
Me llamo Alma y hasta hace dos días
formaba parte de los humanos vivos, pero
eso ha cambiado…Ahora lo veo todo
desde otra dimensión.
Donde se confunden el mar y el cielo, allá en el horizonte, se divisaba una isla.
- ¡Hacia allí!, dale caña Lola, rema con fuerza. Tenemos que llegar antes de que anochezca - dijo Luis algo preocupado.
Siempre me ha encantado el mar y los misterios que esconde. El infinito tiene sentido en la ecuación que conjugan los elementos que componen la imagen vista desde donde estoy, mimetizándose el espacio aéreo y el marino, sin llegar a unirse nunca, pero dando la apariencia de que sí.
- Ya estamos llegando Cata, un pequeño esfuerzo más y listo - respiró hondo Carolina mientras remaba.
Aquel grupo había llegado al lugar donde iban a pasar la noche. Hacía una temperatura ideal y poco a poco iba oscureciendo y la entrada del crepúsculo empezaba a crear el ambiente idóneo para dejarse llevar por sensaciones de bienestar.
- Saca las provisiones Eva, cenaremos primero y después a ver el firmamento. Sin luz, sin ruidos, sin prisa...
Yo, que había observado la imagen desde la terraza del maravilloso mirador que había disfrutado en vida, vi claro que era el momento de ir hacia donde estaban, y sin necesidad de embarcación me dirigí hacia donde se encontraban.
Cuando llegué me recosté junto a ellos.
- Cata, si tuvieras que estar en esta isla mucho tiempo ¿qué te traerías? Y... ¿a quién? - le preguntó Luis.
Ella se quedó pensativa. Miraba el cielo tan inmenso sin pestañear y no tenía ganas de hablar. Había una razón por la que aquellas personas estaban allí.
- En este momento de mi vida, me vendría sola y únicamente me traería lo imprescindible para sobrevivir. Y también lo que hay en mi mochila, ya sabes...
Todos ellos habían perdido a algún ser querido muy cercano y necesitaban creer, entender, sentir que había algo más, después, cuando el cuerpo yace sin aliento y el alma se despega de él ... y yo estaba allí para de alguna manera convencerles...
Cada uno de los que allí se encontraban llevaban consigo las cenizas de su persona amada y pretendían, tras hacer un ritual, entregárselas al mar.
- Voy a empezar a hablar sobre mi compañera de vida, una de mis personas favoritas. La que sé que no me ha abandonado, y nunca me ha fallado. Va por ti querida mía... - y con un movimiento de muñeca, Luis volcó sus cenizas que cayeron al mar.
Poco a poco todos fueron haciendo lo mismo.
La última fue Cata que se reencontraba con su hermano. No quería despedirse y dijo allí, delante de todos los que la acompañaban, que no venía a decirle adiós, si no a iniciar una nueva forma de relacionarse con él, con su esencia, con su interior.
Observé que todos los montoncitos, para ser exactos cinco, quedaron dispuestos en círculo. Me tiré al mar y como si de un torbellino se tratara mi presencia, removí el agua alrededor de aquellos cuerpos inertes convertidos en polvo, para juntarlos, para liberarlos de su pena, para que no se fueran cada uno por su lado sin opción de reencontrarse, perdonarse y abrazarse.
Carolina, Eva, Cata, Luis y Lola tenían algo en común, no eran amigos, ni familia, ni siquiera trabajaban juntos. Cada uno de ellos traía a un ser querido que sí tenían en común con el resto. Cinco grandes amigos que por desavenencias de la vida se habían alejado, enfadado, “olvidado”.
El final les había encontrado sin tiempo para hablar, para arreglarlo.
Ahora sus cenizas se habían mezclado y con los ojos como platos, aquellas cinco personas que miraban al agua tras haber echado sus restos al mar, pensaron lo mismo:
- ¡Qué fenómeno más extraño! - dijo Lola.
- Y ¡qué enseñanza más inmensa! - le contestó Eva.
- Cuando las personas se quieren siempre deberían decírselo, perdonarse, y recuperar las buenas relaciones debería ser obligado antes de que sea tarde... - comentó Eva visiblemente emocionada.
- Pues como verás Eva, nunca es tarde. A veces la propia naturaleza, la energía del momento o una simple ráfaga de viento puede hacer lo imposible- dijo Luis.
- ¡Oh no Luis!, esto no ha sido una simple corriente, esto es algo más - le replicó Cata.
Y mientras miraban como aquellas cenizas desaparecían, sintieron la necesidad de abrazarse y disfrutar la paz con la que sus seres queridos se estaban marchando.
Yo regresé a mi gran mirador con el convencimiento de que en cada corazón hay un gran ser humano que lidia con sus historias y que siempre hay un hueco en el alma para lo superior: el perdón, la humildad y la bondad.
Hasta pronto queridos lectores. Un abrazo. Mariate.


