamente, lo que escasea una vez se cruza la puerta de salida del Congreso; a los funcionarios e interinos de las administraciones; a los dependientes, pensionistas, estudiantes, autónomos, enfermos crónicos y a un amplísimo etecétera, incluídas algunas autonomías cuña de la misma madera, que recorre toda la escala social excepción hecha de la minoría que pesca a río revuelto y mantiene sus privilegios, a veces cimentados en la ilegalidad y en los comportamientos antiéticos, como si el Ejecutivo les hubiera otorgado una bula.
En los albores de la crisis se habló de la necesidad de refundar un sistema capitalista que nos había conducido a la hecatombe. Lo que ignorábamos es que en el tránsito hacia un modelo más equilibrado y sostenible que pasaba necesariamente por la aplicación de medidas correctoras del entramado financiero para erradicar sus vicios, componendas, saqueos y chapuzas, íbamos a hacer escala en la Edad Media. A aquella oscura época nos remitieron sus señorías de la bancada popular cuando respondieron con una atronadora salva de aplausos a las palabras de su jefe de filas justo después de que se refiriera al impacto de los recortes sobre los desempleados. Recordaba a lo que ocurria cuando en la plaza pública los verdugos convertían en teas a los reos de brujería y a los herejes. Inocentes por lo tanto. Según cuentan las crónicas, la barbacoa era acogida con grandes muestras de entusiasmo por parte del populacho ávido de emociones fuertes. Seguramente la cerrada ovación de los diputados del PP no pretendía celebrar la ejecución de los parados, sino poner en sordina los abucheos que salían de los escaños contrarios. Como, problablemente también, el analítico "que se jodan" proclamado en medio del vergonzoso guirigay por la congresista Andrea Fabra, hija de su padre como ha demostrado con su calidad argumental, no iba dirigido a los que no tienen trabajo ni lo esperan, sino a la oposición, en general, y al PSOE en particular. En cualquier caso, a los militantes y votantes de los partidos que no ganaron las elecciones.
A lo mejor en plena descarga de adrenalina los parlamentarios que sustentan al Ejecutivo no se percataron de que las muestras de adhesión inquebrantable al líder iban ser leídas como un gesto de desprecio a las víctimas. Sin embargo, en política, el descontrol de los gestos corporales provoca muecas que pueden ser interpretadas como la exteriorización de una aspiración íntima que permanece oculta y en estado de latencia en lo más profundo del ideario. Son como tics que alimentan la sospecha y enervan a los destinatarios del involuntario -o no- mensaje. Cristóbal Montoro también sufrió un tic cuando en la pasada legislatura reprochó a la portavoz de Coalición Canaria que su grupo se hubiera abstenido en la votación del decreto de ajuste planteado por Zapatero para evitar la intervención de la UE. Ante las explicaciones de Ana Oramas, el actual ministro de Hacienda respondió "que se hunda España, que ya la levantaremos nosotros". Fue, aseguró después a botepronto, una broma, un chascarrillo entre compas. Ya, pero...
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Entiéndase por "bicho" a los pequeños y medianos empresarios que asisten asustados a los efectos de la subida del IVA sobre las ventas de sus productos en una mercado que ya se ha apretado el cinturón hasta la asfixia; a los parados que verán reducidas o anuladas sus prestaciones para incentivarles a buscar empleo, como dijo el presidente en su comparecencia del miércoles mostrando una clamorosa falta de sensibilidad porque debería saber que trabajo es, precisamente, lo que escasea una vez se cruza la puerta de salida del Congreso; a los funcionarios e interinos de las administraciones; a los dependientes, pensionistas, estudiantes, autónomos, enfermos crónicos y a un amplísimo etecétera, incluídas algunas autonomías cuña de la misma madera, que recorre toda la escala social excepción hecha de la minoría que pesca a río revuelto y mantiene sus privilegios, a veces cimentados en la ilegalidad y en los comportamientos antiéticos, como si el Ejecutivo les hubiera otorgado una bula.
En los albores de la crisis se habló de la necesidad de refundar un sistema capitalista que nos había conducido a la hecatombe. Lo que ignorábamos es que en el tránsito hacia un modelo más equilibrado y sostenible que pasaba necesariamente por la aplicación de medidas correctoras del entramado financiero para erradicar sus vicios, componendas, saqueos y chapuzas, íbamos a hacer escala en la Edad Media. A aquella oscura época nos remitieron sus señorías de la bancada popular cuando respondieron con una atronadora salva de aplausos a las palabras de su jefe de filas justo después de que se refiriera al impacto de los recortes sobre los desempleados. Recordaba a lo que ocurria cuando en la plaza pública los verdugos convertían en teas a los reos de brujería y a los herejes. Inocentes por lo tanto. Según cuentan las crónicas, la barbacoa era acogida con grandes muestras de entusiasmo por parte del populacho ávido de emociones fuertes. Seguramente la cerrada ovación de los diputados del PP no pretendía celebrar la ejecución de los parados, sino poner en sordina los abucheos que salían de los escaños contrarios. Como, problablemente también, el analítico "que se jodan" proclamado en medio del vergonzoso guirigay por la congresista Andrea Fabra, hija de su padre como ha demostrado con su calidad argumental, no iba dirigido a los que no tienen trabajo ni lo esperan, sino a la oposición, en general, y al PSOE en particular. En cualquier caso, a los militantes y votantes de los partidos que no ganaron las elecciones.
A lo mejor en plena descarga de adrenalina los parlamentarios que sustentan al Ejecutivo no se percataron de que las muestras de adhesión inquebrantable al líder iban ser leídas como un gesto de desprecio a las víctimas. Sin embargo, en política, el descontrol de los gestos corporales provoca muecas que pueden ser interpretadas como la exteriorización de una aspiración íntima que permanece oculta y en estado de latencia en lo más profundo del ideario. Son como tics que alimentan la sospecha y enervan a los destinatarios del involuntario -o no- mensaje. Cristóbal Montoro también sufrió un tic cuando en la pasada legislatura reprochó a la portavoz de Coalición Canaria que su grupo se hubiera abstenido en la votación del decreto de ajuste planteado por Zapatero para evitar la intervención de la UE. Ante las explicaciones de Ana Oramas, el actual ministro de Hacienda respondió "que se hunda España, que ya la levantaremos nosotros". Fue, aseguró después a botepronto, una broma, un chascarrillo entre compas. Ya, pero...
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