
Después de una mañana trabajando en el huerto, en la mesa bajo el toldo, unos cuantos vecinos se plantean el futuro. En primer lugar está Antonio Abellán, arquitecto y profesor, la persona que me dio su contacto. A su lado se encuentra Antonia, la venerable que se ha hecho conocer por todos allí. Enfrente está Javi, de unos 25 años, junto a Irene. Una pequeña comitiva, pero desde luego representativa de la demografía que todos estos años ha compartido el espacio: jóvenes, profesores, trabajadores de a pie, jubilados. Gente que de otra forma habría ignorado la existencia del otro, como suele pasar en las colmenas de las ciudades, en las que cada uno se va a su panal.
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El Huerto Urbano de Santa Eulalia rompía con esto, o al menos era ese parte de su cometido. Un espacio autogestionado por los vecinos, donde la participación ciudadana es clave para mantenerlo.
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“Da gusto poder ir todos los días después de trabajar, no estar encerrado todo el día tras la barra”, explica Juan, dueño de la tasca Beer Shooter en la acera opuesta. Fue uno de los primeros que se encontraron un candado Niza bloqueando la puerta. Aquello que ha impedido que los vecinos del barrio puedan entrar como siempre han hecho.
Esta decisión del por aquel entonces concejal José Guillén, tan inexplicable como inesperada para los vecinos y asociaciones que han hecho eventos todos estos años en el Huerto de Santa Eulalia, es la que ha causado tantos problemas para las personas implicadas en el trozo verde del barrio.
Los inicios
El germen del Huerto Urbano de Santa Eulalia comenzó con un solar con ruinas debajo, como suele pasar en Murcia. La pesadilla de las constructoras, dado que la normativa vigente obliga a musealizar de alguna manera todo patrimonio histórico. Un sobrecoste que no salía rentable.
Lo que suponía un lastre para la propietaria, se convirtió en una oportunidad para el Proyecto ADN Urbano. Esta iniciativa, creada en 2017 por el Ayuntamiento de Murcia, tenía el objetivo de revitalizar el tejido de varios barrios, entre los que se encontraba Santa Eulalia. El solar inmediatamente llamó la atención del equipo que allí trabajaba.
“Ese sitio en concreto vimos que tenía potencial como un pulmón para el barrio”, explica Dictinio, uno de los arquitectos que llevaron a cabo el proyecto. No se equivocaba. En su informe, el 98% de las calles del barrio de Santa Eulalia/San Juan carecían de arbolado. Las plazas no eran mucho mejores (un 80%). Un pulmón no solamente en cuanto a respiración. El espacio abierto es lo único que permite que no ahoguen las calles estrechas del barrio.
Elegido el sitio, se pusieron manos a la obra. “Todo el material es reciclado, desde los containers hasta los bancos”. Incluso las letras gigantes de hierro con hiedra, que originalmente las encargó el Ayuntamiento para otro evento: “Cuando las encontramos estaban cogiendo óxido en un almacén. Les echamos un vistazo para comprobar que encajaba la medida, y en cuanto vimos que sí se las pedimos”
Todo lo demás es historia. En estos cuatro años el huerto ha contado con los comercios del barrio y asociaciones, con un escenario para conciertos y ponencias. Todo esto organizado por la misma gente que riega las plantas del huerto: “la autogestión es lo que define este proyecto”.
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Candado Niza 30mm
Los problemas llegaron un día de finales de octubre de 2020, cuando los vecinos se encontraron, sin previo aviso, con un candado Niza bloqueando la entrada. Como no podía ser de otra manera, esto supuso el fin de los eventos, de la agenda y de las asociaciones, si bien estos ya se pararon un poco debido a la pandemia.
“Traicionados, manipulados y humillados nos quedamos los vecinos de Huertolab Santa Eulalia”, así dice la publicación de la página de Facebook del huerto, “¿qué ha pasado para después de 3 años y sin ningún aviso ni argumento se nos eche de ese espacio y se nos prive de su regencia a los vecinos?”.
Aún más escandaloso para ellos fue encontrar una noticia en la Verdad titulada Los vecinos toman las riendas del huerto. En ella, narraba la situación como si los vecinos fueron quienes le pidieron al Ayuntamiento que de ahora en adelante tomara la gestión del terreno. Una noticia seguramente redactada siguiendo lo que decía la nota de prensa mandada por el concejal José Guillén.
Bien es cierto que después la Verdad hizo eco del comunicado que hicieron los vecinos, además de convertirse en altavoz de voces indignadas como la de José Daniel Espejo, como deja constancia su artículo La cultura del candado.
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De la autogestión a la mala gestión burocrática. Ese fue el comienzo de la lucha de los vecinos para evitar el estado de abandono. Tenían que esperar todos los días a unos guardias para abrir la puerta. Podían venir a las 10, otras veces llegaban a las 12. A veces ni siquiera acudían. Lo peor han sido todos los días que no cerraron por la noche.
La consecuencia: botellas amontonadas en el suelo. Orina en las esquinas y en la cocina móvil. Muchos de quienes siempre acudían, entre ellos ancianos, tenían miedo de bajar. “Antes los vecinos teníamos nuestra llave, lo que pasaba allí era responsabilidad del último que abría y cerraba”, explica uno mientras riega, “ahora eso no es posible”.
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Y es que son muchas las personas que se han habituado a usar el sitio para botellones y no recoger después, por no hablar de los gritos a altas horas de la noche (algo que se ha agravado aún más ahora que no hay toque de queda).
En febrero llegó un acta que o bien esclareció o sembró más dudas. La propietaria deseaba construir allí, y tenía cobertura legal para hacerlo, pues seguía poseyendo el terreno. Ella solamente había accedido a cederlo durante el plazo de unos años, entre los cuales había una fecha límite en mayo de este año para reclamar de nuevo el terreno.
Algunos, como Clara Martínez Baeza, concejala de Podemos, ven clara la decisión de poner un candado como algo meditado de la Junta de Gobierno, sabiendo con antelación que el sitio iba a ser desalojado: “es un poco deducción, ¿no?”.
Antonio Abellán, en cambio, lo plantea como un suceso separado, una “iniciativa muy torpe por parte del Ayuntamiento, que pretendió tomar la gestión sin avisar, cuando realmente no hacía falta”.
Sea como sea, la transparencia en las decisiones detrás de lo que se iba a hacer en el solar brilla por su ausencia. Ante la petición de MurciaEconomía de esclarecer el asunto, la Junta Municipal del PP no dio más que largas. La empresa propietaria, Projesam 2000 S.L, con quien los vecinos deseaban acudir para negociar algún tipo de compensación con tal de ceder el solar, tampoco está disponible en su teléfono de contacto.
Si la propietaria desea construir allí, estaría en todo su derecho dado que estaba dentro del plazo establecido para reclamarlo. Ante esto, una de las opciones que se había barajado era trasladar el huerto, ya que todos sus elementos son móviles. Pero ahí todo el mundo está de acuerdo en que no sería lo mismo, y traicionaría el propósito de crear un espacio común autogestionado en Santa Eulalia: “todos los solares que tenemos como alternativa pillan lejos del barrio. Antonia no podría bajar todos los días, desde luego no sería lo mismo, este emplazamiento es óptimo”.
A esto, Antonio hace hincapié en la importancia del huerto no solo para quienes lo mantienen, sino para toda Santa Eulalia: “no hay que saber mucho para entender lo importante para el tejido económico de un barrio que haya un sitio como este. Solo con que haya mercadillos y eventos todos los fines de semana ayuda a dar vida”.
¿Desenlace?
Los vecinos vieron un atisbo de esperanza con el cambio de gobierno en el Ayuntamiento. En una reunión en la que fueron convocados, el recientemente nombrado alcalde, el socialista José Antonio Serrano Martínez, mostró su compromiso con salvaguardar el huerto y de negociar con la constructora.
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Mientras tanto, se intenta revitalizar el ciclo de eventos que solían tener lugar, una forma de ir ganando carrerilla y visibilidad. Sin ir más lejos, el corresponsal de El Mundo Carlos Fresneda presentó el viernes su libro 100 voces por la salud del planeta, en colaboración con Manolo Vílchez. Al día siguiente se pusieron con la cocina solar que les habían regalado hace dos años. Un retorno a lo que solía ser el sosiego del huerto, antes del candado y las reuniones con el Ayuntamiento.
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Además, han podido tener audiencia para exigir un horario fijo para la apertura y cierre del huerto, lo que supondría el fin de los botellones nocturnos. Si bien aún no ha desaparecido el candado, es un avance importante.
Ahora depende de cómo fluya la negociación. El resultado puede suponer el fin o el porvenir de 4 años. Pero hay motivos para ser optimista.


