
He de reconocerlo: hoy estoy espesa. No sé a ustedes pero a mí lo que son las vacaciones me anquilosan los dedos para escribir y engarrotan mi cerebro para pensar. Será porque sigo girando y girando por magníficas playas como las cartageneras, con esas siete banderas azules ondeando en reconocimiento a sus siete paraísos para refrescarse galardonados con ese distintivo por la calidad de sus aguas, la limpieza de residuos, instalaciones, personal, y un largo etcétera. ¡Vamos, como para no moverse de allí! Con razón quien entra en esa ciudad murciana nunca quiere salir. Si no que se lo digan a Asdrúbal.
No entiendo mucho de economía y que me perdonen los buenos gestores con los que cuenta MurciaEconomía, pero a mis cortas luces (como dicen los antiguos, es decir, usando el sentido común) creo que lo mejor es que se socialicen los negocios en sociedades porque así se diversifican las responsabilidades y se gana en dividendos. Eso mismo creo que pensó (también a sus cortas luces) el cartaginés Asdrúbal y así, manos a la obra, con sus parientes Amilcar y Aníbal, fundó en el año 227 a. C. la ciudad de Cartagena. Ni se imaginan, señores, la magnífica ciudad que fundaron: lo que hoy denominaríamos desarrollo sostenible, es decir, un modelo ideal de paisaje urbano.
Asdrúbal, que fue muy listo, hizo en primer lugar un estudio morfogeográfico y topológico observando que, si construía la ciudad sobre las cinco colinas del paraje natural conquistado, éstas servirían como muros defensivos inexpugnables para el asalto de otras tribus, y así lo hizo, sobre ellas fundó un nuevo recinto urbano en el Monte de la Concepción al que llamó Qart Hadasht, antigua Cartagena.
Pero el pariente de Asdrúbal, Aníbal, no se quedó atrás. Ni corto ni perezoso decidió conquistar Italia atravesando los Alpes y los Pirineos con su ejército y, según cuentan, con 38 elefantes de guerra que también participaron en esta expedición. Con esta singular estrategia, como ustedes comprenderán, Aníbal era tan temido como respetado por sus enemigos (no sé cómo no pasó a la historia como el General Púnico de los Elefantes), y además con buen sentido de los negocios prosiguió con una intensa explotación de las minas cartageneras de plata, zinc y otros metales.
Pero como no se puede destacar en nada (o como dirían algunos “la pela es la pela”), pronto los envidiosos comenzaron a levantar sospechas de que esta nueva ciudad pudiese rivalizar con Roma, así que comenzó a forjarse una lucha por la hegemonía del Mediterráneo (donde nos hubiese gustado a más de uno nacer, como Serrat) en las llamadas Guerras Púnicas.
Mi paso por el Colegio y el Instituto hizo que me forjara la imagen de varias guerras como acontecimientos importantes que nunca debía de olvidar (sobre todo si quería sacar buena nota en Historia), así solía recordar con facilidad los nombres de las Guerras Médicas, del Peloponeso, o el de las Guerras Púnicas (aunque no me preguntaran por aquél entonces ni el siglo ni los combatientes) y siempre recordaba, eso sí, que el fondo de la cuestión era el dominio económico, territorial o político. Pues eso mismo sucedió con Cartagena.
El caso de Las Guerras Púnicas me costaba más trabajo memorizar ¡pues eran tres, ni más ni menos! Bueno yo solo recordaba que se enfrentaron los romanos con los cartagineses por el Mediterráneo y que acabaron con el triunfo de Roma sobre los púnicos, a saber, los cartagineses (con esto no conseguía, claro está, ni el aprobado en Historia), los romanos, que no tenían un pelo de tontos, conscientes de la importancia estratégica y económica del control marítimo cartagenero se esforzaron en ganar el comodín de una ciudad tan importante en ambos sentidos.
Conquistar La antigua Qart Hadasht era como si les tocara la lotería a los romanos (bueno también es verdad que su trabajo les costaría después de las dichosas Guerras Púnicas) por lo que no podía por menos que ser destacada desde Roma, así que la nombraron “colonia” bajo la denominación de Colonia Urbs Julia Nova Carthago. Ya sé, ya sé lo de ser colonia suena a algo muy subordinado, pero no se confundan, la colonia era considerada con una categoría política más favorable a Roma y con mayor prestigio, en la que sus ciudadanos gozaban del derecho romano.
Pero si creen ustedes que aquí termina el poderío de Cartagena, se equivocan porque más tarde en la época bizantina, cuando el Emperador Justiniano tomó la ciudad la convirtió en la capital la provincia de Spania que iba desde Málaga hasta Cartagena, figúrense su poderío.
Claro que los cartageneros también han ayudado a preservarla como gran urbe y defenderla de intrusos y gentes de mal vivir. Y hasta los frailes han colaborado, según cuentan, pues allá por el siglo XVII un fraile de armas tomar del monasterio de San Diego que tenía buenos contactos con gente de reputación dudosa, cuando supo de la intrusión de piratas por el puerto de Cartagena apagó la Linterna del Parque Torres que servía de faro para las embarcaciones, y en un lugar opuesto encendió otra que confundió a los piratas que terminaron irremediablemente embarrancados, acabando con el asedio y apresando a los intrusos. Conclusión, señores, el fraile diría como dice el refrán: “A Dios rogando y con el mazo dando”.
Si van a Cartagena no dejen de observar La Linterna situada en el Parque Torres en el Cerro de la Concepción y disfrutar de algún concierto en el auditorio al aire libre ubicado junto al Castillo de la Concepción. Desde La Linterna, declarada monumento desde 1949 comprenderán mejor la astucia del monje cartagenero.

