
Racho
Hola me llamo Racho, o bueno así me llaman ahora. Tengo 11 años.
Cuando era pequeño, mi dueño me llamaba Roy, él se llamaba Manuel y todos los fines de semana me llevaba con él y con mis hermanos al bosque y nos pasábamos todo el día jugando al “pilla pilla” con otros animales, creo que sin duda fue la etapa más feliz de mi vida.
Ni siquiera viajar horas hacinados en el remolque conseguía borrar mi sonrisa, nada se podía comparar con lo que sentía cada vez que Manuel me daba mi premio por ser el mejor olfateador. Cada fin de semana lo ganaba sin discusión.
Manuel era muy feliz porque gracias a mi olfato, los otros animalitos siempre perdían y el perdedor se venía dormido con nosotros para casa. Una vez en casa, debía dejarlos escapar otra vez, porque yo nunca los volvía a ver.
Manuel tenía dos hijos, Marcos y Juan, los dos eran muy traviesos y siempre estaban tramando algo. Muchas veces jugaban con nosotros y era muy divertido, pero no siempre me gustaba lo que hacían, sobre todo cuando le tiraban piedras a los pájaros que vivían en la palmera. Los asustaban y eso no estaba bien. Cuando hacían cosas así yo les ladraba como síntoma de desaprobación y en ocasiones también me tiraban piedras a mi…nunca lo entenderé.
Pero un día todo cambió.
Rebe
Hola me llamo Rebe y soy de Barcelona, siempre quise ser veterinaria pero mi poca habilidad con los números, la física o la química me “obligaron” a coger letras puras en el instituto y alejarme de esas opciones que te orientaban a carreras como la de veterinaria. Latín y Griego se convirtieron en compañeros esos últimos años de instituto y la rama de humanidades en mi aliada.
No creo en las casualidades y ahora sé que esa rama me tiene hoy trabajando en la que es mi pasión, la maestría, dedicada en cuerpo y alma a niños especiales.
Pero aquella obsesión con ser veterinaria no era más que la necesidad de estar en contacto continuo con los animales y de eso me encargué desde siempre.
De pequeñita tenía que pararme con todos los perros que me encontraba en la calle y cuando digo todos, es todos. Disfrutaba de saber sus nombres, de acariciarlos y siempre me imaginaba que era su dueña. Pero lo cierto es que ninguno era mío y volvía para casa siempre con las ganas de que algún día yo tendría uno para mí.
Tuve perro, claro que lo tuve, con 11 años mi familia me compró uno y desde aquel día todo cambió, mi vida se orientaba al cuidado y disfrute de esa pequeña criatura.
Pablo
Hola me llamo Pablo, soy de un lugar llamado Seixiños y escucho historias de amor. Os voy a hablar de mi relación con los animales.
Cuando yo era pequeño tenía un hermano de otra raza, se llamaba Trosky y me cuidaba y acompañaba cada día a donde yo quisiese ir, venía conmigo al colegio, a los entrenamientos, a jugar a casa de mis amigos… era todo lo que un niño puede desear. Trosky era un perrito negro, a los que nosotros denominábamos de forma equivocada “palleiro” pero en realidad era un cruce entre dos razas que desconocíamos.
Era de hocico recortado como las escopetas de las películas, siempre lo decía así. Tenía un pelo muy brillante y pese a ser pequeño, tenía las patas largas. Sin duda era muy curioso. Pero lo que hacía único a Trosky era que me quería sin ninguna condición y yo lo quería a él.
Este hecho debía molestar a mi vecino que no tuvo ningún reparo en abrasar al perro más dócil que pisó la faz de la tierra, con agua hirviendo.
Después de caerle todo el pelo por donde le había caído agua, las heridas se infectaron y no pudo soportarlo. Murió dejando el vacío más desolador que había conocido hasta el momento.
Después de Trosky no hubo nunca otro animal en mi vida.
Racho
Era esta época del año en la que nada es lo que parece, sobre todo los niños. Se visten diferente y en ocasiones dan miedo y en otras hacen gracia, incluso a veces se parecen a otros animalitos.
Ya habíamos acabado de comer y todos mis hermanos dormían, cuando escuché un ruido en el cobertizo, eran como carcajadas contenidas, pero no sabía de dónde venían.
De repente algo cae a mi lado, parecía una de esas galletas que solía darme Manuel de premio, pero la forma no era igual y tenía una colita que destellaba y le salía humo. Me acerqué un poco más, ya que no conocía ese olor y eso me intrigaba.
¡¡¡¡¡¡BUUUUMMMM!!!!!
Aquel pequeño premio me explotó a muy poca distancia de la cara. Perdí la visión y el oído momentáneamente, me asusté tanto que tardé un buen rato en dejar de temblar.
Algo no iba bien, algo se había ido para no volver jamás.
Perdí por completo el olfato. Con el tiempo descubrí que lo que yo pensaba que era un regalo, era un petardo y que Marcos y Juan solían jugar con ellos, no sé por qué decidieron jugar conmigo, tal vez no les gustase que ladrase cuando se portaban mal…
Era una pesadilla, pensaba que volvería a oler con normalidad, pero nunca lo hice.
Por más que lo intentaba, no conseguía captar nada y tampoco saborear, pero lo peor aún estaba por llegar. Yo lo mantenía en secreto, pero mis hermanos me notaban raro.
Se daban cuenta antes que yo de que nos iban a dar de comer y eso nunca ocurría.
Los fines de semana seguíamos acudiendo al bosque con Manuel, pero ya no recibía ningún premio. Al principio Manuel, no le dio ninguna importancia, pero después de ver que varios fines de semana yo no era capaz de encontrar a ningún animalito, empezó a preocuparse. Un día mientras estábamos en la finca de la casa, me llamó y me dijo:
- Roy, vamos a jugar un poco.
Yo, ya sabía de qué juego se trataba, me encantaba, me daba a oler un palo y me lo lanzaba lejos, a una zona de hierba alta, en la que el palo se perdía, y yo tenía que encontrarlo y traerlo de vuelta.
El problema es que ese día al dármelo para que lo oliese, yo no fui capaz de identificar ningún olor y al lanzarlo no sabía si lo encontraría. Se dispuso a lanzarlo y gritó:
- Corre Roy, tráeme el palo.
Yo corrí desesperadamente para traerle su palo, pero algo en mí me decía que aquello no era un juego.
Lo busqué, pero no lograba encontrarlo, empezó a hacerse de noche y el palo seguía sin aparecer.
- ¡Roy, vuelve!
Los gritos de Manuel me decían que “el juego” se había acabado.
Cuando llegué a su lado, noté una mirada de pena en su rostro que nunca antes había visto.
Me abrió el maletero de su coche y me metió en él. Entonces sentí un miedo aterrador, no había nadie más. Se encendió el motor del coche y se puso en marcha, haciendo que perdiese el equilibrio.
Pasó mucho tiempo hasta que el coche se detuvo. Escuché como se abría una puerta y unos pasos se acercaban; se abrió la puerta del maletero y pude identificar a Manuel en la oscuridad.
- Sal Roy, vamos a dar un paseo.
Empezamos a caminar y noté como la textura del suelo cambiaba. Se trataba de arena, estábamos en la playa. Manuel llevaba un trozo de una rama en la mano. Cuando nuestro paseo nos hizo llegar a la orilla, Manuel me acercó la rama al hocico y me dijo:
- No vuelvas sin él, Roy.
Y lo lanzó al agua. Corrí hasta meterme en el agua y nadé mar adentro todo lo rápido que pude para llegar al palo, pero me costaba, no veía nada y el agua estaba congelada.
De repente escuché un ruido y al buscar su origen, me encontré con que Manuel había encendido el coche y se estaba marchando. Nadé con todas mis fuerzas para llegar a la orilla, pero Manuel se había ido y no regresaría nunca.
Caminé por las carreteras intentando encontrar algo que me resultase familiar, pero nada lo era.
Rebe
Fui creciendo y mi sensibilidad hacia los animales también. Mis primeros perros en casa fueron comprados, aún no estábamos familiarizados con todo el mundo que rodea a la compraventa de animales, ni habíamos vivido la realidad de las perreras y las protectoras.
Eso pronto cambió.
Enseguida me hice voluntaria de una protectora e invertía mi tiempo libre en pasar horas con ellos, limpiar sus jaulas, darles de comer, pasearlos y todo lo que hiciera falta para mejorar su calidad de vida allí dentro.
Al estar allí te dabas cuenta de cuál es la realidad, de la cantidad de animales que se abandonan cada día y también te dabas cuenta de la cantidad de gente con un corazón inmenso que hay.
Fue en este momento cuando cobré conciencia de la importancia de no comprar…si no de adoptar…de dar oportunidades…de contribuir a mejorar sus vidas… pero…
¿Crees que salvas tú, la vida de esos animales? ¿crees que su vida mejora porque decides darle un hogar? Pues sí, claro que lo haces… pero lo que no sabes cuando estás firmando los papeles de adopción es que ellos son los que te salvan a ti… te enseñan a dejar de temblar cuando oyes ruidos, cuando las bombas anuncian las fiestas, cuando te sientes sola, cuando te faltan las caricias, la compañía…
En febrero de 2018 buceando en las páginas de Facebook en las que se toca principalmente la temática acogida de animales me encontré con una historia realmente conmovedora.
Era la de un perro que llevaba gran parte de su vida en una protectora en Pontevedra.
Lo habían abandonado y no tenía olfato, era muy mayor y desde la protectora hacían un llamamiento para que alguien evitase que muriese en una jaula regalándole un hogar. No lo dudé, lo adopté aún sin tener ni la menor idea de como traérmelo ya que no me lo podía permitir.
Pablo
Como os decía antes yo escucho historias de amor y con ellas entre otras cosas escribo libros de historias de amor real. Recorrí toda España en mi Citroën Xsara del ’99… Este proyecto me ha llevado a conectar con parte de mí que creía olvidadas y con personas de las que espero no separarme jamás por todos los valores que me regalaron y me regalan día tras día, podría nombrar a decenas, pero en esta historia solo voy a referirme a dos, una de ellas aparecía de nuevo en mi vida en una presentación mía y la otra es la directora de marketing de un gran centro comercial de Galicia a la cual conocí en una de las sesiones de escuchas en su centro comercial.
Os hablo de estas dos mujeres porque ambas procesan un amor y una dedicación encomiable, digna de destacar por los animales y sus derechos.
Encajaron en el puzle perfectamente al ocurrir lo siguiente:
Yo quería ir a hacer escuchas de historias de amor a Barcelona y Angélica, que es como se llama la directora de marketing del centro comercial, me facilitó el contacto del centro comercial de Barna y a su vez al ser conocedora de mi viaje vio que la protectora de animales de Pontevedra donde era voluntaria solicitaba ayuda para un viaje solidario a Barcelona y sumó 1+1…
Me dijo si me apetecía llevar un acompañante de viaje y me envió una foto de un perro, me dijo que se llamaba Racho.
Al ver la foto me inundó el silencio, la mirada de Racho me recordaba a un viejo amigo. No lo dudé, yo llevaría a Racho a su nueva casa.
Angélica me lo trajo a Ourense que es donde yo vivía y yo tenía que entrenar, aquí es donde entra en juego Estela, una vez que tuve el perro conmigo se lo llevé a Estela para que me lo cuidase mientras entrenaba. Al salir de entrenar emprendería mi viaje a la ciudad condal.
Dejar a Racho con Estela era sinónimo de que iba a estar mucho más que cuidado y para mi sorpresa, al volver del entrenamiento, Estela ya se había enamorado de él.
-Más bueniño no puede ser.
Esas fueron sus palabras mientras me lo entregaba a regañadientes.
Desde ese momento hasta llegar a Barcelona, pasaron 12 horas llenas de caricias hacia atrás, de lametones por sorpresa, de pises en áreas de descanso y de gruñidos de:
- ¿Falta mucho?
Racho
En un solo día había recibido cariño de varias personas diferentes y por lo que dijo Lola cuando me sacó de la jaula, me esperaba un largo viaje.
La verdad es que no tengo ni idea de a donde voy, pero seguro que es un buen lugar, Lola nunca dejaría que me pasase nada malo y Angélica tampoco.
Voy a descansar un poco antes de la próxima parada para el paseíto, a ver si en la siguiente hace menos frío.
Rebe
Por fin llegó el día en que llega Racho a mi vida.
Me lo trae un chico en su coche, por lo que me dijo a las 12:00 o 1:00 del mediodía llegará.
Pablo, Racho y Rebe
Aparco el coche en la estación buscando a la mujer con uno de los corazones más grandes de Barcelona y no logro encontrarla a simple vista.
Busco a mi nueva madre sin saber ni lo que busco, pero mi compi de viaje me puso las expectativas por las nubes.
Allí están:
-Pablo!! Pablooo aquí
-Hola Rebeca, aquí tienes a Racho, es realmente un perro increíble, cuídalo mucho por favor.
Rebe con lágrimas en los ojos me dijo despidiéndose.
-Le voy a dar todo lo que tengo.
Rebe
Así que, que suenen las bombas, que siga la fiesta, que venga la soledad… Racho se queda en casa, en su casa, conmigo.
Pablo
Hoy en día Rebeca me sigue enviando videos de Racho haciendo turismos por la sagrada familia o fotos durmiendo en su nueva camita y creedme que no me pueden hacer más feliz.
Racho
Nunca pensé que podría llegar a sentir el amor como lo siento ahora con cada caricia, con cada gesto…
Por fin en casa.

