
Hablando con un padre sobre el verano me dice “ayer cogí las vacaciones y mi hijo ha terminado la escuela de verano”. ¡OK, ahora a descansar! Su cara me lo dijo todo. Si te refieres a que el despertador no me suena a las 7.45 h, te lo doy por válido. Al final lo dejamos en reposo relativo. Y es que aunque venga el verano tenemos que lidiar con los hijos para levantarlos de la cama, peleas con los dispositivos, aburrimientos diversos y el clásico insomnio estival. ¡Así, es difícil descansar!
Los padres seguimos con la jornada paterna en vacaciones y quizás con mucho tiempo libre que no sabemos ocupar. Y los hijos siguen teniendo mucha actividad y poco estímulo que les sacie. Acaba la presión del trabajo y del esfuerzo escolar y empiezan las ganas de descansar pero con la sensación de estar perdido, quizás por la falta de objetivos que te mantenían ocupado a lo largo del día.
El verano puede suponer para muchas personas un respiro en familia, un descanso físico y mental pero para otras personas puede implicar una asfixia personal, sobre todo si tienen que recuperar el rol de padre o de pareja o simplemente tienen tiempo para reflexiones trascendentales de su vida. Durante estas fechas nos damos cuenta que no sabemos ocupar nuestro tiempo con la familia o con nosotros mismos porque hemos podido estar ocupados con el trabajo durante todo el año como regulador emocional. No es extraño que en verano se produzcan crisis personales y familiares, con síntomas de estrés y un porcentaje alto de divorcios a partir de septiembre.
Descansar no es no hacer nada sino cambiar de actividad. No significa romper con todas las rutinas aunque viene bien un “break mental”. Aunque durante las vacaciones se oxigena el cerebro al disminuir la producción de adrenalina y cortisol, hormonas del estrés; disminuyen las preocupaciones y mejora el estado de ánimo, no siempre se alcanzan estas bondades. Podemos sufrir “la depresión de la tumbona”, la amenaza psicológica de las vacaciones, que metemos en el equipaje y se instala con nosotros nada más iniciar las vacaciones.
El estrés acumulado durante todo el año por la ausencia de descansos genera un “bajón” al descansar de golpe. Salen los residuos tóxicos que teníamos almacenados y se manifiestan con enfermedades, a veces, con un simple catarro. Obvio para reducir esta toxicidad acumulada es hacer paradas de seguridad durante el año y a la hora de coger las vacaciones hay que procurar no pasar de 100 a 0, para que el aterrizaje de la oficina a la paya o a un viaje sea más suave y demos tiempo a la mente y al cuerpo para saber que nos vamos al chiringuito a tomar un aperitivo con los amigos y no a hacer una reunión de trabajo.
Para no caer en el estrés vacacional que cuando te vas adaptando entonces viene el estrés postvacacional, es interesante que actividades satisfactorias no sean patrimonio del verano. Cuidarse durante todo el año con actividades placenteras, como deporte, fotografía, pintura, baile, hacer bolillos o lo que te guste, te va a proteger cuando desconectes y descanses del trabajo. Seguirás conectado a otros intereses que no te dejan vacío ni tendrás que tararear el estribillo de la canción de Aerolíneas Federales “vacaciones, los cojones, es mejor trabajar”.
Lejos de evitar el descanso, las reuniones familiares, ratos con tus hijos o pareja, sería más saludable replantear la agenda del año para protegernos del síndrome de las vacaciones, que viene acompañado de dolor de cabeza, irritabilidad, ganas de estar en la cama o inactivo en una tumbona. Es nuestra responsabilidad cuidarnos durante todo el año para disfrutar de las merecidas vacaciones, sin descuidar a la familia ni a nosotros mismos durante los 300 días que no son vacaciones pero que son vida. “Cuanto más patas tenga tu vida, más feliz te sentirás”.
Un abrazo y feliz descanso. Esther.

