
En medio de la tormenta mediática, estado de laxitud, conformismo, desinformación y adoctrinamiento al que estamos sometidos desde que empezó la pandemia, otra noticia peculiar. De esas que en circunstancias normales habrían hecho levantarse a más de uno, manifestarse o al menos, protestar airadamente. Aprobar suspendiendo. Que es lo que cualquiera de los que hemos estudiado hubiera anhelado porque podríamos haber pasado nuestros años mozos pensando en las musarañas, sin la ardua tarea que supone «empollar» y obtener un título que, desde ahora, no permitirá llegar muy lejos. Como decía Chiquito de la Calzada: «En vez del graduado escolar tenía una etiqueta de Anís del Mono».
Esa espinosa labor que supone superar unos exámenes demostrando tus conocimientos en una determinada materia, de esfuerzo y recompensa, de responsabilidad, de hincar los codos, que antes se tenía por delante, se suponía que simbolizaba un triunfo hacía otros que no hacían lo propio; un universo entretejido vinculado a una sana tradición y cultura, pero por algún motivo ahora la regalan, se supere o no. El mensaje que se está lanzando a los estudiantes es claro: se puede obtener una titulación con suspensos, no vas a repetir, se puede aprobar sin necesidad de estudiar. Si lo que queremos es motivar a los jóvenes en el compromiso educativo... Pero hay otras implicaciones mucho peores.
Por eso está previsto que la denominada Ley «Celaá» (la primera norma educativa en 40 años que no admitió comparecencias de la comunidad educativa durante su tramitación parlamentaria), deje pasar de curso en Primaria y Secundaria en función de la «madurez» y sin importar el número de suspensos. Incluso se podrán presentar los alumnos a la EBAU habiendo suspendido. Así lo establece el Real Decreto por el que se regula la evaluación y las condiciones de promoción de la Educación Primaria, la ESO y el Bachillerato. El Ministerio de Educación y Formación Profesional, en aras de disminuir los índices de fracaso escolar y tasa de repetición ha optado por una estrategia particular. Aprobarán quienes, a pesar de haber suspendido, a juicio del equipo docente, hayan alcanzado el desarrollo correspondiente de las competencias básicas y el adecuado grado de madurez. Eso han dicho. Me pregunto qué les habrá impulsado a hacerlo. ¿Cómo se puede alcanzar el desarrollo correspondiente a unas competencias básicas que no has superado ni demostrado que conoces y dominas? ¿Cómo, quién y bajo qué parámetros se determinará esa «madurez» de la que se habla? Necesito saber más.
En resumen, ahora, los suspensos, ese valle de lágrimas insaciable, dejarán de ser el único criterio para decidir si se pasa o no de curso. Da igual aprobar que suspender; esforzarse o no esforzarse. El aprobado, que tan delicioso sabor de boca le había proporcionado a aquel que se afanaba y perseveraba, tan reconfortante y necesario, se ha revelado ahora como una toxina cruel, repite-cursos, que causa estragos en los estudiantes y cuesta dinero a las arcas españolas. Maldito demonio encarnado que me ha hecho sufrir en exceso...
Pero hay que ser consecuentes e ir más allá. Y por eso es importante hacer referencia (puesto que el fracaso escolar se encuentra en las raíces del abandono educativo temprano: cerca del 40% de los jóvenes que dejan sus estudios no consiguió graduarse en ESO), a la tasa de Abandono Escolar Temprano (AET). Ya que España repitió como país europeo que encabezaba este registro, (17,3%, frente al 10% de media europea). Es más, todavía no hemos logrado alcanzar el 15% solicitado por la UE. El peculiar curso pasado se obtuvo una tasa del 16%, lo que nos sitúa segundos de la lista por detrás de Malta. Nos sigue de cerca Rumanía con un 15,6%. ¡Vaya! Todo un logro. ¿Se pretende con esta medida tapar las vergüenzas y evitar otro tirón de orejas desde la UE?
Pero lo primero es lo primero. Así que, en medio de este mar de dudas, aunque aún desconocemos cómo les afectará la noticia a los alumnos, y cuánto podremos los padres apretarles las tuercas a nuestros retoños para que estudien, la duda que me asalta en este momento es la causa, el motivo de esa alta tasa de abandono o esos índices de fracaso escolar y de repetición. Y eso me inquieta. Las posibles respuestas que se me vienen a la mente son tres: los estudiantes españoles son los más zoquetes de Europa. El profesorado español no está cualificado. Una deficiente e ineficaz Ley y un sistema educativo carente de recursos que debería destinar más fondos públicos a la educación.
Analizando los datos del AET en España, hay que incidir en una cuestión: en los informes PISA (un estudio llevado a cabo por la OCDE a nivel mundial que mide el rendimiento académico del alumnado). Los resultados demuestran que los estudiantes españoles se esfuerzan como los que más, situándose dentro de la media, lo cual contrasta con el hecho de encabezar el ranquin. Cabe deducir de ahí, que el problema no radica en ellos.
Que el profesorado español está altamente cualificado, y que ha demostrado ser capaz de poner en marcha prácticas e iniciativas educativas con los escasos recursos que tiene es un hecho más que probado. Sobre todo, si tenemos en cuenta el tremendo esfuerzo tras la situación de excepcionalidad del pasado curso escolar provocada por el confinamiento, y la obligatoriedad de recurrir a la educación a distancia, de reinventarse de la noche a la mañana. Superar una de las oposiciones más difíciles que existen. La evaluación de la función docente. Actividades de formación, investigación e innovación y los planes de valoración les avalan ampliamente. Solo queda un ganador, que no parece descabellado señalar con el dedo. Y no es por llevar la contraria. Pero claro, es mucho más cómodo para alcanzar las cifras exigidas por la UE llevar a cabo un aprobado general y otorgar títulos a diestro y siniestro, que una profunda renovación del sistema educativo español.
Vivimos un tiempo especialmente convulso, pero eso no quiere decir que no hagamos un esfuerzo por comprender las implicaciones que este «aprobar suspendiendo» va a suponer para nuestros hijos. Correrán en desbandada y se aferrarán a la medida como diciendo, sí, la acepto, esto me viene bien. La sensación que tendrán de pasar de curso sin estudiar se volverá agradablemente flexible en sus jóvenes mentes puesto que allí no habrá nada que les impulse a esforzarse como en el mundo real, pero ya será lo bastante tarde como para que les importe. Lo bastante tarde como para avergonzarse de no cumplir con su única obligación. Lo bastante injusto como para desvirtuar y devaluar los títulos de aquellos estudiantes dedicados a sus menesteres que cumplan con su cometido. Es difícil sentir satisfacción cuando una titulación obtenida con sangre, sudor, lágrimas y muchas horas de estudio, tiene el mismo valor que otra obtenida tocándose las narices.

