
Casi siempre es un lujo escuchar a un ponente, a un profesor o a un científico, sobre un determinado tema. Pero la vida no concede los mismos privilegios a todos. Ocurre que muchas veces, las capacidades de adquirir conocimientos y razonarlos, no va en consonancia con la capacidad de divulgarlos. Y esto me recuerda a muchas de esas películas del antiguo oeste en la que aparece el charlatán, ese vendedor de cosas absurdas e inservibles que, con su caravana convertida en una tienda de cacharros y cremas, se acercaba a los pueblos, perfectamente vestido entre los foráneos del lugar, para convencerles con la oratoria. Así de fácil. Por cierto, que lo de antiguo oeste, nunca lo entendí, lo reconozco. Igual que cuando hablamos de antiguas pesetas, que parecen palabras inseparables. Algún día, nos ahorraremos ese esfuerzo verbal.
A lo que iba. Que en el siglo XXI cada vez es más difícil vender sólo con la capacidad de divulgar, aunque algún que otro charlatán, vestido de gurú del liderazgo y de multiplicar nuestras ventas con sus métodos, queda todavía. Y cada vez aparecen más. Hoy en día, aquel vendedor ambulante, no vendería una colonia.
Sin embargo, a veces ocurre que ambas cualidades se concentran en algunas personas y entonces se produce la sensación de asistir a algo importante. Algo grande.
Pues bien, esto ocurrió hace unos días con la ponencia de uno de los nuestros. Español y murciano para más señas que, desde Nueva York, nos ilustró con una ponencia maravillosa. Rescátenla en las redes y verán lo fácil que puede ser la computación cuántica, los qubits o los estados interconectados. Los grandes talentos, que explican conceptos muy complejos, como si fuera el libro gordo de petete, son un lujo para el resto de los mortales, que somos casi todos.
Pues bien, nuestro protagonista de hoy, Darío Gil, vicepresidente de IBM, nos enseñaba las capacidades de su supercomputador cuántico de 64 qubits. Es otra dimensión para las capacidades de cálculo a la que ya se han apuntado fabricantes como Intel, Google o Microsoft.
Es obvio que fabricar estos equipos no es lo más habitual, pero resulta que podemos utilizarlos. De hecho, ya se puede lanzar un programa en estos computadores. Cualquier startup podría.
No sé si esto anima o no a emprender, pero desde luego, es una herramienta que, si se consigue utilizar, puede generar un resultado que sea una auténtica revolución. Cosas que no se pueden hacer con ordenadores normales, por muy potentes que sean. Y, posiblemente, esto sí que esté al alcance de muchos. La fabricación de las vacunas anticovid ha sido una de estas pruebas, pero las posibilidades son inmensas y de todo tipo.
Como siempre digo, es cuestión de juntarse unos cuantos, con una cerveza en la mano y echar un rato a compartir disparates. Lo que por allá se llama brainstorming. Seguro que algo sale. Depende de si se tiene madera de emprendedor. Y si no, al menos intenten que la cerveza esté fría. Y ese rato, pasará a la historia de las aplicaciones para la supercomputación. Eso sin duda.

