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ENTRE TÚ Y YO

Pasa la vida

Esther Egea Miércoles, 12 de Mayo de 2021 Tiempo de lectura:

 

La pandemia ha incrementado la obsesión por enfermar y morir. En consulta acuden niños y adultos estresados por el futuro y con una alerta disparada hacia síntomas físicos. Me pone muy triste ver a niños preocupados por sensaciones corporales, ya sean bultos en el cuello, mareos o dolores de cabeza. Está claro que sus preocupaciones no son por ver dichas somatizaciones como algo pasajero o neutro sino como señal de una enfermedad letal. No pueden dormir, les cuesta concentrarse y no quieren ir al parque por si les ocurre algo.

 

Es una paradoja vivir preocupados por morir en lugar de vivir y ocuparnos de ser felices. La muerte es un temor universal, miedo a no saber ni cuándo, ni cómo ni dónde sucederá el final de nuestra existencia; sin embargo la forma de vivirlo cada uno es particular.

 

Como dice un proverbio chino” el que teme sufrir ya sufre de temor” y esto le pasa al que vive preocupado por si enferma de manera grave o al que vive con miedo a padecer una enfermedad; ambas preocupaciones nos alejan de lo que realmente estamos viviendo, el presente.

 

No tener el control de la vida nos puede preocupar pero se pierde más el control cuando se sufre pensando en la muerte en lugar de pensar en vivir. Porque vivir centrados en no morir es el miedo a la vida, a no ser capaces de hacer frente al día a día. Si mi vida gira en torno a síntomas y a visitas al médico que sólo consiguen calmarme temporalmente por mi convicción de que me pasa algo, está claro que pasa algo. ¡PASA LA VIDA!

 

Y hay que tomarse la salud en serio y autocuidarse pero no hay que permitirle a la mente y al cuerpo, en su profunda conexión, boicotearnos para vivir. Las enfermedades psicosomáticas son sensaciones provocadas por la mente que atrapan en el cuerpo los temas no resueltos y te obsesionan por reforzamiento negativo.

 

La trampa del reforzamiento negativo consiste en ceder a las preocupaciones visitando constantemente al médico en lo que se conoce como “doctor shopping”; en un peregrinaje por los centros de salud y hospitales para tranquilizar a la bestia que domina nuestro cuerpo.

 

Para entender cómo funciona esta trampa imaginemos al niño que pide golosinas y no se las quieres dar, pero para que se calle, cedes, y terminas comprándoselas. ¡Las has liado! has caído en la trampa del cazador. El niño se calmará momentáneamente pero volverá a utilizar la rabieta para conseguir de nuevo las chuches. Así pasa con el miedo a enfermar. Te pide que estés atento, que le atiendes, que mires por internet síntomas para encontrar en la cibercondría el diagnóstico de tus sensaciones. Te obliga a ir al médico, te hacen pruebas, buscas segunda opinión porque dudas del título de ese médico que no te ha visto nada, pero sigues sin tener nada. Entonces te calmas momentáneamente, pero al poco tiempo inicias el mismo viaje, como el cazador que busca a su presa, la enfermedad. Lo que no sabes todavía es que la enfermedad real no es la que te imaginas o sientes sino la que tienes en esa búsqueda incesante por no morir, la hipocondría. Así se llama a ese exceso de visitas médicas, pero también existe en el extremo de ese contínuum la nosofobia, que es la evitación a ir al médico por si te detectan algo.  

 

Este bucle incesante no te relaja y la trampa hace que sigas regando a la tomatera. Los hipocondriacos, se convierten en regaderos somáticos por la inseguridad que les genera vivir. Esa es la verdadera enfermedad, la real, un trastorno de ansiedad aprendido por aprendizaje social, imitando conductas familiares o por la exposición a enfermedades tempranas.

 

Los hipocondriacos sienten los síntomas, no se los inventan, pero su hipervigilancia a padecer algo les lleva a tener que compulsar su obsesión con visitas interminables, que lejos de confirmar el diagnóstico que temen, riegan su problema real.

 

Detrás de este miedo a morir está la creencia implícita de que no voy a ser capaz de hacer frente a la vida; con mensajes aprendidos de catastrofismo, pesimismo y de ver el mundo como un lugar peligroso. Del mismo modo que las enfermedades físicas influyen en nuestro estado de ánimo y provocan temor o preocupación, muchos problemas psicológicos provocan síntomas físicos. Por tanto, angustiarnos por los síntomas genera una ansiedad que potencia en sí misma el síntoma y el dolor.

 

Recuerda que la ansiedad por la enfermedad actúa como una planta tomatera que crece si las riegas hablando de ella. Para terminar con este sufrimiento se recomienda tratar las molestias como algo pasajero, aceptando que no toda sensación deriva en algo fatal; haciendo prevención de respuesta no acudiendo al médico a la mínima sensación; reconociendo en nuestro cuerpo otras sensaciones placenteras o neutras y, sobre todo, ocupándote del presente que es lo que te toca vivir. Un abrazo. Esther.

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