
Toribio Fernández es lo que se conoce como un fuera de serie. Además de un índice h estratosférico, Toribio posee una calidad humana indescriptible, no se le conocen enemigos. Liberal reformista, Toribio se echó entre pecho y espalda la dotación y creación del Instituto de Biotecnología Vegetal de la UPCT, después de haber contribuido a crear la red de centros tecnológicos del País Vasco. Construye en cualquier terreno, y construye conocimiento, del bueno, de esos que grandes empresas estadounidenses vienen a pagar por él. Tiene Toribio también muy marcada su faceta universitaria, y es ésa precisamente la que brillantemente nos trae este académico de las ciencias murcianas, pidiendo, rogando casi, una oportunidad para nuestras Universidades. Disfruten.
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En lo que llevamos del siglo XXI la Universidad y, en particular, todas las disciplinas relacionadas con ciencia y tecnología tuvieron en España un encaje incierto. Gracias, fundamentalmente, a los proyectos europeos conseguidos por los profesores-investigadores llegamos a ser la décima potencia mundial en producción científica. ¡Qué paradoja para un país centrado en el turismo y los servicios! Cuando más familias mandaban a sus hijos a la Universidad, creándose más Universidades, “menos” médicos, científicos o ingenieros eran incorporados por el sistema y “más” jóvenes formados fueron expulsados al extranjero. Cuanto “menos” dinero se dedicó (comparado con otros estados europeos) a la investigación y el desarrollo tecnológico, más ha brillado la ciencia española (ahora en declive) en el mundo.
En este panorama y, quizás como una muestra más del desinterés de los gobiernos por el papel que ha de jugar la Universidad en la España del siglo XXI, se concedió, siguiendo el modelo autonómico estatal, total autonomía a las Universidades para auto-organizarse sin exigirle otro fin que una genérica excelencia docente e investigadora. Los estatutos de cada Universidad establecieron un sistema hiper-democrático: todos los cargos de responsabilidad, desde el equipo rectoral a cualquier representante de los docentes, del personal de servicios, de los sindicatos o de los estudiantes en cualquier comisión, se eligen democráticamente en elecciones independientes (hasta 20 procesos electorales). Resultado: cualquier director de departamento es autónomo y no tiene porqué dar explicaciones (de cómo se organiza la docencia, la investigación, o de cómo se nombra a las comisiones que garantizan de la endogamia decidiendo incorporar solo nuevos profesores del mismo departamento), ni al decano o director de la escuela (que también son autónomos), ni al equipo rectoral, que ha sido elegido en otra convocatoria independiente. Resultado: cada elemento de gobierno, individual o colectivo, ejerce “su poder” y trata de desarrollar “su modelo de universidad”. Desde los departamentos, que velan por mantener la endogamia y que los equipos de investigación tiendan a ser unipersonales, hasta los equipos rectorales, que, con los decanos y directores de escuela, han acaparado para sus servicios al 90% del personal de administración y servicios (teóricamente al servicio de la docencia y de la investigación), velan por mantener engrasada la maquinaria de una Universidad española sin objetivos.
El esfuerzo personal de los profesores-investigadores hace que la docencia se imparta, la investigación salga adelante y se cuadren los presupuestos (entre el 20 y el 35% del presupuesto de sus proyectos de investigación estatales o europeos llega, en paralelo, a los presupuestos universitarios). Antes de la crisis de 2008, cuando el dinero dedicado a I+D rozó el 1,5% del PIB (muy alejado de la media europea) los parques científicos y tecnológicos se llenaron, milagrosamente, de empresas tecnológicas impulsadas por los profesores investigadores, sus doctores y estudiantes de máster.
Esta es, esquemáticamente, la visión que tiene un profesor investigador de la Universidad española. Muy distinta de la que presentan en los medios cualquiera de los órganos de gobierno unipersonales. No es una crítica a esos órganos porque es lo que da de sí la actual normativa universitaria y, sobre todo, la total indefinición de los objetivos que la sociedad (los gobiernos autonómicos y central) espera de la Universidad. Es lo que permiten y hacia donde empujan las normas actuales.
No es casual que, de entre los múltiples equipos de gobierno que se han sucedido en las más de 80 universidades españolas en los últimos 30 años, no haya ninguno que pueda presumir de haber contribuido a hacer avanzar a su Universidad, Facultad, Escuela o Departamento en más de 100 puestos en las clasificaciones internacionales docentes, investigadoras o docentes-investigadoras. No es su objetivo, ni han sido nombrados para eso, ni tienen herramientas legales, administrativas o económicas para poder conseguirlo. Cada órgano de gobierno está asistido por la ley para llevar a cabo, en su ámbito, su idea de Universidad, única, legítima y diferente de las de predecesor y contemporáneos. Y los profesores-investigadores solventan los problemas cotidianos de docencia y de investigación con la menor perturbación al sistema para evitarse complicaciones.
¿Qué papel puede jugar esta institución en la salida de la profunda crisis socio-económica-cultural actual? Necesitamos, imperiosamente, puestos de trabajo de calidad que sólo las empresas de tecnología punta pueden ofrecer. España no tiene masa crítica de empresas tecnológicas en los distintos sectores de tecnología punta para que ellas las generen o financien su generación desde los grupos de investigación universitarios punteros. Sólo la ciencia de vanguardia crea empresas punteras para el próximo siglo. Tampoco tienen masa crítica de doctores capaces de transformar en nuevas tecnologías los desarrollos científicos de los investigadores. Ni tienen masa crítica, ni fuentes de financiación adecuadas, ni tradición suficiente para que sus doctores transformen sus desarrollos tesis doctorales en productos y empresas para las nuevas generaciones los grupos de investigación universitarios. Sin embargo, contra viento y marea, entre 2006 (rozamos el 1,5% del PIB dedicado a I+D+i) y 2009 se llenaron los parques científicos y tecnológicos de embriones (spin-off) de empresas surgidas de la Universidad y, ¡muchas sobreviven y brillan! Por qué no usar esa potencialidad.
Empecemos siendo humildes, indíquense desde los distintos gobiernos unos objetivos sencillos: conseguir que un 3% de los nuevos doctores y un 4% de los trabajos fin de máster se transformen en empresas tecnológicas, y que un 5% de los nuevos graduados hayan convertido una enseñanza recibida durante la carrera en una empresa de tecnología media. En paralelo que las carreras “on line” consigan un 20% de estudiantes extranjeros. Legislen para establecer condiciones económicas favorables y para que los que tiene las ideas y hacen el esfuerzo no se queden sin las empresas en la primera ampliación de capital. Y, si se atrevieran, que los órganos de gobierno universitarios unipersonales tengan su complemento salarial ligado a los objetivos alcanzados. Nada que no se haya hecho ya en los países avanzados. Démosle, por favor, una oportunidad a la Universidad y a nuestros jóvenes. Abramos una vía segura para pagar la inmensa deuda que dejará la pandemia. Protejámonos para que las próximas crisis (más frecuentes según los modelos) no lleven al cierre masivo de negocios.

