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ENTRE TÚ Y YO

La balsa de la medusa

David A. Sánchez Hernández Jueves, 15 de Abril de 2021 Tiempo de lectura:

 

Cerramos hoy la serie “El Remedio Liberal” con una hiriente mirada al bosque de los ojos y letra de Rolando J Baños, que asomándose por encima de los árboles y con afilados dardos nos invita a pensar y elegir que náufrago queremos no ser, sino seguir siendo, sin aventurarse a predecir si el naufragio tendrá final feliz o si por el contrario terminará en otro cruce más de caminos. Rolando es de esos liberales pragmáticos muy pragmáticos, de los que se podrían afiliar a la izquierda, o al centro, o a la derecha, pero votan a quien les da la gana. En ocasiones se siente perro y reclama su derecho a hacerlo, con los mismos argumentos con los que podría practicarse la eutanasia, así como la libertad para estar, o no estar. Por algún motivo las mujeres se le acercan, de las que él fielmente huye, y tiene ese magnetismo natural del que algunos carecemos, y sin embargo, no ansiamos. Como digo, hoy Rolando comparte con nosotros su particular rien ne va pas. Disfruten. 

 

 

 

[Img #81079]

 

Rolando J Baños Guillén

La Balsa de la Medusa

 

No se me ocurre mejor forma de ilustrar el abandono actual de la sociedad civil por los que la gobiernan, que volver a contemplar, con interés renovado, el cuadro del genial pintor francés Theodore Gerifalte, romántico y liberal, llamado: La Balsa de la Medusa.

Pero antes de continuar y consciente de que la oferta a proponer, puede pillar a trasmano al lector, es conveniente explicar la historia del cuadro, en el que se representa el naufragio de la fragata de la marina francesa, La Medusa, frente a las costas de Mauritania el 2 de julio de 1816. Dónde más de cien desgraciados quedaron a la deriva en una balsa improvisada y desvencijada por los arreones del mar y donde únicamente salvaron la vida trece de ellos. El resto murió durante los quince días en los que se demoró el rescate. Habiendo soportado locura, desesperación y, como no, haciendo uso de una vieja y extendida costumbre del naufragio universal: el canibalismo.

Este hecho supuso un escándalo en la sociedad internacional de la época ya que las causas del naufragio fueron atribuidas a la incompetencia del capitán nombrado por la autoridad francesa. Y sí, conviene avisar al escuadrón de lo correcto, que autoridad e incompetencia pueden aparecer en una misma línea argumental.

Aclarado esto, me permito invitar al lector a que no deje de hacer lo mismo y al revisar el cuadro, aproveche, como ejercicio de futuro, para elegir con cuál de los desconsolados náufragos prefiere identificarse: con el que suplica auxilio desesperado, con el que parece atisbar la esperanza de tierra, con el que yace en escorzo a punto de ser engullido por un mar de mil demonios, o con el que permanece erguido y orgulloso consciente de que la situación es irremediable y conviene afrontar el naufragio con la mayor dignidad.

Ni que decir tiene, que aquél que no se identifique con ninguno de ellos solo puede pertenecer a uno de estos grupos: los que ya están en el fondo del mar, los que han cooperado necesariamente en el naufragio o los que no conocen otra forma de navegar.

Llegados a este punto, lo que parece irremediable es evitar la metáfora que sugiere la historia de La Medusa y sus náufragos, con la situación que sufrimos los ciudadanos en la sociedad democrática actual y que se debe en gran parte a la incompetencia de nuestros capitanes. Incapaces de mantener un rumbo fijo, por la sencilla razón de que no tienen ninguno, más allá del que le marcan sus propias ambiciones personales, que a su vez son prescritas y delimitadas por sus propios hacedores.

Si bien creo que, nosotros, los náufragos también somos responsables (bendita palabra) de la situación. Pero por poco tiempo, eso sí, porque lo que se pretende es la incapacitación de la sociedad civil y por ende de sus individuos. Y al incapaz, no puede hacérsele responsable de sus actos y por tanto, tampoco, dueño de su destino.

Los capitanes incompetentes de nuestra particular Medusa, vienen trabajando en implantar la tiranía de la falsa libertad, que pretenden ejercer sobre futuros ciudadanos, autómatas anestesiados y estólidos, que son inoculados por pensamientos precocinados y servidos por amorales mediáticos, con el único fin de que no podamos sacar los pies del légamo de nuestra ignorancia.

 

A nosotros, como ciudadanos libres, nos quieren náufragos, desnortados, intelectualmente famélicos y carentes de cualquier espíritu de lucha o valor. Espíritu al que van cercenando con la paciencia de un sensei de los bonsáis, hasta su total inermidad.

Y cuando estemos exhaustos, desesperanzados, aparecerán a los quince días como nuestros rescatadores, con la convicción de que nosotros los náufragos hemos olvidado que fueron ellos mismos los causantes del naufragio.

Y una vez aceptado esto, habremos llegado al puerto deseado por ellos, y asistiremos, maniatados en nuestras libertades como ciudadanos, a un trasunto civil de aquello que los gnósticos cristianos y judíos llamaban “ebriedad de lo inaudito”, pretendiéndose que adoptemos como sociedad un culto a la depauperación de los mismos valores que alguna vez nos hicieron libres.

Pese a todo, muchos conciudadanos aplaudirán, porque pasarán a ser propiedad, en condición de bípedos semovientes, y podrán aportar a los ecos de la posteridad sus débiles balidos de oveja.

 

No olvide el lector, si es que alguna vez lo hubiera, de estas líneas, recordar al ver el cuadro sugerido que el causante de aquella tragedia no aparece en el mismo, ya que abandonó el barco en uno de los botes, soltando la amarra a la balsa en la que naufragaron ciento cincuenta seres humanos . Su pena fue tres años de cárcel.

Les presento al capitán Chaumareys, aunque seguro que tendrán oportunidad de conocerlo.

 

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