
La sociedad avanza conforme avanza la ciencia. Si la ciencia no avanza, la sociedad se estanca. Y cuanto más conocimiento científico tenga la sociedad, más fácil será que avancemos. Es por esto que la divulgación científica se ha convertido en uno de los temas con mayor movimiento en Internet; en redes sociales y en YouTube, por ejemplo. Algunos de los youtubers más famosos de la comunidad española son, precisamente, divulgadores científicos.
Sin embargo, a veces parece que la labor divulgativa se limita a los creadores de contenido audiovisual. Nos olvidamos de los programas de televisión y, sobre todo, de los libros. Periodistas, científicos y demás profesionales llevan años trabajando por la democratización del conocimiento científico. Un ejemplo de ello es Daniel Torregrosa, químico, bioquímico y divulgador, cuyo libro Del mito al laboratorio ha llegado ya a la quinta edición a nivel nacional. En este libro, Torregrosa muestra cómo la mitología ha inspirado a la ciencia, ayudándola a evolucionar. Detrás de este enfoque tan novedoso se esconden años de investigación y pasión por las humanidades y la enseñanza. Daniel publica artículos y organiza eventos para la UMU y la Biblioteca Regional con asiduidad, eventos a los que han asistido profesionales de la talla de Javier Santaolalla o Alfredo García. O José María Bermúdez de Castro, una de las figuras más reconocibles de la ciencia nacional e internacional, que traerá el próximo 28 de mayo.
Para ti, ¿por qué es importante la divulgación científica?
Porque es la mejor manera de llevar la ciencia, la importancia de la ciencia, a la sociedad. Claro que se puede estudiar de forma académica y, de hecho, es la vía principal. Cuando la llevamos a la sociedad pone en valor que es necesaria. Así, la gente se acerca al conocimiento más objetivo y están atentos a los descubrimientos y a todos los beneficios que nos da la ciencia.
¿Cuáles son las claves más importantes para tener una buena comunicación divulgativa?
Yo lo resumiría en dos: rigor y pasión. Rigor en la transmisión del conocimiento, y pasión y emoción para enganchar a la gente y que le llegue el mensaje.
En cuanto a esto, tienes cierta relación y has realizado charlas y eventos con divulgadores que transmiten el conocimiento científico a través de la plataforma YouTube, como es el caso de Javier Santaolalla. ¿Qué ventajas tiene esta forma de divulgar a través de vídeos?
Yo creo que cada formato suma. Hay muchas críticas respecto a ciertos formatos, como YouTube o Instagram, pero si se hace bien, con rigor, y sin transmitir “anticiencia”, yo creo que suma. A Javier Santaolalla lo hemos tenido en Murcia, y hace más cosas. Hace un año y medio lo traje a una charla presencial en la Biblioteca Regional y arrasó. Otras veces vienen otro tipo de divulgadores y no llenan tanto, aunque también tienen otro público. Todo son ventajas si se hace bien, porque llegan a un público al que, por ejemplo, no podría llegar yo.
Entonces ¿crees que se llega a menospreciar a estos divulgadores solo por la plataforma o el modo en el que divulgan?
Sí, sí. De hecho, a ellos y a todos. La divulgación, a veces, se critica porque es un atajo – que no sustituye a la educación científica, ojo, ni debe sustituirla. Es un atajo, que te puede gustar más o menos, para interesar a la gente por la ciencia. Luego, ya, si ellos quieren seguir el camino tortuoso y aprender, pues maravilloso. Que además, también es la manera buena de adquirir conocimiento. El problema es que como en YouTube hay tanta cosa, y parece que es un medio donde cualquiera puede divulgar, pues se ataca sistemáticamente el medio. Pero hay que ver caso por caso.
Hoy en día, que las pseudociencias están en auge, ¿crees que representan un verdadero problema más allá del dilema actual que vivimos con las vacunas?
Sí. Además, la historia de la pseudociencia nos dice que hay que ir parándolo y frenándolo, como pasa ahora con los antivacunas. Frenándolos ¿de qué manera? Pues con más conocimiento científico. Hay que tener en cuenta que son ideas escandalosas que se difunden siempre a través del miedo. Y hay que ir controlándolo poco a poco porque, si no, podemos tener un problema. Como ha pasado aquí. Parecía que los antivacunas eran pocos en España. Más bien la gente creía que no había, pero había. Y en el momento en el que hay una situación favorable para ellos, se han reproducido estos mensajes de miedo. Algunos se lo creen a pies juntillas, y otros se quedan con la duda, la incertidumbre; que eso es, tal vez, peor que el negacionismo absoluto.
Tu libro, Del mito al laboratorio, trata como muchos mitos han influido en el trabajo científico. ¿Cuándo desaparece lo que podríamos considerar mito o conocimiento popular y aparecen las pseudociencias?
La pseudociencia no tiene nada que ver con la mitología. La pseudociencia es una asociación de ideas que contravienen el conocimiento científico de forma prácticamente consciente. Los mitos, a nivel histórico, eran historias que nos contábamos los humanos en la antigüedad cuando llegábamos del trabajo o de las batallas, y que explicaban lo que no podíamos explicar con la razón a través de la imaginación. Había un fenómeno meteorológico como podía ser un rayo y ellos, en esas historias, decían: pues habrá alguien que lo tira. Puede ser Zeus en la mitología griega o Thor en la nórdica. La mitología que, en su momento, también era una religión, pero conforme fue avanzando la ciencia, se ha quedado como lo que es: historias preciosas que no hay que comparar con la pseudociencia.
Cuando intentas convencer a una persona que está muy metida en las pseudociencias, ¿qué debemos tener en cuenta para convencerla?
Esto es muy importante. No sé si yo tengo la solución, pero lo que se ha visto que no funciona es ridiculizar. Lo mejor es darle a la persona pistas para que ella, por sí sola, vaya descubriendo y juzgando, y pueda cambiar de opinión. Ser muy tajante o reírse de alguien… Estamos hablando, por supuesto, de personas que no tienen mala intención; porque luego hay gente que intencionadamente utiliza esto como un negocio para aprovecharse de la gente que sufre, lo cual me parece detestable. Cosas que sabemos que no tienen evidencia. A las personas que no tienen mala intención, lo mejor es ponerles poco a poco las herramientas en sus manos para que vea, que, quizá, puedan estar equivocadas. Que la evidencia no apunta por ahí. Es difícil hacer cambiar a una persona, pero se puede conseguir.
¿Qué cambiarías en la comunicación científica profesional de, por ejemplo, los periodistas?
Yo quitaría la equidistancia. Esto que se hace muchas veces de que alguien dice una cosa y otra persona la contraria, y los junto en un debate. Por ejemplo, el cambio climático: traigo a una persona que crea en el cambio climático y a otra que no. Es que eso no es así. Es que, si fuésemos realmente honestos, habría que traer a 1000 personas que digan que hay un cambio climático antropogénico y a una o dos que no, si hablamos de científicos. Y también el periodista tiene que hacer el trabajo de verificar: si una persona dice que está lloviendo y otra que no, el periodista debe mirar por la ventana, y no darle voz a gente que dice barbaridades como hemos visto con la pandemia. Se puede hablar de matices, pero no darle minutos en prime time a alguien que dice locuras. Porque hay quien puede simpatizar por cualquier razón y caer en una situación peligrosa para su salud. ¿Por qué arriesgarse?
Pero ¿tú eres optimista respecto a la labor que está haciendo la divulgación? ¿Crees que se está consiguiendo un cambio real en la sociedad?
Sí, sí. Y el periodismo también. De verdad que, para mí, el periodismo mal hecho es anecdótico. Aunque sean casos muy conocidos. La gran mayoría de periodismo que se hace, también con el tratamiento de la salud, es bueno. Lo que pasa es que se me encienden las alarmas con lo malo. Normalmente se sigue un buen código ético. Ahora bien, siempre digo que los que mejoran realmente la sociedad son los docentes. Sobre todo de primaria y secundaria. Ellos son los verdaderos artesanos de crear ciudadanos libres y con más conocimiento y herramientas. La divulgación también ayuda, aunque sea espectáculo.
¿Qué es lo que quieres conseguir con tu trabajo como divulgador?
Como en mi caso es una afición, no tengo un objetivo claro. En todo caso, la satisfacción personal de hacer algo por la sociedad. Y que me lo paso muy bien. Y que me gusta que la gente me diga: “oye, me he aficionado a la química por artículos tuyos”; o “me he comprado este libro gracias a ti”. Eso nos gusta a todos.
Aunque sea una afición, la realidad es que tu libro Del mito al laboratorio va por la quinta edición y ha llegado a gente tan influyente como Juan Gómez-Jurado. ¿Planeas más proyectos en esta línea?
La verdad es que ha funcionado muy bien, yo estoy muy contento. Planeo hacer más proyectos, pero no en la línea de este libro en concreto: la unión esta de mitología y ciencia ya no tiene mucho más recorrido. Me costó ocho años hacer ese libro, y lo he ido ampliando. Ahora bien, unir las humanidades con la ciencia, por supuesto. Eso es un reto personal mío. Porque no creo que haya dos culturas separadas, sino que todo forma parte de una misma cultura. En eso sí quiero seguir. Y hacemos muchas cosas relacionadas con la divulgación en la Biblioteca Regional y en la universidad, más de las que la gente se piensa. No deberíais perdernos de vista.









