
Estás tranquilo en el sofá de tu casa y se acelera el pulso, se tensan los músculos, se dilatan las pupilas; está a punto de entrar en escena el asesino en serie. Las películas de terror o de suspense provocan una reacción de miedo similar a una situación peligrosa real pero que desde el salón de tu casa ese miedo te puede producir placer. En la vida real la amígdala cerebral reacciona igual, anticipándote y preparándote como en la película y, sobre todo, lo hace ante situaciones novedosas o parecidas a las que nos dañó algún día. Y lo hace antes de que otras partes del cerebro puedan averiguar si necesitas estar asustado o no porque es un proceso automático que te obliga a responder de manera contraproducente en lugar de calmarte. Es un secuestrador emocional que te lleva a huir, escapar o bloquearte, llevando tu vida con el piloto automático.
Sin miedo no se puede vivir. De hecho el “miedo listo” nos protege de amenazas reales. Pero también existe el “miedo tonto”, el que percibe peligros que sólo existen en nuestra cabeza e inventa cosas terribles. A veces vivimos situaciones como si hubiera tigres y leones acechando en cada esquina; o como me describió una paciente, “es como si estuviera en el bosque y el lobo fuera a aparecer detrás de un árbol, pero no sé por cuál”. ¡Vivir así, sí que asusta!
El miedo protege de peligros y es un buen ángel de la guardia pero, a veces, esta alarma está estropeada y empieza a avisarte de amenazas que no existen y pueden dejarnos hiperactivados por mucho tiempo.
Es muy común que llegue la noche y que en muchas habitaciones infantiles venga el coco a visitar al niño para pesadilla del descanso de los padres. Y llega la hora del ir al cole y viene la angustia de separación de la mamá. Y llega el viernes y el adolescente no quiere salir con los amigos por si no encaja.
Estos temores infantiles si no se superan se convierten en inseguridades adultas que nos interfieren en la vida cotidiana. Conozco personas que viven con miedo al futuro, anticipando catástrofes o con una visión negativa de sus capacidades, y el miedo aprovecha para mantener su discurso fatalista que les atrapa como cuando venía el coco a su habitación. También existen personas que les angustia todo de manera generalizada, ya sea un examen, una entrevista de trabajo, una llamada telefónica o pedir algo a un amigo. Esta ansiedad generalizada, por todo y por nada, es muy limitante para establecer relaciones seguras o para poner límites a los demás, viviendo con estrés situaciones cotidianas. Es posible que esta reacción de miedo la aprendieran de pequeños cuando no se atrevían a exponerse a situaciones y sus padres, con la intención de protegerle, les dieron dependencia en lugar de autonomía.
Darle alas a los hijos para que vuelen solos sin la sombra de los padres es una función paterna que les va a proteger, y más que buenos resultados académicos o una educación exquisita, los hijos necesitan inteligencia emocional.
Está claro que ayudar no siempre ayuda; que los padres tenemos que aprender a no hacer y aunque es nuestro deber cuidar a los hijos, no hay que hacer por ellos lo que ellos pueden hacer solos. Parecerá una obviedad pero hacemos cosas por los hijos que están preparados para hacer solos, como vestirse, comer, deberes, opinar.
Los padres podríamos convertirnos en azafatas de vuelo, que nos acompañan durante el viaje y que nos explican cómo proceder ante la posibilidad de peligros y, lo mejor, despiertan en nosotros tranquilidad en el despegue o ante turbulencias con sólo observar sus caras. Otra cara ante estas situaciones generaría un caos en el avión. Los padres muchas veces condicionamos miedos por las reacciones que tenemos y no por las situaciones en sí. En la vida hay turbulencias y aterrizajes forzosos pero si actuamos con tranquilidad y lógica, es más probable que el hijo active el cerebro prefrontal, que está dotado de lógica y controla las reacciones impulsivas de la amígdala.
Nuestros hijos necesitan azafatas de vuelo y no actores dobles de escenas de riesgo. Necesitan unos padres que les enseñen cómo enfrentarse a situaciones para no verlas tan peligrosas; entre otras cosas porque no siempre podremos estar presentes y sustituirles, porque su vida la tienen que vivir ellos.
Si tu hijo se muestra preocupado por dormir, por hacer los deberes, hablar con los demás, plantéate que ayudarle en exceso no ayuda. Lo que sí ayuda es escucharle para que genere soluciones. Es un trabajo lento, de exposición gradual, que a buen seguro le vacunará de amenazas y fantasmas imaginarios.
Para enseñar a tu hijo a frenar la amígdala que reacciona excesivamente, primero tendrá que darse cuenta y después admitir que siente miedo. Porque cuanto más se rechace, ignore o desplace esa sensación, más fuerte se hará.
Termino mi reflexión con la moraleja del cuento de Juan Sin Miedo; todos y cada uno de nosotros tenemos MIEDO. No tengas MIEDO de admitirlo. Os propongo que en lugar de huir y negar los miedos, dejemos de luchar, nos hagamos amigos de ellos, les invitemos a un café y muchos fantasmas desaparecerán.
Un abrazo y buena semana. Esther

