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ENTRE TÚ Y YO

Los niños y el dominio de las redes sociales

Francisco Luis Velasco Miércoles, 13 de Octubre de 2021 Tiempo de lectura:

 

De acuerdo, lo admito. Yo soy uno de ellos. Estoy en las redes sociales. Imagino que es señal de que el mundo está cambiando. Supongo que puedo estar en cualquier lugar por puro capricho, en cualquier momento, justo después de la cena, incluso mientras duermo, cuando me deleito con la dulce seguridad de que mi móvil está conmigo.

 

Internet es soberbio. La información que descubres navegando por el espectáculo de los algoritmos es espléndida, exagerada y sorprendente. Pero, cada vez que miro a mis hijos frente a la radiante pantalla, su rostro brilla con una alegría infantil que me llena de incertidumbre. Se me hace un nudo en el estómago. Pienso de qué modo puede afectar a sus vidas. Entiendo que es otra manera de buscar refugio, otro modo de reaccionar ante un mundo virtual que se impone día a día. No solo han caído bajo el dominio de las redes sociales, sino que también están siendo despojados de su propia individualidad.

 

Son niños que han nacido y crecido prácticamente con un dispositivo móvil bajo el brazo. La denominada generación Alfa. Los«millennials». Aquellos que no realizaron la transición entre el mundo analógico y el digital. Niños que son capaces de aprender a utilizar las herramientas digitales de una forma vertiginosa, y que demuestran maestría a la hora de realizar las mismas acciones que los adultos. Pero, ¿son realmente conscientes de las consecuencias de sus actos? ¿Son capaces de interpretar lo que ven en Internet? Que hayan comenzado a utilizar las nuevas tecnologías desde una edad más temprana, no quiere decir que puedan entender el verdadero significado y las consecuencias de su uso.

 

Si empiezas a sentir preocupación por la dependencia de tus hijos hacia las redes sociales, y ciertamente deberíamos sentirla, tenemos mucho de lo que preocuparnos. Actualmente, los niños hacen uso excesivo del Internet, dentro del cual las redes sociales son las que predominan en cuanto al tiempo dedicado a la hora de navegar. Los problemas que puede ocasionar su uso excesivo son variados y van desde el aislamiento de la realidad a diferentes formas de actuar, comparada con la idílica utopía que muestra el ciberespacio. La necesidad compulsiva de utilizar Internet. Una sensación de poder o control del mundo virtual, que les hace menos tolerantes a recibir órdenes de los padres. El acceso a información inapropiada, criminalizada por culpa del uso irresponsable de algunos usuarios, o la preferencia de lo virtual a la interacción social. Incluso hay numerosos casos de síndrome de dependencia a las apuestas o a las drogas y la muerte.

 

Según parece, este tipo de actitudes se producen por el atrayente contenido o el influjo de los llamados «influencers», que se lucran sacando un inmenso rédito económico. Suelen mostrarse vistiendo su propia marca de ropa que lógicamente está a la venta y realizando actividades propias de adultos, incluso cuando el componente es sexual, lo que crea una visión distorsionada de la realidad. Gente que sobresale dentro de las redes sociales únicamente por su imagen perfecta, por la sarta de tonterías que pueden llegar a decir y resultan «graciosas», o por ser maestros en «vender caramelos en la puerta del colegio». Personas que se jactan de su éxito y que pueden llegar a interferir en las «creencias» que tienen los jóvenes de sí mismos y en el «autoconcepto».

 

La consecuencia de todo esto en la mayoría de los casos: niños con baja autoestima, con problemas de ansiedad, frustrados e irascibles, que pierden el interés por el arte, la cultura, los libros y la naturaleza, o los maravillosos descubrimientos imprevistos que todos nosotros (los adultos) hemos hecho a través de la observación directa. Niños que no saben qué hacer cuando no están en línea. Más impacientes, que no son capaces de esperar para lograr sus objetivos. Que no han hecho nunca una tarea creativa por sí mismos, que no han corrido en la calle, que no han saltado a la comba, al elástico, jugado al pilla-pilla, en equipo, o al fútbol en porterías improvisadas, que no han ido a un campamento de verano, que no han practicado deportes acuáticos, que no han conectado o conocido a otros niños en persona de su propio barrio. Niños cuyos hábitos se vuelven repetitivos, aburridos y cuestionables por el poder de la tecnología y los medios.

 

Pero no fantasees pensando que no arrastras culpa por ello. La responsabilidad es de los padres. A ellos (a los niños) no les falta razón; no lo puedes negar, no mientras seas tú quién les compró el móvil o la Tablet. Durante años, los hemos observado, los hemos animado, hemos jugado con ellos, consentido y hasta hemos celebrado, pero, sin importar las consecuencias, que se mantuvieran ocupados y nos dejaran tranquilos, deseando que sus jóvenes e inexpertos cerebros fueran capaces de permanecer interesados en esa basura sin importarnos el trastorno emocional que pueden llegan a experimentar. Para evitar esta situación de dependencia o revertirla, es necesario establecer unos límites muy concretos, que se vayan acostumbrando a aceptar la autoridad de los padres y alternar actividades que tengan componentes virtuales con otras que no.

 

No puedo resistirlo. Vuelvo a mirar a mis hijos. Ahora que lo pienso, no recuerdo una sola vez en la que en la cena no hayan hablado entre sí de la última chorrada que han visto en un video de TikTok. Yo los observo, embelesados y excitados viendo en la pantalla al tonto de turno. Escucho el sonido de sus risas. Miro por encima del hombro y, tal y como lo imaginaba, en el móvil se ve a un chico disfrazado de abuelita haciendo el gilipollas. «¿Eso les hace reír?», pienso. ¡Carajo! ¿Qué mierda enfermiza ven ahí? Me cabreo. Estiro la mano y les ordeno que dejen el móvil en silencio. Hay una pausa en la que ninguno de los dos sabe qué hacer. Le pregunto por lo que han hecho en el colegio, pero no se les ocurre qué decir. Yo intento sonreír, pero he fracasado. ¿No te ha ocurrido a ti?

 

¿Usan los niños las redes demasiado pronto? En España está prohibido utilizarlas para aquellos menores que no alcanzan los 14 años y no tienen el consentimiento de sus padres, sin embargo, la mayoría se adelantan pues saben saltarse los controles y falsificar su edad.

 

Tratar de regular las diferentes aplicaciones diseñadas para atraer a los niños es una tarea hercúlea. Pero no lo es tanto la de ejercer de padres y madres responsables y trabajar duro para restringir el uso de Internet y las redes sociales a determinadas horas y días. Hay que advertirles de los riesgos. Debemos luchar por recuperar sus mentes inmersas algunas en esa oscuridad impenetrable. Que sepan que hay realmente un mundo asombroso ahí fuera, al aire libre, donde los dispositivos digitales no son necesarios. Un mundo de sensaciones, de vivencias, de emociones. Que sepan que pueden cambiar el tiempo frente a la pantalla por increíbles y maravillosas experiencias que pueden vivir ellos mismos, o en compañía de otros niños. Que sepan que ahí fuera, en el exterior, hay cosas reales, realidades al servicio de nuestros sentidos si tenemos la modestia de dirigirnos a ellas. Y aun así... ¿no crees que merece la pena intentarlo?

 

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