
Imagina que tu hijo enferma. Lo llevas al médico y te prescribe un tratamiento para resolver el problema de salud. Estoy segura que no discutes con el médico sobre las indicaciones. Vas a la farmacia, compras las medicinas y se las administras a tu hijo. Tampoco negociarás con tu hijo la dosis o incluso otro medicamento. Harás lo que el médico te ha dicho que hagas y te comprometerás a cumplirlo porque es bueno para tu hijo.
La mayoría de los padres no hemos estudiado Medicina pero tenemos dicha facultad en casa. Padres saludables que queremos prevenir o curar enfermedades conductuales y emocionales de los hijos. Si la familia enferma por falta de organización y eso ocasiona problemas de convivencia, tendrás que valorar la situación y establecer normas que mejoren la situación. No sería sensato dejar a tu hijo que decidiera sobre el tratamiento. Le dirás lo que tiene que hacer, cómo y cuándo hacerlo y además comprobarás que lo hace.
¿Cuánto discutimos con los hijos lo que pertenece al control parental? Está bien negociar con los hijos algunos aspectos de funcionamiento en casa, sobre todo para garantizar cierta colaboración, pero la responsabilidad de la logística casera es de los padres, ¡máxima autoridad! Si no le dejamos claro que somos nosotros los que ponemos las reglas del juego, van a hacer trampas, y estaremos sacando tarjetas amarillas en cada partido. Los hijos no están diseñados para mandar y por eso dan problemas técnicos en el juego; hay que enseñarles cómo se juega en el partido de la vida para que luego metan ellos los goles.
Lo difícil no es poner las normas, porque de hecho ponemos muchas, sino que se cumplan, y es nuestro deber formar a nuestros hijos en personas responsables y estables como principal medicina en casa. Pero a los padres nos falta constancia educativa por la incomodidad y fatiga de disciplinar a diario. Y el error es que nosotros mismos nos saltamos el tratamiento, por descuido, comodidad o agotamiento; pero un resfriado mal curado genera más problemas.
Poner normas en casa, bien descritas, establecidas en el tiempo, vigiladas y con consecuencias adecuadas previene de esa enfermedad tan universal que es la “Inestabilidad Frustrada Crónica”, con síntomas de falta de adaptación a las situaciones, agresividad, indecisiones e inseguridades.
Los padres fallamos al poner normas de la misma manera que cuando jugamos al parchís sin reglas previas. Aparentemente está todo claro, hasta que llega el momento de sacar, matar o contarte con la ficha, momento en el que surge el conflicto por no establecer las reglas del juego o porque quiere hacer trampas para ganar. Si a lo que jugamos ahora es a ordenar la habitación y no explicamos bien lo que tiene que hacer, puede ser que cuando tenga que mover la ficha o no quiera, lo haga a su manera o se le olvide.
Y lo más importante de este artículo no es que tu hijo tenga la habitación ordenada, sino que tenga ordenada su vida. Porque respetar las normas y saber lo que tiene que hacer le va ayudar a sentirse más seguro en el mundo al conocer y reconocer las paredes que le limitan. Si no le enseñas dónde está el techo y suelo de su casa puede desmontarse con facilidad cuando tenga contratiempos o sufra frustraciones en su vida. Se saltará con velocidad, ceguera y sordera las normas que le ayudan a regularse.
Está claro que si ves a tu hijo con una botella de lejía, se la quitarías de inmediato. Tendrías claro que es tóxico. En el día a día hay un montón de botellas de lejía que van a envenenar el esfuerzo y la constancia en la vida de tu hijo.
Como dijo Abigal Van Buren “Si usted quiere que sus hijos tengan los pies sobre la tierra, colóqueles alguna responsabilidad sobre los hombros”. Un abrazo y buena partida. Esther Egea.

