No hablo de oídas
Cuando os digo, queridos probables lectores, que por más que todos lo hayamos dicho muchas veces a lo largo de toda esta pandemia; aunque saliéramos todas las tardes a aplaudir bajo el resistiré; aunque los testimonios de pacientes, de los propios sanitarios y aunque las autoridades nos lo hayan remarcado, cuando digo que no hablo de oídas es porque como otros, supongo, vives esa entrega, y la vives en dos generaciones.
Sabes lo que es que esa persona, ese médico por ej. quiera estar un poco antes de las 07.30 de la mañana en su puesto en la consulta, porque quiere estar preparada para el día; porque sabe que sus compañeros van a hacer lo propio; porque, en fin, la noche anterior a las 23.00 está aún revisando incidencias – por ser eufemístico – en el ordenador.
Sabes que, aunque no se encuentre muy bien, física y psicológicamente, va a ir al trabajo, porque sabe que todos sus compañeros, pues eso, van a hacer lo propio. Porque ellos tienen que echar el resto, sin poder quejarse mucho. Y con miedo, mucho miedo, por caer ellos. Y es lo que hay.
Y mientras llega de madrugada a la consulta, piensa en otra persona muy cercana, mucho, sangre suya, que está en otro frente, un frente donde los que están ven mucha desgracia, mucha enfermedad, mucha muerte, en un edificio más grande. Tal vez algunos de los que ella ya vio antes. Tal vez algunos que no volverán a ver.
Y sabes que ni un día de baja. Y doblando turnos, mientras buscan tiempo y te llaman, a ti, a mí, que no estamos en esos frentes, para advertirnos, para preocuparse por cómo estamos. No se les oye una expresión de hastío, tal vez una leve queja.
Las conocías. Sabías como eran. Sabes que su profesión requiere vocación, pero pensabas que era una especie de frase hecha, con un poco de verdad.
No.
No hablo de oídas, las he visto. Mujeres de hierro, y de una modestia que eriza. Solidarias con esa digna y alta humildad que enternece. Amantes de su profesión, si, pero antes de la salud y de la vida de los demás, que es lo mismo.
Sufriendo en silencio el tremendo esfuerzo que ellas, ellos, todos los sanitarios, se echan literalmente encima todos los días.
No les aplaudamos más. Cuando coincidas con alguno de ellos, dedícale una sonrisa, la mejor sonrisa que te pueda salir del corazón. Te entenderá.
Ellas, ellos, no tienen precio, porque tienen el valor mayor que se puede poseer en este mundo: una vocación de servicio a los demás, contra viento y marea, absolutamente inquebrantable. Lo sé. Lo veo, créeme
No hablo de oídas.
Para A y V.





















