
Estoy en Ponte Vella, el centro comercial de la ciudad de Ourense cuando dos chicas se acercan a mí y una de ellas me dice:
- Vas escoitar a mellor historia que escoitaches nunca, a dos meus avós!
En castellano me venía diciendo:
Vas a escuchar la mejor historia que escuchaste nunca, la de mis abuelos.
Y ante mi impaciencia empezó…
Mi abuela se llamaba Asunción y mi abuelo Manolo…
Los dos vivían en el mismo pueblo.
Mi abuelo siempre tuvo un estilo de vida muy acomodado, era hijo único y su familia era terrateniente, gracias a eso podían vivir muy bien.
Para su madre lo era todo ya que su padre se fue a Brasil, abandonándolos cuando solo era un niño…
Mi abuela por el contrario era la hija más pequeña de 5 hermanos, vivían con su madre en una casita muy pequeña y con pocos recursos. Su padre había muerto sin que ella tuviese la suficiente consciencia para recordarlo bien.
Llegó la guerra y con ella el reclutamiento de los hombres. Mi abuelo no estaba dispuesto a luchar en lo que para él era una guerra absurda.
Su madre tampoco quería que su hijo de 22 años perdiese la vida, ya que para ella sería insoportable sufrir otra pérdida.
Era momento de tomar decisiones y así lo hicieron. La única escapatoria para Manolo era esconderse en alguna aldea perdida en las inmediaciones del monte o en el propio monte.
El pueblo donde vivían se llamaba Lantemil, un lugar pequeño y muy bonito que estaba al sur de Ourense, muy cerca de la frontera con Portugal.
Emprendió la huida campo a través con un puñado de privilegiados que también querían evitar la guerra. Entre ellos había maestros, médicos, abogados o hijos de estos.
Llegaron a un poblado de Portugal que era sumamente pobre, donde los acogieron, en muchos casos sin ellos mismo tener para automantenerse.
Esto era algo que mi abuelo echaba de menos en la sociedad actual en la que parece que la memoria falla a la hora de recordar los gestos de nuestros vecinos y hermanos portugueses.
Él nunca lo olvidaría.
Mientras estaban refugiados en ese pueblito, la madre de mi abuelo viajaba periódicamente hasta allí para llevar algo de comida, como no quería hacer ese viaje sola, le pedía a una vecina que le dejase a su hija pequeña para que la acompañase. Esa niña de tan solo 12 años era mi abuela, a cambio de ese favor, le daría trabajo y techo a mi abuela en su propia casa, con lo que Asunción empezó a vivir en la casa de su futuro marido sin ni siquiera conocerlo.
Cuando eran capaces de reunir una buena cantidad de comida, emprendían el viaje a Portugal, que solía ser cada 15 días más o menos.
Estuvieron una temporada llevándoles comida, hasta que llegó el día en que alguien dio un aviso de lo que estaban haciendo esas familias portuguesas con los refugiados.
Manolo me contaba cómo no tuvieron tiempo apenas de escapar, tuvo demasiada suerte, tenían un pequeño plan para si esa situación ocurría algún día, pero no todos lo consiguieron llevar a cabo.
Habían construido unas casetas con unos listones de madera en el campo al lado de donde vivían y las recubrieron de paja para que simularan ser los típicos montículos de secado para luego hacer las camas a los animales. La estructura interior era lo suficientemente gruesa como para soportar que las perforasen las balas de los fusiles o cualquier otro objeto punzante.
Siempre que me contaba esta parte de la historia no podía evitar emocionarse.
Aquel día desde la caseta vio como cogían a varios de sus compañeros, los arrodillaban a escasos metros de él y como le preguntaban:
- ¿Dónde están los demás hijos de puta?
Ante el silencio por respuesta mientras los miraban sabiendo que nunca volverían a ver a esos amigos que se escondían, los degollaron derramando su sangre oscura por sus cuellos.
Eso era algo que tampoco olvidaría nunca y creo que yo tampoco. La verdad es que la descripción que hacía mi abuelo era mucho más precisa y clara que la mía. Él consiguió salvarse siendo lo único positivo de ese fatídico día.
En esa etapa fue cuando mis abuelos iniciaron su noviazgo.
Manolo se enamoró de una niña por cómo lo cuidaba y Asunción de cómo por ella si arriesgaba la vida que no arriesgaba por una estúpida guerra. Mi abuelo recorría cada noche los montes a sabiendas de que lo podían encontrar para poder verla.
Tenían su amor en secreto, a ella no la dejaban hacer nada por ser muy joven y mi bisabuela no aprobaba la relación de mi abuelo con una niña tan joven y aún por encima pobre.
En una de sus escapadas nocturnas para visitar a la abuela, se tropezó con unos soldados que lo retuvieron. Sin que la Asunción supiese nada, se lo llevaron a Lisboa y de allí a Tarragona en un barco.
La guerra había conseguido que Manolo formase parte de ella. Pasaría a representar al bando republicano.
Poco a poco empezó a estudiar y a poder escribir alguna carta para informar a sus seres queridos de su paradero, con la primera, le comunicó a Asunción lo ocurrido y la segunda se la envió a su madre, era importante que su madre no se enterase de su noviazgo. Era muy capaz de hacerle la vida imposible a la mujer que amaba con locura.
En la guerra Manolo no tardó mucho tiempo en destacar y ascender a sargento. Algún medio de la época se hizo eco de este momento de su vida. Lo sé porque alguna vez mi padre lo comentó en alguna comida familiar. Decía que estaba por casa a modo de recuerdo, pero lo cierto es que yo nunca lo llegué a ver.
Terminó la guerra y Manolo volvió a casa, la relación con Asunción se empezaba a hacer fuerte y cuando empezaba a saborear la felicidad, tocó volver a huir, esta vez había una orden de búsqueda y captura con una más que posible pena de muerte para él.
Un alto cargo suyo, pensando que él ya había muerto, le cargó con decenas de sucesos ocurridos bajo su supuesto mando, cuando el bando republicano tuvo que rendir cuentas tras su derrota.
Esta desafortunada confesión para librarse de la condena hizo que mi abuelo fuese perseguido sin piedad, hasta que lo encontraron escondido en el monte y lo llevaron detenido a la cárcel de Sevilla en la que estuvo 3 años.
Todo el pueblo y alrededores pensaban que estaba muerto.
Mientras tanto, consiguió que su alto mando dijese la verdad en relación con la naturaleza de los hechos que hacían que estuviese condenado a muerte.
Finalmente se libró de la pena de muerte y regresó a casa. Era el momento de disfrutar de su amor por la abuela libremente o eso parecía. Parecía que los tiempos de refugiarse en los montes, de la humedad de una celda, de la guerra en líneas generales… Había acabado.
Lo que nunca se imaginó es que le quedaba una batalla por ganar.
Cuando regresó a Lantemil, hizo público su noviazgo con Asunción. A todo el mundo le parecía maravilloso, a todo el mundo menos a su madre, que en el momento en el que se enteró, entró en cólera y le prohibió verla de forma taxativa. Aun así, se seguían viendo a escondidas y al poco tiempo, la abuela se quedó embarazada, te puedes imaginar lo duro que fue esta situación, apenas tenía recursos y Manolo le traía todo lo que podía robar a su madre, dándoselo cada noche que pasaba con ellos.
También contaba mi abuelo, que todos los domingos les llevaba chocolate.
A su primer hijo, le pusieron el mismo nombre que el abuelo, Manuel, y poco después nació Ana, su segunda y última hija.
Cuando el pequeño Manuel fue creciendo y ya correteaba por ahí, mi abuelo lo llevaba de vez en cuando a la casa de la bisabuela, que al principio no lo dejaba entrar, pero poco a poco se fue enamorando de él, hasta el punto de no solo dejarlo entrar en casa, sino que también reconocía que era su nieto, cosa que nunca llegó a hacer con su otra nieta Ana, que decía que no era hija de Manolo.
Pasaron los años y Manuel cumplió los 14, momento en que se vio obligado a ir a trabajar a Barcelona, ya que el dinero no alcanzaba para vivir. Todo lo que podía ahorrar, lo enviaba a casa.
En cuanto Asunción se vio con los ahorros suficientes y ante la indecisión de Manolo a enfrentarse con su madre, decidió irse a Mallorca con sus dos hijos. Fue una decisión muy difícil para ella, pero no lo soportaba, a todo lo anterior, hay que sumarle que todo el pueblo la tachaba de “mujer de baja reputación”, tú ya me entiendes… Por ser madre soltera y no estaba dispuesta a soportar las acusaciones de algo que no era.
Manolo en el momento en que se lo dijo, se fue detrás de ella sin pensarlo. En Mallorca su amor se hizo realidad.
Se casaron y empezaron a ser felices de verdad.
Un año después de casarse, se vinieron al pueblo y vivieron de forma definitiva todos juntos.
En 2010 el abuelo nos dejó a los 97 años y en 2014 la abuela se fue con él.
La historia me la contó como os podéis imaginar en un lindo gallego que he traducido para hacérsela llegar a todos los lectores de MurciaEconomía.
Alba, que así se llamaba la narradora de la historia, es una gran amiga mía a día de hoy.

