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ENTRE TÚ Y YO

¿Puedo negarme a ponerme la vacuna contra la covid-19?

Luis Velasco Jueves, 08 de Julio de 2021 Tiempo de lectura:

 

Vacunarse o no vacunarse: esa es la cuestión fundamental, la decisión más importante para un amplio sector de la población. La encrucijada que todo aquel que no ha decidido aún inocularse encuentra interpelado a responder en medio de un mar de dudas. Me refiero a que básicamente uno puede pensar que es mejor esperar a que pase el tiempo. A que se estabilicen las sucesivas actualizaciones de la estrategia de vacunación frente a la Covid-19 (ya vamos por la séptima), en la medida que se van ampliando los conocimientos y los datos «contrastados», en el contexto de una pandemia cambiante. Las modificaciones en los grupos de edad o los efectos reales a largo plazo de las vacunas.

 

España es uno de los países con mayor porcentaje de población de riesgo vacunada en Europa, tanto de muerte como de ingreso en UCI. Tiene a todos los mayores de 80 años vacunados, al 97,5% de 70-79 años, y se encuentra por encima de la media europea de porcentaje con la pauta completa (34,2%). También es el quinto país en población de 60-69 años, con un 92,2%. Y el cuarto país en porcentaje de personas de 50-59 años, con un 84,6%. Hay una cifra que se repite hasta la saciedad: el 70% de la población vacunada para alcanzar la inmunidad de rebaño.

 

¿Qué ocurre con los jóvenes o con los niños que todavía no han sido llamados a filas? ¿O las decenas de miles de personas que han rechazado ponerse la vacuna? Han oído bien... decenas de miles.

 

Alguien puede pensar: espera un momento, ¿vale? No creo que sea el único en un mundo de dóciles y acérrimos convencidos. Sé que existe el virus. Por mí, como si todos se ponen cuatro dosis y yo me limito a hacer tiempo. Que cada cual haga lo que quiera. Cualquier cosa me va bien con tal de que respeten mis derechos. De todos modos, después de pensar de ese modo empiezas a deslizarte entre varias corrientes. El omnipresente miedo de la población de riesgo, el respeto de aquellos que temen por un ser querido, la indecisión de los que no tienen nada que temer, el rebelde emocional y el oportunista, el teórico de la conspiración, y el que obedece a pies juntillas para no ser criticado, no perder una oportunidad laboral, el puesto de trabajo, o ser rebajado de categoría. Llega un punto que si no estás entre ninguno de esos grupos deja de importarte. Es como cuando te has atiborrado a marisco y ya no te apetece comerlo porque vomitarías, pero sigues pensando en esa gamba blanca de Hueva de todas formas.

 

La gente te pregunta e inmediatamente empiezas a buscar una excusa para no tener que dar explicaciones y pasar a otro tema. Te acorralan, te encuentras ante este dilema. En cuanto ven que eres de los que no tiene intención de vacunarse de momento, oh, aquí hay algo extraño, este es un bicho raro, un negacionista, o no socializa, ni empatiza con el resto, cualquier cosa que se les pase por la cabeza, un pirado. Entonces, una de esas veces, te encaras a quien te mira mal y lo mandas a tomar por saco.

 

La vacunación frente a la Covid-19 no es obligatoria, y ello, a salvo de lo previsto en la Ley Orgánica 3/1986, de 14 de abril, de Medidas Especiales en Materia de Salud Pública. En teoría, repito, en teoría, no se puede obligar a nadie a vacunarse, pero se puede crear un «sistema» que lo incentive. Una especie de chantaje social que te convierta en un paria, en un muerto civil que no pueda cenar en un restaurante, viajar o acudir a un evento deportivo. Y así, suma y sigue. Es un modo de que «la persuasión de paso a la obligación». No en vano, nuestro país llevará un registro de aquellos que rechacen la vacuna con sabe Dios qué fines posteriores; es una pregunta que se responde sola, ¿no creen? El hecho de llamarlo «inmunidad de rebaño», tampoco ayuda, pues habrá quien lo interprete como si nos estuvieran tratando como borregos atontados. O conejillos de indias.

 

Al principio, el principal obstáculo era la falta de una vacuna. Ahora, en países donde éstas no escasean (como España que ya dispone de cuatro), uno de los principales desafíos para lograr la inmunidad colectiva es la reticencia de un porcentaje muy amplio de la población que nunca se ha sentido amenazada pero sí angustiada y, sobre todo, los jóvenes y los niños. Recuerden que las vacunas contra el coronavirus son aún muy nuevas.

 

Me refiero a personas que siguen las reglas de convivencia pero que no tienen prisa. Que usan mascarilla y guardan la distancia de seguridad como cualquiera. Pero que no se dejan llevar por la inercia, ni por el miedo, ni por el sensacionalismo. Personas que se sienten desinformadas. Y que no van a extender el brazo frente a una aguja hasta que alguien les explique con pelos y señales las consecuencias reales y los efectos a medio y largo plazo que tendrá para ellos inocularse. Y no estoy hablando solo de los posibles problemas de infertilidad, ni de las trombosis que han originado que en Dinamarca se prohíba el tratamiento con Janssen y AstraZeneca, ni de la ausencia de información fidedigna sobre la duración de la inmunidad, ni del lucrativo negocio que supone esta pandemia para las farmacéuticas. Estoy hablando de que el máximo responsable de Pfizer, Albert Boula, ya dejó caer en la CNBC un aviso a navegantes: es «probable» que sea necesario inocular una tercera dosis a los 12 meses y vacunarse cada año.

 

«Algo más» se ha quedado por el camino: como la versión real de la aparición del virus. ¿Nadie le va a pedir explicaciones a la todo poderosa China? ¿No deberían responder por sembrar de muerte y destrucción el planeta? No me entiendan mal, yo estoy a favor de las vacunas, pero considero que alguien me debe una explicación. ¿Ustedes no?

 

 Por: Francisco Luis Velasco Pardo. Martes 6 de julio de 2021.

 

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