
En Murcia somos la leche. No sólo a las personas nos endosan apodos, también a calles y plazas. No se trata de una costumbre exclusiva de los pueblos, sino, incluso, de la capital. ¿Quién no ha paseado por el Tontódromo o quedado con una amiga en la Redonda?
En Molina de Segura, la ciudad donde nací y habito, es muy habitual nombrar a una familia por su mote en vez de por su apellido. Los Cipotes, los Reginos, los Esquilaores…; así, hasta más de quinientos apodos fueron recogidos hace unas décadas en un listín anónimo que circuló con mucho éxito de mano en mano. Pero esta práctica del sobrenombre no sólo se reduce a las personas, sino también a las calles del casco antiguo. Nadie las nombramos por el rótulo que aparece en la placa, sino por su nombre popular. Da igual que conmemoren victoriosas batallas como la librada en Bailen, que recuerden a brillantes filólogos como Menéndez Pelayo o a milagrosos santos como San Antonio, porque para nosotros son calle Maximino, del Botellero o Callejón de las Calaveras.
Tampoco Viriato, aquel héroe lusitano que puso en jaque a la mismísima Roma, ha tenido suerte con su calle. De hecho, de todo el callejero molinense, este antiguo guerrero ha sido quien ha salido peor parado, ya que su calle es conocida por todos como la “de las mierdas”; con perdón. Una callejuela céntrica, aunque poco transitada, estrecha y en pronunciada cuesta, que, en tiempos remotos, era utilizada por los vecinos para verter sus aguas menores o aliviarse cuando sufrían un inesperado apretón. Para combatir esta práctica ciudadana y disuadir a los usuarios de este espontáneo excusado, la de Viriato fue una de las primeras en las que se instaló el alumbrado público.
Pero, aunque resulte extraño, los vecinos de esta calle alardeaban con orgullo el escatológico sobrenombre con el que era distinguida. Un conocido y exitoso empresario de los 70 y 80, Joaquín Sánchez-Rex, que vivía en ella, llegó a lucir en sus tarjetas de presentación, como residencia, calle Las Mierdas, 3. Cuentan que hasta intentó, sin lograrlo, que se lo aceptaran como domicilio en su documento de nacional de identidad.
A principios de los años setenta, un emigrante que marchó a trabajar a una fábrica de Düsseldorf, en Alemania, envió una carta a su familia molinense. Como dirección de entrega escribió “calle de las Mierdas”, Molina de Segura -Murcia-. La postal, tras recorrer media Europa y cruzar España de cabo a rabo, fue entregada con éxito a sus destinatarios.
Unos años después, con la llegada de la democracia y la retirada de placas en calles que lucían los nombres de supuestos próceres de la patria, no fue difícil encontrar nuevos distintivos para sustituirlas, ya que se le colocaron los nombres populares con las que eran conocidas por todos. Las de Sanjurjo, Zabalburu o Calvo Sotelo fueron rebautizadas por Garrucha, Nueva o Ancha. No sería ningún disparate que, al igual que en la Comunidades donde cohabitan dos lenguas oficiales y los pueblos muestran en la entrada su nombre en dos idiomas, las calles de mi pueblo fueran subtituladas con el apodo, para aclaración al visitante.
En fin, tiempos ya pasados. Ahora, a nadie se le endosan apodos y las asépticas calles de los barrios nuevos son nombradas por el rótulo que lucen en sus placas, nombres que huelen a flores o al aire limpio de sierras cercanas.
Estoy seguro que, de existir un Museo de la Ciudad en Molina, la tarjeta de Sánchez-Rex y el sobre de la carta del emigrante ocuparían una de las vitrinas más visitadas.

