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ENTRE TÚ Y YO

R de Rememorar

Chona Martínez Viernes, 05 de Marzo de 2021 Tiempo de lectura:

¡Qué rápido pasan las semanas!

 

Y otra vez me encuentro sentada frente a mi iPad a la búsqueda de otro título donde sacar algún tema con la única intención de entretener un rato, dándole vueltas y más vueltas para encontrar el hilo conductor que me lleve a buen puerto. Erre que erre no cejo en el empeño mientras espero la inspiración divina y hago un repaso mental a los asuntos descritos en las anteriores letras para cambiar de tercio y no repetirme.

 

Me gustaría que alguien me sacara de este atolladero, pero no queda otro remedio que salir sola, “yo me lo guiso y yo me lo como”.

 

Y, ¡eureka! Decido dedicarle esta letra a esos lugares en que nos guisan y cocinan, salpimentarlo con un toque retro para rememorar esos bares, cafeterías y restaurantes que nos han acompañado a lo largo de nuestra vida y que han allanado el camino para poder llegar al momento álgido de la gastronomía entendida como arte.

 

Lugares y especialidades que despertaron nuestro paladar cuando descubrimos la calle para degustar tapas, raciones o menús, que bien nos eran desconocidas o nos sabían de forma muy diferente que los preparados en nuestras casas.

 

¡Marchando! 

 

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Recorro con la memoria el Casco Antiguo de Cartagena, para ubicarme en el club de Regatas antiguo, adentrado en el mar, pequeño, austero pero maravilloso, tomando una ensaladilla rusa en alguna de sus terrazas y disfrutando de algo tan parecido y tan diferente a la que comía en casa que se hizo un imprescindible los fines de semana. 

 

Las patatas bravas de La Mejillonera eran prácticamente adictivas, seguramente por su receta secreta. Llegar a la barra era casi un imposible, pero la recompensa siempre merecía la pena.

 

Los montaditos del Rincón de Pepe consistían en un mollete cuyo ingrediente principal era el filete de lomo, un “reglamento”, y acompañado por chorizo frito o jamón serrano recibían los nombres de fronterizo o campero. 

 

Una hamburguesa en la hamburguesería Frankfurt, cuando las franquicias no habían hecho su aparición, era el sueño de una burger auténtica.

 

La pizzería Don Pepino nos acercó la cocina italiana, con las primeras pizzas hechas en horno de leña. Finas, crujientes y exquisitas. 

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Hemos tomado magra con tomate o callos en el Taibilla, un bocata de patatas fritas en la bodega El Macho o un quinto obligatorio en el Delicias. 

 

Y cuando la economía lo permitía, no eran muchas ocasiones en aquella época, no había nada como disfrutar de un arroz de marisco en el Bahía, un sitio pequeño y cutre, con la cocina a la vista, donde el buen resultado de su comida era la materia prima y el buen hacer del cocinero.

 

Una tarde calurosa era indispensable llegar al final de la Calle Mayor a tomar un delicioso helado artesanal o un bollo con nata fría en la Heladería Italiana.

 

Y las tertulias en el bar Sol tomando un asiático, café con denominación de origen de nuestra tierra, imprescindibles en cualquier tarde de invierno.

 

[Img #79860]

 

Pero no todo eran los productos que ofrecían, los camareros eran “de toda la vida”, permaneciendo en sus puestos de trabajo hasta el momento de jubilarse y los conocías por su nombre creando una complicidad familiar ahora casi inexistente.

 

En esta pequeña lista están algunos de los muchos que configuraban la oferta de la época, pero son suficientes para recordar un montón de vivencias, sentimientos y amistades que cultivé en todos ellos. Solo pretendo eso, evocar en vosotros esos lugares que marcaron vuestra juventud en compañía de otros compartiendo barra y mesa en lugares imborrables de la memoria.

 

Cuando cruzas el umbral de los bares ya no hay marcha atrás, ya eres parte de ellos y siempre se tiene una excusa para volver. 

 

¡Y yo volveré el próximo viernes!

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