
El hombre se busca a sí mismo, necesita reconocerse, una constante en su vida; llegar a comprender, indagar todos los puntos de vista que conforman su ser, los porqués de su propia esencia y existencia. Necesita la felicidad como una presunción subjetiva de bienestar. Muchos, que se sienten de esta manera, exhiben sus logros personales cuando aceptan que es su razón primordial para una buena y saludable disposición emocional.
Pero la felicidad no es un destino, más bien es una actitud ante la vida; se presenta como un camino abierto que se va recorriendo a través de los años. No tiene como argumento plantear situaciones para conseguir diseñar la vida; tampoco se puede planificar como si se tratara de hacer un boceto de la propia existencia, trazando una línea perfecta hecha a la medida. Sin embargo, sí se puede beneficiar de un trabajo elaborado de antemano; un largo trayecto de voluntad y persistencia, que hay que recorrer con precaución.
La felicidad es un estado emocional en el que participan agentes de nuestro cerebro y se ajustan a una determinada evidencia de lo que se encontrará en la vida. Porque todos vamos a detectar espacios, épocas de felicidad junto a momentos tristes o infelices. Los médicos consideran que ese estado de felicidad viene relacionado con una buena salud mental, física y dinámica. Unos conceptos que se perderán en muchas ocasiones y romperán las sensaciones de bienestar, y nos sentiremos bien cuando podamos compaginar la actitud positiva con los inconvenientes que se consideran adversos.
Para los antiguos filósofos la felicidad era considerada como la posesión del bien supremo que el hombre pretende alcanzar; un protagonismo que obtuvo mucho éxito en la aparición de la ética griega. Los pensadores debatían sus opiniones sobre lo que podía hacer felices a las personas.
Sócrates afirmaba que la felicidad sería digna de ser disfrutada solo siguiendo el camino recto o por la virtud. Aristóteles basaba su teoría en que el hombre nace con muchas posibilidades, y solo será feliz si sabe utilizarlas correctamente. Los seguidores del cinismo mantenían que la felicidad consiste en valerse por sí mismos, siendo autosuficientes, no dependiendo de nadie. Por su parte los estoicos subrayaban que la felicidad solo se encuentra en la razón y en la virtud, fuera de las comodidades materiales. En cuanto a Séneca, se centraba en la idea de que todos los hombres quieren vivir felizmente y, por ello, intentan descubrir qué es la felicidad. Existe otra corriente más racional fundada por Epicuro, con influencia de Aristóteles: significa huir del sufrimiento, experimentar placer, aunque evitando los excesos. Cultivar el espíritu en un punto medio, donde todo se domina, es una buena opción para elegir bien.
El ser humano de todas las épocas busca esos refugios de felicidad que de alguna manera los existencialistas supieron darle nombre propio. Ante lo inevitable, evadirse era un modo de seguir conquistando la felicidad. Con una seguridad ficticia, pero conformista, respecto al sentido de la propia existencia. Consolidar esa postura tiene como resultado un sentido común exitoso, en el que no se trata de entender, sino que tiene la disponibilidad de darle una conciencia ética a las sensaciones externas, más que a las ideas. En la Antigua Grecia, en Jonia, península de Anatolia fue donde se inauguró la Grecia del Pensamiento, quizá Pitágoras de Samos fue el primero en utilizar el término.
Y los primeros filósofos con su capacidad de dilucidar sobre el comportamiento, emociones y sensaciones de la persona, se ponían de pie y entraban en una experiencia tan sugestiva como sus razonamientos sobre corrientes de pensamiento, en las que la finalidad era alcanzar la “ataraxia”, una palabra trascendente, que mucho tenía que ver con la tranquilidad y la serenidad en relación con el alma, la razón y los sentimientos. A los escépticos, les resultaba más fácil de asimilar porque, al no creer en nada, no entraban en polémica con los demás. Las preocupaciones de los oradores se solventaban empleando la razón lógica de ese sentido común que era sencillo de entender. La promesa más honesta que recibían los congregantes, allí presentes; la que determinaba la posibilidad de estar preparado para salir adelante.
Todo esto está en los libros, de ellos nos alimentamos, nos aprovechamos, porque la felicidad se encuentra entre sus palabras, cuando resuena la belleza: NACHO ALBERT nos dice:
Tras la puerta permanece el recuerdo, agazapado
como torpe antagonista, que tan solo anhela estremecerse.
Nuestros libros se colmaban de horizontes torcidos
personajes que jamás fueron ciertos.
¡¡Seamos felices!!

