“Liderar con la mente pero sin perder el corazón”
Érase una vez un directivo que dirigía la empresa que su abuelo les había transferido, primero a su padre y luego a él.
Tenía estudios universitarios, pero no tenía los “callos en las manos” originados por el esfuerzo diario de conservar el puesto de trabajo y por mantener la empresa abierta, para dar de comer a las muchas familias que allí llevaban todos los años que habían transcurrido, desde que su padre los empleó.
Era joven, dinámico, muy ambicioso, muy puesto en números. Tenía muy claro dónde quería llegar, pues para él la estrategia estaba muy clara: se trataba simplemente de dar órdenes y que otros las ejecutaran.
En aquel momento, andaba en continua tensión, pues los momentos no eran fáciles. Su actividad se había visto afectada por la reciente crisis de la pandemia y eso hacía que él mismo no tuviera las cosas claras.
Lo que sí tenía claro en su mente era algo que hacía muy bien: ordenar, ordenar, ordenar… Esa era una de sus mejores habilidades desarrolladas en los años en los que llevaba trabajando allí.
La gente llegaba por las mañanas y simplemente entraba en modo “automático”; ni siquiera en los descansos para el almuerzo se paraban a pensar o sentir lo que les provocaba el estrés o estado de su superior.
Sentir, escuchar, compartir inquietudes, dar feedback de refuerzo o de mejora, atender las necesidades de los que allí trabajaban, eran ideas y palabras que, como mucho, habían visto en algún libro o artículo en internet. Pero era sólo eso, algo que leían y que ocurría en otras empresas.
La suya era una empresa innovadora, que empezó a tener la necesidad de emplear nuevos talentos, pues aportaban lo que la actividad empresarial requería en estos entornos VUCA.
En uno de los pocos viajes que el directivo pudo hacer en el tiempo de pandemia, asistió a una reunión de trabajo y en el hall de la entrada, vió a uno de los asistentes, que llevaba una carpeta junto con una revista que tapaba con su codo, pero justo asomaba un titular que decía:
“ Liderar con la mente pero sin perder el corazón”.
Por esos días, este joven directivo andaba tremendamente estresado, muchos frentes e incendios se agolpaban en su agenda diaria, pero el que más le preocupaba era la reciente salida de uno de los jóvenes talentos de la empresa y el que la responsable de selección le había dicho que no encontraban la persona adecuada que necesitaban, además de que que había podido comprobar que “nuestra empresa no estaba bien vista entre los buscadores de empleo”, pues se rumoreaba que a la gente “no se la tenía en cuenta”.
Cuando volvió al hotel tras la reunión, exhausto del cansancio y con ganas de gritar, llorar o hasta salir a la calle y tirar muy lejos la tablet, la agenda y la carpeta de papeles en medio del descampado que había enfrente, fue cuando, de pronto, volvió a su mente la frase “Liderar con la mente pero sin perder el corazón”.
Entonces recordó a aquel profesor que, en 3º BUP, puso su empeño en que aprobara las matemáticas y la física antes de abandonar.
Recordó con qué cariño le corregía, con qué pasión le animaba y motivaba a seguir esforzándose, con qué generosidad le ayudaba y volvía a explicar lo que no entendía, con qué mimo le reforzaba cada vez que aprobaba un examen parcial, con qué seriedad y sin lugar a excusas, le pedía cada semana, los trabajos y los ejercicios que había planteado la semana anterior, con qué respeto nunca le juzgaba o criticaba su falta de motivación.
Y fue entonces cuando entendió por qué estudió Ingeniería de Telecomunicaciones, cuando todo el mundo apostaba por que haría magisterio o derecho.
Fue en ese momento cuando..
Sigue leyendo aquí https://n9.cl/qsmgu





















