
“La memoria es intrínsecamente polémica y sesgada: lo que para unos es reconocimiento, para otros es omisión… Para poder comenzar a olvidar, una nación debe primero haber recordado…” Tony Judt (Londres, 1948); de su libro: “Postguerra” (Taurus, 2006, página 1.182).
Hace noventa años, un día como hoy, 14 de abril de 1931, se proclamó en España la Segunda República, con la cual se pretendió superar el fracaso de la “restauración monárquica” que había concluido en la dictadura militar del general Primo de Rivera, tras cuyo colapso, brevemente continuó el general Berenguer (1923-1930).
Es por ello que deseo traerles noticia de tres libros, recomendables para profundizar en la historia de dicha etapa, que pretenden responder a tres cuestiones para mí básicas. A saber:
1º) “La búsqueda de las razones que pueden explicar el fracaso de un régimen creado en medio de la alegría popular y unas expectativas sin límite”.
Esta es la intención del autor del libro de 508 páginas: “La destrucción de la democracia en España” (2ª edición ampliada, Editorial Debate, 2018), del catedrático de historia contemporánea española en la London School of Economics & Political Science, Paul Preston (Liverpool, 1946).
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Se inicia con el análisis de “los orígenes del cisma socialista (1917-1931)”, en el cual destaca la “radicalización o bolchevización” del PSOE y la “persistente lucha interna por el poder, lo que paralizó … a los grupos más moderados del partido impidiéndoles contribuir a la defensa de la República cuando se vio amenazada en la primavera de 1936”. Posiblemente a esto se refiere Salvador de Madariaga cuando afirma: “lo que hizo inevitable la guerra civil española fue la guerra civil dentro del Partido Socialista” (“Spain. A Modern History”, Londres, 1961).
Y concluye con un capítulo sobre “el abandono del legalismo” en las fases previas al inicio de la guerra civil; en el cual destaca -a juicio del autor- tanto la desobediencia a la legalidad republicana por los líderes de las derechas (Gil Robles y Calvo Sotelo), como del ala radical izquierdista del PSOE (Largo Caballero) y los comunistas. Unos, pensaban que el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936 (tras la revolución de octubre de 1934 y la violencia política desatada) significaba la anarquía, de modo que, si el Gobierno no era capaz de cumplir su deber, “la mitad de la nación no se resigna a morir. Si no puede defenderse por un camino se defenderá por otro” (discurso de Gil Robles el 15 de abril de 1936 en las Cortes); y, otros, Largo Caballero, “confiaba en que el golpe sería derrotado por la acción de la clase trabajadora, acelerando en consecuencia el colapso del Estado burgués y la realización de la revolución proletaria”.
2º) “La comparación de los dos procesos de construcción de la democracia española en el siglo XX”.
En sus 514 páginas, se ofrece un estudio histórico comparativo, muy valioso, de los procesos democráticos de 1931 (Constitución de 9 de diciembre de 1931) y 1976 (Constitución de 31 de octubre de 1978), en el libro: “El camino a la democracia en España. 1931 y 1978” (2ª edición ampliada, Editorial Gota a Gota, 2005; 508 páginas), del doctor en Ciencias Políticas y catedrático de historia en la Universidad Rey Juan Carlos, Manuel Álvarez Tardío (Madrid, 1972).
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El cual destaca, no solo las diferencias sociales y económicas de la sociedad española en dichas fechas, sino especialmente institucionales sobre:
1.- El proceso constituyente: en 1931 duró solo seis meses, el propio Decreto de convocatoria de las elecciones constituyentes preveía la continuidad de las Cortes para, tras la Constitución, aprobar las leyes fundamentales que la desarrollaran y sin referéndum de ratificación ciudadana. En 1976, duró dieciocho meses, se aprobó la Constitución por las Cortes, fue ratificada por referéndum nacional el día 6 de diciembre y por último, se celebraron nuevas elecciones generales.
2.- La participación de la oposición en la redacción de la Constitución: en 1931, “por distintos motivos, no hubo una implicación sincera y participación significativa de la opinión conservadora del país, ni disposición del ejecutivo republicano a reunirse con la oposición y a negociar con ella, aspectos sustanciales del proceso”. En 1978, la reforma democrática fue “pactada”, de modo que las decisiones políticas más importantes tomadas durante el periodo que va desde diciembre de 1976 a diciembre de 1978, incluida la elaboración de la Constitución, no fue resultado de la imposición de la mayoría a la minoría.
3º) “Segunda República, (en cuanto experiencia democrática sucedió hace noventa años) en ningún caso puede considerarse como una época perteneciente a un tiempo presente, es decir, realmente experimentado por la mayoría de las personas que convivimos en España en este momento”.
De esta convicción parten los autores, del estudio sistemático más completo, quizás, de dicha época, en sus más de 1.250 páginas: “La Segunda República Española” (Editorial Pasado y Presente, 2015), de los catedráticos y profesores de historia, de las Universidades, Carlos III, Granada y Complutense, Eduardo González Calleja (Madrid, 1962), Francisco Cobo Romero (Mancha Real, 1961), Ana Martínez Rus y Francisco Sánchez Pérez.
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Sus autores son conscientes de que “el tiempo corre, y el sistema político español no parece estar actualmente en su mejor momento de salud”. Y “que la memoria de la Segunda República se está convirtiendo en un caballo de batalla para plantear soluciones a problemas políticos actuales”.
Y por ello ofrecen su estudio histórico, que -reconocen- no puede ser neutral (se autodefinen como historiadores antifranquistas), pero sin renunciar a ser serios y rigurosos. La riqueza del resultado es clara, con solo enumerar el título de sus estudios sobre: “un proyecto de democracia”, “el decurso de las grandes reformas”, “los actores de la vida política”, “reformismo, contrarrevolución y movilización colectiva”, “sociedad y cultura en el quinquenio republicano” y “primavera de 1936”; y un epílogo relativo a la “República tras el golpe de julio de 1936”.
Ya conocen mi opinión, expresada en esta misma tribuna, sobre la importancia de “trabajar el pasado” como herramienta para vivir el presente y construir el futuro por personas y sociedades adultas, no irrigadas por el infantilismo estéril. Y como nos recordó Tony Judt, en su extraordinaria obra antes citada: el instrumento del recuerdo no es la propia memoria, sino el estudio profesional del pasado. Lo cual supone, para mí, acercarse a los hechos sin prevención ideológica, de la mano de los historiadores que reconocen la ausencia de neutralidad, pero realizan un esfuerzo sincero por el rigor y seriedad científica alejada de toda propaganda.
Este “trabajar el pasado” por muy duro y culpable que sea, lo han realizado con éxito otras naciones europeas: Alemania tras el nacismo y el Holocausto, en un trabajo sobre el pasado que continúa en nuestros días; y Francia, de la mano de Charles de Gaulle, líder de la resistencia y presidente de la República, que obligó a los franceses a enfrentarse al pasado de colaboración con los nazis e impulsó Francia como nación reconstruida, al compromiso europeo y la superación del pasado culpable, con la redacción de la Constitución de 1958, llamada de la Quinta República.
La Segunda República, de alguna manera pretendía modernizar y reformar una España que agonizaba desde la crisis de 1898, en la cual el analfabetismo superaba el 34% de la población, llegando al 38% de las mujeres; un problema rural profundo, máxime tras la pérdida del empuje exportador a los contendientes de la Primera Guerra Mundial; una crisis económica resultante de la Gran Depresión de 1929, e inexistentes derechos para los trabajadores, en particular los jornaleros del campo, llevados a épocas de verdadera hambruna. Por ello, no era de extrañar el apoyo y entusiasmo mayoritario de amplios sectores de la sociedad española de los años treinta del siglo pasado, incluidas las élites intelectuales y académicas. Quizás por ello, Azorín, la calificó como “la República de los intelectuales” (seudónimo de José Martínez Ruiz, “La Republica es de los intelectuales”. Editorial Crisol, 1931).
Muchos fueron los factores que la llevaron al fracaso, como se exponen en los libros que hoy recomiendo, de los cuales me atrevo a destacar: la percepción de la democracia no como un fin en si mismo, sino como un medio para la revolución; la existencia de un profundo conflicto social; una devastadora crisis económica; el clima beligerante en Europa con el ascenso del comunismo y el fascismo; una élite política sectaria; un procedimiento electoral no seguro; una Constitución notablemente izquierdista y anticlerical (recordar el artículo 26 que imponía la disolución de las Ordenes religiosas que exigieran el voto de obediencia al superior) que no fue fruto de acuerdo entre todas las fuerzas políticas e integración de ideologías dispares; y la violencia política que asoló todo el quinquenio.
Queridos lectores, el éxito suele ser una combinación de condiciones favorables y decisiones correctas, en particular de élites preparadas y conscientes de su responsabilidad histórica. Hoy, la sociedad española nada tiene que ver con la de hace noventa años, pero tampoco mucho con la existente en la década de los años setenta del siglo pasado, de la que algunos guardamos fiel memoria. Y si “trabajar el pasado” es nuestra responsabilidad colectiva, también debemos dejar que las generaciones actuales, sin contaminarles con rencores pretéritos, “trabajen la transformación del presente”, sin lo cual no es posible ni imaginar el futuro.
Y para ello, un mecanismo muy exigente de innovación institucional (como el procedimiento de reforma constitucional, véase los artículos 166 a 169 de la Constitución de 1978), puede ser más pernicioso que protector, si los grandes partidos políticos no están a la altura del reto actual y, consecuentemente, nos degradamos al fracaso colectivo del “desbordamiento de la Ley” o “no aplicación social de la misma e institucionalmente consentida”. Y esto hoy, como en cualquier encrucijada histórica, es estar a expensas de la calidad y responsabilidad de las élites políticas y sus estructuras de poder en los partidos.
Quince días no son nada en el devenir de los últimos noventa años; y aunque hay “décadas que no cambian nada y semanas que cambian décadas”, lo importante son las semillas que plantamos en cualquier hora y las herramientas que utilizamos, individual y colectivamente; máxime en una tierra en la que existen, zanjas, cunetas, fosas y trincheras.

