
«El que lo huele debajo lo tiene». Este «dicho agudo y sentencioso de uso común», como lo define la Real Academia Española, no es más que un refrán que figuradamente, señala con el dedo al que con demasiada presteza se atreve a señalar al culpable de una determinada mala acción, (normalmente una ventosidad), para alejar de sí toda sospecha, cuando en realidad, lo que hace con ello es fundamentar las bases de su propia culpabilidad.
Y es que el Gobierno ha anunciado su voluntad de no volver a prorrogar el estado de alarma en España por lo que, a partir del 9 de mayo, finalizará esta situación excepcional, y cómo no, ya hay quien predice la catástrofe, lanza las campanas al vuelo, se frota las manos o culpa de todo mal a un «inminente» relajamiento de las medidas impuestas.
Algo que es excepcional no puede durar toda la vida, ahora de repente, toca hacer aquello, aquello que quizá todavía no hemos entendido. Primero nos hicimos los suecos. Pusimos trabas a toda clase de restricciones que criticamos a simple vista. Las recomendaciones eran sencillas pero la posición de algunos retadora. Cuando todo empeoraba volvimos a pensar que era una broma, porque somos demasiado tozudos como para darnos cuenta de que el comienzo del fin depende de nosotros mismos.
Es algo hasta natural, repetido en el transcurso de los tiempos y de la más constante obcecación para algunos culpar a otros de tus propios errores. Pero que haya todavía quien se atreva a sostener, y en ocasiones divulgar a los cuatro vientos que los ciudadanos no tienen responsabilidad alguna en la propagación de esta pandemia, o incluso que la misma no existe como tal, es un asunto que roza el surrealismo.
Ahí es donde el orden intelectual debe ceder paso a la filosofía o sabiduría popular. A los refranes: ese cúmulo ingente de pautas y verdades prácticas que en sí atesora una realidad innegable en toda la extensión de la palabra. Y es que algunas contiendas concretas tienen que ventilarse de este modo. Nunca mejor dicho.
Con sólo echar una rápida ojeada a los datos, veremos que el asunto que nos ocupa ha merecido ser tratado de una forma más precisa, por así decirlo. Al igual que el llamado comúnmente «pedo», la covid-19 se ha convertido en una gracia sin gracia, en un soplo de aire infecto que se comparte de manera espontánea, pero cuyas consecuencias pueden ser nefastas y en ocasiones, fatales. Y que los negacionistas, teóricos de la conspiración o las tribus reaccionarias, tiren balones fuera para no asumir la responsabilidad que cada uno nos corresponde, consigue que la fétida atmósfera se convierta en irrespirable.
Porque yo me pregunto: si después de catorce meses de muerte y sufrimiento, con un estado de alarma, sus prórrogas, las restricciones, las palmas y curiosos gritos de ánimo que rompían la calma de esas tristes tardes, los toques de queda, las distintas fases, la incomunicación, las mascarillas, las vacunas, los guantes, la distancia de seguridad, más salvaguardias, los cerrojazos a la hostelería, los ERTE, las empresas y los autónomos que se van a la quiebra, los trabajadores que engrosan sin remedio las filas del paro, ¿debo aguantar que un puñado de «inconformistas» echen por tierra todos esos logros conseguidos con el esfuerzo común porque no comulgan con la conciencia imperante?
Sería como estar en misa y repicando, ¿no? O, peor aún: interpretando el papel de Egano en la farsa del cornudo apaleado.
Así, la Covid-19 se ha convertido, por derecho propio y ajeno, en el «pedo» que todos los ciudadanos nos hemos tirado, precisamente los mismos que lo estamos sufriendo... No me negarán que asumir esa premisa tiene un cierto tinte cómico, teatral o circense.
Y quién nos lo iba a decir, pues, pese a que desde el Gobierno de España se ha repetido reiteradamente que habrá suficientes herramientas para impedir la expansión de la pandemia, no está claro qué sucederá a partir del 9 de mayo. Porque al final, todo dependerá de la conciencia social y colectiva.
Es hora de hacer algo, de no quedarnos de brazos cruzados, o al menos disimulando. Es hora de notar que la pelota está en nuestro tejado. De pensar de una vez mirando desde dentro hacia los que nos rodean, y cambiar de actitud. De olvidarnos de argumentos baldíos, y de culpar sin ningún tipo de ambages a otros de la propagación del coronavirus.
No se trata de esperar deseosos la llegada de ese día para sacar provecho a la libertad de movimiento, o la carencia de toque de queda o la paulatina relajación de las restricciones. La situación actual es completamente distinta a la del pasado en parte gracias a las vacunas. Pero ese avance solo seguirá marchando si luchamos juntos, si ponemos en práctica algo que siempre ha funcionado; la razón y la cordura, que ahora más que nunca, se deben convertir en las herramientas principales para deshacernos de una vez de esta terrible lacra, sobre todo, teniendo en cuenta la situación epidemiológica tan heterogénea que existe entre todas las comunidades autónomas españolas.
Es cierto que esas ideas de algunos (equivocadas o acertadas) se entienden. Al fin y al cabo, a una parte de la población y sobre todo a aquellos que “no tienen nada que perder”, les interesa pensar de ese modo. Por supuesto sin animosidad... son éstos los que, al igual que ocurre con el «pedo», se alivian echando balones fuera y culpando a otros. Pero no es menos cierto que se acerca la época estival y que la población de nuestra magnífica Región de Murcia, (al igual que otras), considerablemente aumentada con los numerosos «veraneantes» procedentes de otras zonas, se enfrenta a un reto extraordinario.
En resumen, habrá mucha más diversión y libertad, con bares, restaurantes y centros de ocio cerrando de madrugada. Las playas y las piscinas estarán abiertas y a rebosar de alientos infecciosos mientras la posibilidad de contagio seguirá latente. Y, sobre todo, más carta blanca para que «alguien» piense que puede hacer lo que le dé la gana. O quiera desquitarse de todo aquello que hasta el momento le ha sido vetado. Temiendo que con ello las cifras de contagios se disparen.
Hasta el momento hemos estados sentados en un cómodo banco del parque viendo cómo se libraba una tremenda batalla en la guerra contra el coronavirus. Ahora nos toca a nosotros plantear el modo de que la realidad responda a nuestros deseos.
Por eso digo que «el que lo huele debajo lo tiene». Porque el refrán es y siempre será la voz del pueblo, su identidad y su pensamiento. Nunca envejecen, y son tan válidos antes como ahora. Y aunque las loables palabras de todos aquellos que nos cruzamos en el camino puedan parecer ciertas, sigue habiendo algo que nos huele mal en todo esto.
En fin. Voy a abrir este debate, como el que abre una ventana, porque prefiero que entre el aire puro... y así ventilamos, entre otras muchas cosas, nuestros malos pensamientos.

