
Suponte que inicias un nuevo trabajo y tienes varios compañeros contigo. Está el compañero disciplinado, el exigente, el rebelde, el despistado, el vago, el que llega tarde, el que se va antes o el que se dedica a dar vueltas como un relaciones públicas. Necesitas un buen jefe que delimite las funciones, tareas y normas de funcionamiento; dejando claro a todos lo que se debe hacer, marcando la línea de “aquí hasta acá” para evitar conflictos. No te gustaría un jefe que hoy se ríe o ignora un hecho y mañana se enfada por el mismo hecho.
En casa, ocurre igual. Si los padres que somos los jefes, no mandamos bien, mandaremos mal. Si no dejamos claro lo que hay que hacer nos podemos encontrar con problemas de organización. Si tu hijo es disciplinado, necesitará una sola orden para saber lo que tiene que hacer; pero si es rebelde, lo cuestionará todo y confundirá el rango; y si es un hijo inmaduro, necesitará un guía permanente. Cada hijo tiene una forma de ser, pero todos van a necesitar un buen jefe, con un buen manual de instrucciones.
Un centro educativo puede manejar a 1.000 chavales y tú en tu casa no puedes con 1, 2 o 3 hijos. Es curioso cómo nuestros hijos en el colegio cumplen las normas establecidas. Saben por dónde se sube, se baja; dónde se utiliza el balón; espacios para hablar o para correr; hora de entrada y salida. Y lo saben porque todos los días es lo mismo; todos los días es Sota, Caballo y Rey. No se juega hoy con el 9 de copas y mañana con el 3 de oros, aunque los chicos siempre tienen un As en la manga, en beneficio propio. Pero, ¡da igual! sigue siendo Sota, Caballo y Rey. Saben clara y firmemente lo que pueden y lo que no pueden hacer y saben las consecuencias ante el incumplimiento, porque se aplican.
Si en casa también son las mismas tareas todos los días; dónde dejar la mochila, los zapatos o la ropa; cepillarse los dientes, hacer la cama o cuándo hacer los deberes o el uso de los dispositivos, pero tenemos que repetir las normas o enfadarnos para que se cumplan, es porque no están bien formuladas y los hijos entienden que pueden jugar con otras cartas o romper la baraja. Si no interiorizan las normas, debemos revisar nuestras cartas y cómo estamos diciendo lo que tienen que hacer, en vez de quejarnos y pensar que nos toman el pelo, que se ríen de nosotros o que son unos egoístas.
Los padres no podemos ser los colegas de nuestros hijos, tenemos que ser buenos jefes, previsibles, con rutinas estables y no educar ni a trompicones ni por estados de ánimos. Como si fueran naipes, si tienes que repetir las normas (2 de copas), gritar para que te escuchen (8 de espadas) o amenazar para que te obedezcan (4 de bastos), ten por seguro que tu hijo sabe cómo jugar contigo. No vale decir una cosa y dejar que hagan otra. Siempre haz lo que has dicho que harías y verás cómo responden mejor. Si has dicho, Sota, Caballo y Rey, no saques otras cartas.
Los padres ponemos normas para que se cumplan, no para discutirlas. Y los hijos se han acostumbrado a discutirlas. Pongamos pocas normas, claras y justas en edad y evolución del hijo. Por ejemplo, una mala norma sería decirle “No puedes estar todo el día enganchado con el móvil. A partir de ahora lo tendrás un ratito al día”. Sin embargo, decirle “Cuando termines de hacer los deberes bien en el horario establecido (17-19 h), podrás usar 1 hora el móvil”.
Describe lo que quieres que haga, en el tiempo y con la consecuencia de no hacerlo bien. Porque las normas se cumplen aunque se aplique la consecuencia. Quiere decir, que tu hijo, sí o sí hará los deberes, pero si se retrasa en hacerlos, ese tiempo lo perderá del uso del dispositivo.
Haz un Consejo de Familia para comunicar las normas y al día siguiente, publicadas en el BOC, Boletín Oficial de Casa, entrarán en vigor, sin más explicación que el refuerzo positivo por la armonía del hogar o por la aplicación de la consecuencia por la infracción. ¡No se discuten las normas, se aplican! Y verás cómo funcionan. Nuestros hijos necesitan buenos jefes en casa.
Este artículo se lo dedico, con todo mi cariño y respeto de las familias, a Rafa González (17/05/21) y a Sergio García (11/09/21), primo y compañero de piso durante la Universidad del padre de mis hijas; que han encontrado en la carretera el límite de la vida. La vida es un ratito. Un abrazo al cielo.

