
Esta vez mi inspiración ha sido divina. No me esperaba, pero ni de lejos, que durante el sermón del sacerdote durante la homilía a los pequeños y futuros comulgantes, yo, desde el octavo banco, estuviera organizando el artículo de esta semana. Todo empieza cuando el cura de mi pueblo, de manera sencilla para todos y en especial para los niños, compara la Cuaresma con el vaciado de la papelera del corazón. Dice que nuestro corazón debe vaciarse de miedos, de envidias, de vaguerías, para conseguir la conversión.
Entonces, me imagino nuestra papelera interior que almacena basura y desperdicios. Almacenamos frustraciones, errores, miedos que si no vaciamos rebosa y cae a diestro y a siniestro, lo que vulgarmente decimos “repartir mierda”. A los chavales se lo explico con el ejemplo de la mofeta, mamífero que cuando se siente amenazado activa su sistema defensivo maloliente para marcar territorio. Y es así, porque cuando no resolvemos las cosas que nos pasan vamos oliendo por todos sitios; a veces con los amigos y, muchas otras, en casa; con los hermanos o padres.
Si el reparto de mierda se hace con los amigos puede ir disfrazado de envidias, burlas, mentiras, traiciones, pudiendo surgir el conocido bullying. Hacer sentir a otro ninguneado, aislado o humillado no vacía papeleras sino que genera más desperdicio. Y en la etapa adolescente, donde el joven vive como “estado natural” el acoso por la presión del rendimiento académico, por su cuerpo, por su sexualidad o por las relaciones, traslada esa amenaza en acoso a sus víctimas, convirtiéndolas en el chivo expiatorio de su propia mierda.
Lo paradójico es que precisamente los adolescentes se refugian en sus iguales para pertenecer a un grupo y muchos pueden sentirse más solos y menos protegidos por el ataque masivo a sus corazones y mentes. Bien me temo que no podemos ahorrarle este ataque pero sí podemos disminuir sus efectos colaterales.
Según fuentes oficiales, el otro día se produjo un “hackeo” y el departamento de Ciberseguridad de la Comunidad de Murcia abortó el ataque informático al portal de la Consejería de Educación. Es imposible estar ajenos a ataques grupales o individuales pero, y ya hablando de la familia, los padres tienen que tener sus propios protocolos de seguridad con los hijos y estar presentes en el semáforo naranja de la educación. Os recuerdo que este color del semáforo es el lugar donde el hijo toma sus decisiones pero el padre observa y comprueba que todo está en orden. Los hijos, por su parte, tendrán que aprender a tener sus propios códigos de seguridad para cuando intenten hackearles y llenar su papelera.
Si los ataques son repetitivos, los chicos van almacenando emociones negativas que producen conexiones cerebrales que refuerzan circuitos de dolor y de temor, y que por tanto, les hacen sentirse menos felices. El descenso de la dopamina disminuye el placer e interfiere en el aprendizaje, la motivación, la atención. En sesión con una Adolf me dice que ha vuelto a sacar 8 y 9 en las asignaturas, y no es casual que se valora más y que está aprendiendo a diferenciarse de lo que piensen y hagan los demás, limpiador de papeleras de máxima calidad. Y es que “el algodón no engaña”, como dice el anuncio de un detergente famoso.
Si el reparto de mierda se hace en la familia, los padres o hermanos están en el ojo del huracán. Y como francotirador que ataca con las armas de la rabia y de la frustración, el hijo llega a casa algo preocupado o molesto y pregunta qué hay de comer. ¿Para qué? Da igual la comida porque la respuesta va a ser la misma. “no me gusta, no quiero comer, qué asco, siempre hay de comer lo mismo, en esta casa no hay de nada”. En realidad la comida es la excusa para sacar la mierda que lleva dentro, o porque se han metido con él o porque se ha quedado solo en el recreo. Da igual pero tiene que sacarla. La respuesta del padre, con falta de mentalización, no va a deslumbrar al hijo detrás del nubarrón paterno y de la marea de mal olor de la mofeta filial. Como mucho el padre podrá ver la preocupación o enfado que lleva, que lo dudo, pero que bien no tiene que ver con el menú del día. Y si las miradas van a por el hermano, comienza a rivalizar, competir, molestar o chinchar como un mosquito picajoso o un mono payasete, sin gracia. Todo eso para sacar o vaciar de manera tóxica la papelera. Es obvio, que los padres experimentamos frustraciones a nivel adulto que también proyectamos en los hijos. Por lo que éste párrafo es recíproco. Hijos que disparan y/o padres que disparan, por no ser conscientes de lo que les pasa.
Ya es conocida la capacidad educativa que tenemos los padres, valemos para todo; cuando es necesario somos sastres o somos químicos. También podemos ser curas, con sermones educativos, o policías, que vigilan la seguridad familiar.
Si la conversión es a cura, tenemos 10 mandamientos emocionales para vaciar papeleras.
- Observarás a tu hijo por encima de tus propios problemas.
- Escucharás y comprenderás sus emociones.
- Despejarás tu ruido interno para entender a tu hijo.
- Legitimarás sus sentimientos aunque no te gusten.
- No nombrarás a tu hijo en vano.
- No castigarás sin haberle escuchado antes.
- Reforzarás sus aspectos positivos.
- Harás que sólo compita consigo mismo.
- Serás un modelo emocional.
- Aceptarás a tu hijo con sus fortalezas y limitaciones por encima de todas las cosas.
Si la conversión es a policía, me viene a la cabeza Gadge, ese detective torpe y despistado que con sus artilugios implantados en el cuerpo resolvía situaciones. Así nos sentimos los padres muchas veces, como el inspector Truquini, sacando gadget por todos sitios para educar. Y lo mejor, para hacer hijos emocionalmente inteligentes.
Podemos utilizar el gadget “Comparar emociones” en diferentes momentos del día para comprobar cómo se siente nuestro hijo e identificar la emoción negativa. Podemos hacer el gadget “la moviola” para desplazar la película hacia atrás hasta localizar el problema y resolver la situación que provocó la emoción.
También podemos utilizar el truco “la hora de las preocupaciones” para limitar a las ideas abusonas de la cabeza que campan a sus anchas a todas horas del día.
Otro artilugio útil sería el listado del “descanso del guerrero” dedicándole un rato, antes de dormir y ya acostado, para encontrar situaciones de éxito o de superación.
Ya vemos la importancia de sacar la basura, sobre todo la acumulada en la cabeza y en el corazón. Los contenedores están para eso y los ingenieros urbanos pasan todas las noches. Eso sí, antes de las 22 h. Un abrazo. Esther

