
Me llamo Alma y hasta hace dos días
formaba parte de los humanos vivos, pero
eso ha cambiado…Ahora lo veo todo
desde otra dimensión.
Un sabio no lo sabe todo, pero tiene un conocimiento amplio que sabe transmitir con prudencia, humildad y de manera juiciosa.
Allí estaba él, con tanta paz, tanta sabiduría, tanta modestia.
- Maestro, me gustaría aprender de ti. Saber distinguir lo bueno de lo malo, lo importante de lo frívolo, lo pesado de lo liviano... a veces parece que está claro, pero otras veces se confunde en nuestra mente y no somos capaces de distinguirlo - expuso de manera transparente la única chica que rompió el silencio.
Me encontraba cerca de aquella charla que me hizo parar mi paseo vespertino y darme la vuelta para quedarme allí un rato.
Cuando estás entre dos mundos, uno tan trivial y el otro tan clarificador como este en el que me encuentro, ya no surgen tantas preguntas, ya solo recibes respuestas; no juzgas, no exiges, no esperas. Solo observas y obtienes respuestas a tantas preguntas que se quedaron sin contestar.
- Querida Elisabet, efectivamente no es tan sencillo discernir entre un concepto y su opuesto. Debes centrar tus pensamientos en dos aspectos fundamentales: la intención con la que se desencadena cualquier hecho y las consecuencias que se derivan de ello - contestó el maestro. Y continuó diciendo a las personas que le escuchaban atentamente: - respira hondo para ver con claridad. Deja libre tu mente y piensa qué es lo que frena tu camino, qué es lo que no te permite avanzar.
Otro chico que se encontraba entre los asistentes, comenzó a exponer lo que sentía:
- Maestro, a mí lo que me pasa es que me gustaría ser útil. Creo que en ello está la clave y que es más sabio el que sirve a los demás y sabe despojarse de esa necesidad tan frecuente del “yoismo”, del ego por encima de cualquier otra cosa, del narcisismo “per se”.
- Estas reflexiones tan profundas confirman que estáis en el camino. El paso breve y fugaz que marca nuestra existencia en este mundo, debe dejar huellas que reflejen que hemos vivido intensamente y que hemos contribuido a que la vida de los que nos rodean haya sido plácida – comentó el maestro.
Realmente no hay más, pensé. Ahora que estoy muerta y ya no puedo hacer otra cosa que no sea pensar (puesto que mi cuerpo pasó a mejor vida) tengo cada día más claro, que si uno consigue entender que la vida es el mayor regalo que puede obtener y que desde la elección puede dejar huellas o cicatrices, lo más sensato y sabio es abrazar al destino que a cada uno nos toca vivir y no sucumbir nunca a caramelos envenenados.
Una lección más para mí de vida y sobre todo de muerte, que representa el final de todos nosotros y el comienzo de la sabiduría inequívoca de lo superior y lo inevitable. El comienzo y el fin, el origen y el desenlace, la vida y la muerte.
Os deseo lo mejor mis lectores.
¡Un fuerte abrazo! Mariate.

