
Me encanta esta palabra. Su entrada en el diccionario me parece una definición vintage de feminismo, “que es adecuado o está destinado tanto a mujeres como a hombres”, cuya tendencia social en la década de los años 60-70 buscó diluir las diferencias de género entre varones y mujeres, en materia de apariencia, vestimenta, comportamiento y hasta en nombres propios. Una pequeña avanzadilla en una generación destinada a vivir bajo un adoctrinamiento social donde la mujer quedaba relegada a un segundo lugar.
Así que, desde esta pequeña ventana, quiero hacer un homenaje a mi madre, a las madres de mis amigas, a las madres de mis conocidos y a todas las madres y mujeres que vivieron en una sociedad patriarcal donde la igualdad de oportunidades brillaba por su ausencia.
Crecieron con estudios básicos, sin educación ni libertad sexual, donde las demostraciones de amor en público estaban prohibidas y las relaciones prematrimoniales eran impensables.
Una generación donde la realización personal y la obligación moral las abocaba irremediablemente a la formación de una familia, con el número de hijos que Dios mandara, señalando como desgracia aquellos matrimonios que no los tenían y denominando “solteronas” a todas aquellas que por opción personal o circunstancial no se habían casado.
Su dedicación incansable al marido, hijos, padres y/o suegros, a las tareas del hogar en todas sus facetas y a conformarse con los roles establecidos, aceptando como objetivo máximas como “detrás de cada gran hombre siempre hay una gran mujer”.
Se hicieron mayores renunciando a sus amistades personales, a la elección del número de hijos, a la posibilidad de un divorcio, a tener opinión personal, a su independencia económica y hasta aceptaron que un coche en manos de una mujer era “un peligro público”.
Las normas de comportamiento social con los que habían vivido perdían su validez por el empuje de la forma de vida de sus hijas, descolocándolas ante dos visiones tan diferentes de enfrentarse al mundo. Pero supieron entender, comprender y aceptar que había un duro trabajo por delante para llegar a respetar y apoyar en cuerpo y alma la capacidad de sus hijas para alcanzar los objetivos que se propusieran sin tener en cuenta su sexo.
Ahora, ya mayores y muchas de ellas viudas, retomaron las riendas de su vida, sin reproches, descubriendo y resucitando algunas cosas que dejaron de hacer y otras que nunca habían conocido. Ven la vida desde otra dimensión dándonos el apoyo y la fuerza para continuar un camino tan fácil de entender como que la responsabilidad, el trabajo, los estudios y la cultura no entienden de sexos, sino del esfuerzo, capacidad y oportunidades para poder llevarlos a cabo.
Gracias a todas por liberaros de etiquetas caducas y abrir vuestras mentes como esponjas, sin prejuicios, para aceptar el comportamiento de vuestras hijas y nietas y equipararlo en todos los términos con vuestros hijos y nietos.
No han cambiado sus creencias, pero saben respetar las de los demás.
Aún queda mucho camino que recorrer en esta carrera de fondo, pero con compromiso, ayuda, inteligencia y sensibilidad haremos una sociedad más justa, y seguro, que mucho mejor.
Feliz fin de semana y hasta el próximo viernes.

