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Opinión |
Viernes, 27 de Julio de 2012

El zafarrancho aquel del rescate innominado

Como si viviéramos de silencios y de ensueños, dejamos transcurrir la vida plácidamente
-es un decir- en medio de la tormenta que no acaba de pasar. Y de improviso, de vez en vez, nos despertamos sobresaltados por las quisicosas de nuestros mandatarios, que dejan que traduzcan otros lo que ellos quisieron decir y no dijeron; o dijeron pero no quisieron; o quisieron pero no era su intención; o si era su intención, nunca lo sabremos. Ellos, nuestros faros en la oscuridad, buscan e incluso encuentran reputados intérpretes que limpian, abrillantan y dan esplendor a sus palabras. Y, al explicitar sus augurios, elaboran de la nada teoréticas ideas para rotos y descosidos, u otros usos.  

“Las inopinadas catástrofes no son nunca consecuencia de un motivo solo, de una causa singular, antes son como un vórtice, un punto de presión ciclónica en la conciencia del mundo y hacia la cual han conspirado una porción de causales convergentes”. Expresadas de tan lúcida manera, las oscuras causas del rescate autonómico no tendrían ningún secreto. No, no era uno de nuestros amados próceres quien sostenía tan sideral aseveración, sino un mágico y desbordante escritor italiano que respondía al sonoro nombre de Carlo Emilio Gadda. Pero, no me negarán que muchas de las figuras de nuestra entrañable política parecen herederas del irrefrenable verbo de Gadda; ellos se mueven como pez en el agua entre “los volentes y los nolentes, entre los desdinerados y los dinerosos, los migrañosos y los mingentes con gloria y leticia”; y, además, atribuyen un alma caprichosa al sistema de fuerzas y de probabilidades que circunda a toda humana creación, que algunos crédulos denominan destino, y otros fatalidad.

Así ha ocurrido con el origen del innominado rescate de nuestras comunidades: el bienquisto Fondo de Liquidez Autonómico, que -tal y como ha sido recibido por unos y por otros-, liquida lo que de racional nos queda. Aunque en rechazar la viperina palabra 'rescate' coinciden todos: valencianos, murcianos, catalanes... Resulta aleccionador; esta unanimidad demuestra que también puede existir un criterio común entre tan diversas y contrapuestas ópticas. O, como diría Gadda, nuestros comuneros se unen entusiásticamente en un “orgasmo cinobalánico de un anticipado juicio”. Y, por tanto, no pueden sino insistir, persistir y exclamar extasiados que no... que no se trata de un rescate. ¿En qué estarían ustedes pensando? Ni tampoco tienen claro si lo piden o lo dejan de pedir; o si solicitan ayuda, auxilio o beneficencia...

En cualquier caso, el fondo de rescate existe, aunque se le bautice de las más variopintas formas. Y sus 18.000 millones de euros, que exclusivamente se deben emplear en hacer frente a los vencimientos de deuda emitida y préstamos, resultan imprescindibles. Para que se hagan una idea de la magnitud del problema, les recuerdo que, en su conjunto, las comunidades necesitan este año más de 26.000 millones de euros; y nuestra Región, unos 300 millones, sólo para poder devolver la deuda que vence en 2012. Una vez más, nos queda el estólido consuelo de comprobar que nuestras necesidades, comparadas con las de nuestros vecinos valencianos y catalanes, se ven más pequeñas de lo que son.

De entre los irresistibles encantos del fondo, destaca sobremanera su pasmosa realidad virtual; es decir, se puede admitir y negar al mismo tiempo la bondad de su ser. De esta guisa, en extrañas y paradójicas horas, el PP de la Región de Murcia llegaría a asegurar que era "absolutamente falso" que el Gobierno Regional tuviera la intención de adherirse "en breve plazo" a este líquido fondo. Entre otras voces, la del vicesecretario general de Comunicación y Formación de los populares, Francisco Bernabé, intentaba matizar las declaraciones de Ramón Luis Valcárcel a La Opinión, en las que se podía leer que estaba "deseando" pedir "200 o 300 millones de euros". Y luego, sin solución de continuidad, se sucedieron los desmentidos, las aclaraciones, más idas y venidas... para acabar en el mismo punto.

Finalmente, Valcárcel anunciaba en Bruselas, el lunes 23 de julio, fecha que recordaremos largo tiempo, que la Región se acogería a esta ayuda en septiembre para recibir, en efecto, entre 200 y 300 millones. Pero, descartaba de manera tajante el término 'rescate', el nuevo tabú de moda, que se suma a otros tan célebres como el del copago de nuestros pecados. Murcia seguía de este modo los pasos de la Comunidad Valenciana, que fue la primera en subirse al poliédrico carrusel del fondo de liquidez. Y este carrusel no ha hecho sino comenzar a girar... Y no se sabe bien cuándo se detendrá, ni a cuántas comunidades rescatará. (Perdón, resarcirá).  

Poco después del anuncio de Valcárcel, Cataluña mostraba su interés por este maná financiero. Y no encontró el consejero de Economía, Andreu Mas-Colell, mejor foro que el de la BBC inglesa para elevar al cielo su petición de 'rescate', o como se llame. Mas-Colell afirmaba con contundencia que Cataluña no disponía de otro banco. “Así es la vida, todo el mundo conoce la situación de los mercados, somos contribuyentes en España y es normal que recurramos a los servicios bancarios del Tesoro español". Sin embargo, como suele suceder en estos casos, no tardaría mucho el portavoz del Govern, Francesc Homs, en desmentirle; según don Francisco, el Ejecutivo catalán aún seguía "sopesando" si reclamar esta ayuda o no. Y, para no ser menos, también rechazaba furibundamente la denostada palabra..., que no me atreveré a repetir.

Llámenlo como gusten; pero las comunidades que usen este instrumento de financiación extraordinario deberán someterse a una supervisión mucho más férrea por parte del ministerio de Hacienda, que podrá mandar a emisarios -no se sabe si vestidos de negro o de gris- para que las controlen in situ y les reclamen cuanta información precisen. Además, el Ministerio probablemente exigirá otros ajustes, aun más severos, para garantizar la devolución de los préstamos. Entre estas condiciones, figurará la eliminación de entes, sociedades y organismos, que siguen lastrando la viabilidad de las autonomías.

Mas, a los nuestros, lo que de verdad les preocupa es el nombre..., la cuestión nominalista se convierte así en crucial. Y ése es el terreno abonado para los portavoces, que saben sacar provecho de los eventos consuetudinarios con vistas a “magnificar determinada actividad pseudoética in facto protuberantemente escénica”. E incluso son capaces de asignar a la palabra misma dimensiones y peso de actividad moral. La psiquis del orador se aferra entonces al problema ajeno, real o supuesto, y aprovecha que el Pisuerga todavía pasa... ¿por dónde pasa? Y los nombres se sacrifican sin miramientos en el altar mediático de los eufemismos, para aplacar a la insaciable Mégera anguicrinita. Al pan, pan; y al vino, vino. Ay, Carlo Emilio, cuántos discípulos honran tu memoria sin saberlo.

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