
Los niños por casualidad se habían adentrado en un espeso bosque, allí se encontraban, cerca de un río, más bien un pequeño riachuelo de agua transparente, tranquila que se podía atravesar sin peligro, una pequeña hazaña para jugar en la otra orilla; así mismo se había formado una gran alfombra de hierba salpicada de flores silvestres, entre los centenarios árboles que se elevaban formando un tupido y frondoso techo verde. El cielo azul taladraba esa espesura, y la brisa conseguía que los rayos luminosos del sol al atravesar las ramas en vertical, sus abundantes hojas vibraran llenas de luz con movimientos acompasados.
Un ambiente nunca mejor dicho de cuento; justo lo que ellos querían fantasear, vivir lo que habían visto en los libros, allí, en un sitio descubierto por ellos, solo por ellos. Ni la piscina, ni la colchoneta, ni los saltos de agua donde se bañaban algunos días podía compararse con este hallazgo tan cerca de casa. Podían ir y venir cuantas veces quisieran, estar casi a la vista de sus padres que no imaginarían nada de lo que se llevaban entre manos.
Cuando eran más pequeños se asustaban un poco porque no les cuadraban muchas de las cosas tan extraordinarias que aparecían en los libros de cuentos, aunque estaban acostumbrados a escuchar historias a la hora de dormir y jugaban a pasar las hojas observando las bonitas y reveladoras ilustraciones. Sus cabecitas pronto empezaron a razonar con mucha cordura. Con seis años los tres, con meses de diferencia, necesitaban hacer preguntas, indagar, conocer esos secretos que se guardaban en las exclusivas páginas escritas para ellos.
Antes, es verdad, había sido muy diferente, mientras extasiados y un poco extrañados se adentraban en los misteriosos entresijos de gigantes, dragones, príncipes y princesas. Eran otros tiempos, sí, y les había servido para alimentar su imaginación que ya se escapaba por sí sola. Pero sin duda recelaban de muchas cosas. Su capacidad desbordante los llevaba mucho más lejos, necesitaban respuestas que tuvieran que ver con la realidad, con la madurez que les sugería saber, entender. Les parecía exagerado el tono que los mayores utilizaban cuando les leían por la noche. No les convencía. Eran otros tiempos, sí, y les había servido para alimentar su imaginación que ya volaba por sí sola. Coincidían en que los trataban como bebés, haciéndolos más pequeños de lo que eran. Porque crecer juntos, tan estrechamente, los unía de una manera incondicional, pensaban, sacaban sus conclusiones, se curtían con nuevas emociones que a los mayores se les pasaban por alto.
“¿Por qué los animales hablan en los cuentos?” “No comprendo cómo el lobo se puede comer a la abuelita de Caperucita y después salir de su barriga tan contenta” “Es imposible que la casa de la bruja de Ansel y Gretel esté hecha de dulces y golosinas” “¿Cómo se va a despertar Blancanieves después de comerse la manzana envenenada por un beso del príncipe?” “No me creo que un niño tan pequeñajo como Pulgarcito fuera capaz de vencer al gigante y salvar a sus hermanos”. La respuesta a todo este batiburrillo era tranquilizadora, menos mal: “en los cuentos pueden pasar estas cosas, por eso a los niños os gustan tanto, vuestra imaginación se siente libre para hacer que todo sea fascinante, diferente. Pero solo en los cuentos… Que quede claro” dijo en modo firme y didáctico sin levantar la voz una de las madres.
Provocaban a propósito porque así surgía un divertido debate para escudriñar los cuentos, donde todo ocurre, entre el ingenio, la verdad y la ilusión. Les encantaba la polémica, hacer preguntas, saber el porqué de todo, las diferencias entre unas cosas y otras. Y creaban sus propias historias, un terreno que empezaron a dominar y sentían que pisaban firme. Porque si todo era posible en los cuentos ellos también volarían a la vez que Peter Pan, Wendy y Campanita, con sus invenciones y dibujos.
Y de este modo tan inocente podrían transcurrir los días de verano. Si se piensa con atención, en ese momento, para estos niños, en esa edad de cambio, surge el feliz encuentro para reconsiderar los cuentos escuchados no hace tanto… las historias de todos los tiempos, comunes a todos los niños, leídas al terminar el día, al cerrar los ojos, mientras el narrador o narradora desgrana renglones tejidos de historias imaginarias, mágicas. Lo que sucedió fue imprescindible para recrear su propio cuento real…
Cuando todavía, en la imaginación provocada por el beneficio de la convivencia, alejados por las vacaciones, pueden ocurren cosas como estas.
¡¡ Feliz entrada del verano!!

