
Siempre me siento atraído por la idea de «ponerme al tajo» tras el periodo estival, por el reencuentro con determinadas personas, situaciones y lugares. Por ejemplo, mi despacho actual está en la segunda planta de un edificio de tres alturas de amarillo ladrillo visto en la periferia donde, durante los primeros años tras terminar la carrera, tuve curiosamente mis primeras experiencias como neófito abogado. A pesar de los lógicos inconvenientes por la vuelta a la realidad cotidiana, me invade una enorme alegría cada vez que meto la llave en la cerradura de este despacho; por mucho calor que haga y polvo que tenga, es mío y de nadie más, tengo allí mis cosas y un ordenador personal con el teclado completamente desgastado por tanto uso, prueba palmaria de la frecuente utilización, todo cuanto necesito, para convertirme en el abogado y escritor que he querido ser. Es una amplia estancia atestada de libros, muebles de diseño moderno, un escritorio, un cómodo sillón de piel clara y unos obesos confidentes enfrentados tapizados de esa especial y sufrida chenilla gris que solemos utilizar para evitar las manchas. Combina a la perfección una estupenda mesa de reuniones en madera de wengué y un juego de ocho sillas. Tiene las paredes de madera falsa, de un color tirando a una especie rara de roble blanco que se aleja del punto de vista del glamour que tuvo la persona que me ayudó a decorarlo; una realidad extravagante que ya estaba ahí haciendo guardia cuando ocupé el despacho y que hizo que la habilidosa decoradora exprimiera al máximo sus capacidades imaginativas cubriendo las paredes de muebles y una extraordinaria e inmensa fotografía aérea del año 1939 del pueblo de San Pedro del Pinatar, que atestigua la cara amable de una realidad descarnada y excesiva en casi todo, que ahora algunos tratan de evocar.
Por ejemplo, que, en esa época, y no hace tantos años se escuchaban los gritos de muerte mientras los españoles nos matábamos los unos a los otros en plena guerra civil. Una verdad que era lo que era. Una instantánea que habla, sobre todo, de un periodo oscuro y siniestro de nuestra historia. De un odio visceral que todavía reside en nuestro interior. De un rasgo original y propio que nos caracteriza a los españoles. Mientras tanto, una panda de cretinos tortuosos se empeña en hacer cosas mucho peores, alabar, enaltecer, ensalzar, destacar, acentuar, encumbrar y legalizar nuestras diferencias destrozando el concepto de nación, de país, reivindicando y consiguiendo que incluso nuestra lengua, el castellano, un idioma oficial en diecinueve países de todo el mundo haya dejado de serlo en el nuestro. Todo un logro... Y cosas mucho peores. Porque la intención de estos políticos de mierda está bien clara.
Enfrentarnos. Crear discordia.
Decía una y otra vez un querido profesor mío de historia ya fallecido, Don Antonio Mozo: «Un país que olvida su historia está condenado a repetirla».
La gente solo quiere hablar del coronavirus, de la masiva y espectacular campaña de terror que todos los medios de comunicación se prestan a repetir hasta la saciedad. El miedo es una herramienta muy poderosa utilizada a lo largo de los años para controlar a las masas. Una suerte de datos y desgracias que tiene atenazada a la población española, mientras los europeos hace meses que se pasean por las calles sin mascarilla ni distancia de seguridad, en exteriores e interiores, llenando estadios, circuitos, conciertos, centros deportivos, discotecas, bares, restaurantes, museos, parques, exposiciones, cuando el mundo real se ha enfrentado a esa parábola eterna hace meses, y ha seguido con su vida.
Será que en este país sabemos mucho de egoísmo, de vagas intenciones y de cobardía humana. Dicho de otro modo, de agachar la cabeza ante los problemas. Será que nos encanta regocijarnos en confrontaciones inútiles para dejar patente que somos mejores que el resto de los conciudadanos, que lo que cuenta y lo que vale es nuestra identidad ideológica, lingüística, cultural, o «incuestionable» nacionalidad.
Los políticos de antes eran políticos de los de verdad (los de un signo y los de otro), de los que sabían qué es eso de la unidad de España. Del trabajo, sudor, lágrimas y sangre, sobre todo mucha sangre que hubo que derramar para poder conseguir y defender a ultranza algo tan importante como nuestra querida democracia. Y gracias a esos fieles servidores del Estado que salieron en nuestra ayuda, su abnegación, su descomunal arrojo, ejercicio de humildad, cordura y responsabilidad, un país unido. Miraron hacia adelante olvidándose de nuestras peculiaridades, de lo que nos separaba para poder poner el acento en los que nos une, para soñar un país unido. Eso es a lo que dedicaron gran parte de su vida, y que ahora un puñado de impresentables estén realizando un esfuerzo titánico en estos últimos años para magnificar las diferencias, o directamente inventarlas cuando no existen, creando un clima de crispación, de desunión, de desesperanza es descorazonador. Se están estableciendo las bases de un concepto de no sé qué especie rara de país o lo que sea que seamos ahora, que ni la mismísima Cruella de Vil sería capaz de vivir sin depresiones.
La única esperanza eres tú.
Jamás se me habría ocurrido, en este momento tras la vuelta del verano, escribir sobre algo así, y probablemente tampoco se me hubiese ocurrido de no haberme dado cuenta de la indiferencia que veo en la gente a diario, que ha reavivado de nuevo todos los miedos que guardaba esa frase reiterada por Don Antonio Mozo. Por todos estos inconvenientes, me embarga una tremenda tristeza cada vez que oigo las voces de la gente joven, o no tan joven, decir que se quiere ir de España; por muy patriota que sea, (ser patriota no es una vergüenza en ninguna parte del mundo, ni tampoco significa que profeses una ideología u otra: significa que amas a tu país y estás orgulloso de tu origen). Esta es, de todos modos, su casa, y la mía, y tiene aquí su familia, y sus amistades, todo cuanto necesita, o eso le parecía, hasta que se ha dado cuenta que, en su propia tierra natal, y tal y como están las cosas, no quiere vivir, y no solo eso, no tiene futuro alguno. Y eso, amigos, es una triste realidad incuestionable.
Y tú, ¿qué vas a hacer al respecto? ¿Aún no has notado lo que está ocurriendo? ¿Vas a seguir manteniendo tu indiferencia? ¿Es pedirte demasiado esfuerzo que pienses por ti mismo? Ahora que está tan de moda el término... ¿Sabes lo que es un negacionista? Aquel que su actitud consiste en la negación de determinadas realidades y hechos relevantes. ¿No crees que ha llegado el momento de hacer algo para cambiar las cosas?

