
Me llamo Alma y hasta hace dos días
formaba parte de los humanos vivos, pero
eso ha cambiado…Ahora lo veo todo
desde otra dimensión.
Fui bajando la calle despacio, saboreando cada rincón del agradable paseo que estaba dando. Lo hice como si no hubiera un mañana, como si estuviera llegando a su fin aquel tránsito por el que llevaba más de un año vagando, como si estuviera a punto de descubrir la razón por la que me quedé enganchada al mundo de los vivos, cuando debería estar en el otro y exclusivamente en el otro.
El final de la calle terminaba en un edificio blanco, con un montón de ventanas, unas más grandes y otras más pequeñas y decidí cobijarme allí.
En la puerta me esperaba Ramón, al que identifiqué nada más pasar el umbral. Nos fundimos en un abrazo sincero, de los que consiguen que tengamos por un momento un trocito de corazón del que abrazamos y entré en el edificio.
Dentro me aguardaba el que fue mi amigo del alma, Jesús, al que llevaba sin ver varias décadas y sin el que la vida, por primera vez, me había mostrado que hay realidades que superan cualquier expectativa de dolor y sufrimiento. Hechos que nos enseñan a diferenciar la vida de la muerte.
Me enganché a él de un salto y lo abracé muy fuerte. Tanto que no eché de menos mi cuerpo para hacerlo, entendiendo que no hace falta tocar a nadie para estar conectado a él. Solo es necesario estar en la misma sintonía.
Continué mi tránsito por aquellos anchos pasillos, encontrando a personas que se habían ido quedando en el camino por distintas razones, y a cada una de ellas las abracé con toda mi alma.
Tras recorrer la construcción entera, llegué a la última puerta. Solo me quedaba encontrar a mi persona favorita, al guía de mi existencia, a la última persona que hubiera querido perder en vida y a la que llevaba esperando encontrarme desde que mi cuerpo murió.
- ¡Papá! - exclamé y corrí hacia él. Al abrazarlo me sentí tan especial como cuando podíamos vernos y sentirnos y entendí que aquel instante mágico, abría la última ventana hacia mi eternidad y cerraba la última puerta del mundo de los vivos. Me quedé sentada a su lado, esperando que me acompañara en aquel momento último.
De repente volví a aquella bañera en la que al cerrar mis ojos me había quedado durmiendo para siempre, y comprendí que él siempre había estado ahí, sosteniendo mi mano y mi corazón.
Tocaba cerrar mi libro de vida. En ese mismo instante descubrí que cada uno tenemos una familia de almas, son seres que se mueven con nosotros, espíritus que no nos sueltan nunca, que nos acompañan en nuestra vida y nos protegen cuando llega nuestro momento y que se manifiestan cuando entendemos que ya no hay más búsqueda ni hay más preguntas. Ya solo queda vivir eternamente y compartir con nuestra familia de almas la vida eterna.
Solo sentía agradecimiento y paz, y supe que tras todas las historias que me había regalado mi tiempo extra se alzaba un escalón nuevo de sabiduría y un avance a la comprensión superior y al convencimiento de que no hay cuerpo sin alma, ni cerebro sin corazón y que aquellas personas importantes para nosotros y para los que nosotros también lo somos nos acompañan siempre, en esta vida y en la siguiente.
En quince días nos vemos filosofando … o no… eso ya lo veremos el 9 de Julio en mi nueva andadura en mi sección. ¡Un abrazo fuerte veraniego! Mariate.
Te agradezco Pura el respeto y admiración que me has demostrado en todo este tiempo de reflexiones vistas desde esta dimensión en la que nos hemos movido, yo escribiendo y tú y mis asiduos lectores leyéndome. Gracias de corazón y Alma.

