
Si comparo, si echo la vista atrás, observo que el deterioro se ha adueñado del entorno y de nuestro modo de vivir. A la vista está. El ser humano ha sido el sufridor por excelencia, como siempre. La atmósfera está enrarecida en tanto que el desconcierto ha controlado todos nuestros movimientos; nos ha desplazado hacia la pandemia, las vacunas, los confinamientos y la política. Todo está presente en el gran escenario que cada día representa enredos y comedias. Incluso las imágenes con contenidos belicosos en las calles, que, con lo que está cayendo, parecen advertir que no han acabado. Son irritantes las cosas que hay que llevar en cuenta, cuando tratamos de encontrar sentido a todo esto. Seguir hablando de los mismos temas es agotador. Los distintos medios de comunicación casi nos obligan a hacerlo. Aunque se puede hacer zapping, hablarán de lo mismo.
Recuerdo La Guerra Fría, el enfrentamiento entre la Unión Soviética y Estados unidos, los dos países más poderosos de la tierra; un conflicto político, ideológico, cultural en mitad del siglo XX. En el colegio nos explicaban que cada país disponía de un botón rojo, y que en cualquier momento de enfado o discordia entre ellos, quien lo pulsara organizaría una guerra tan devastadora que nadie saldría ileso. A mí me daba verdadero pánico. Y me tapaba los oídos como protección parra no oír nada. Estamos en la era en que una imagen vale más que mil palabras. Se dice.
En todas las etapas han surgido noticias terribles: meteoritos a punto de caernos encima, estampidas de visión futurista que nos han hecho reflexionar sobre la solidez de nuestro mundo y sus consecuencias. Los que tenemos cierta edad vivimos en tensión constante; la tranquilidad, entre comillas, y la seguridad se van perdiendo en continuas guerras sin nombre. ¿Es esto lo que hemos hecho con los recursos de la tierra, y también humanos, que parecían infinitos? ¿Es mejor no hacer caso y continuar como si nada pasara? Porque a lo mejor es todo tan natural y lógico que tenemos que vivir enfrentados siempre, tanto a los acontecimientos biológicos, como al hecho de que las ideas y pensamientos entre unos y otros sean dispares e insalvables. Porque el mundo está dividido, cuando no resquebrajado. La gente sale de sus países, jugándose la vida para encontrar un lugar donde sentirse más seguro… Y para muchísimos es enfrentarse a problemas mayores, que no podían imaginar; aunque, a pesar de todo dicen que siempre será mejor que lo que dejan.
He leído que las eras en la historia se inician y acaban con un punto de inflexión que genera cambios sociales, económicos y de otra índole. O sea, que para que se determine una era tiene que haber un antes y un después marcado por un acontecimiento histórico que lo protagonice. Siendo así estamos metidos de lleno en una era, convencidos de nuestra participación, y con argumentos para ponerle nombre. Y como en otras tantas ocasiones, con las consecuencias de vivir en vilo y sin estabilidad, porque la indecisión, inquietud y zozobra definen nuestra salud mental de estos momentos.
A mí me afecta. Supongo que a otros muchos, también. Es el ocaso, con su color ceniciento advirtiendo: “os lo merecéis” y es preferible darle un tinte de caricatura aunque sea mala para que no caigamos en la total desesperanza.
Interesarse por estas cosas nos concierne. Y si miramos atrás, el mundo, a pesar de todo, está mejor que nunca. Los derechos humanos, la salud, los avances en la medicina, en la ciencia… son hechos reales que siguen estando vigentes… nos ayudan, nos protegen… y debemos asumirlos en la parte que nos corresponde a cada uno. No se puede vivir de espaldas a lo que ocurre, aunque se evite entrar en el bucle de la exagerada información y de la sentencia. Me asaltan muchos recuerdos, y no olvido que el camino de la vida natural siempre es paralelo a un modo de comportamiento, sin estigmas ni odios, pero sí asumiendo los dramas que a cada uno le corresponden.
Vaya, todo esto es muy serio y creo que terminar con Pessoa, pesimista y humilde donde los haya, interpreta como nadie estas ideas: “Yo tengo una moral muy simple. No hacerle mal a nadie, porque no solo reconozco en los otros el mismo derecho que juzgo que a mí me corresponde de que no me molesten, sino porque me parece que bastan los males naturales para todo el mal que haya de existir en el mundo”.
¡Feliz semana!

