
Un viaje siempre nos depara un gran desafío personal. Casi como la página en blanco hay que ir poblándolo de experiencias que reporten satisfacción y bienestar. Se puede ser turista, montañero, aventurero, también peregrino de un mundo que se quiere desentrañar. Es dejarse escapar de la rutina, vivir una vida diferente durante un tiempo determinado. Pero sin embargo, creo que no se puede reducir solo a la movilidad física, viajar tiene otros muchos significados. Son emociones, descubrimientos, sabiduría, conocimiento del mundo y también entre las gentes. Un paseo por caminos que lentamente exploramos suena bien, mientras te dejas balancear por lo desconocido. Llevar encima un destino que no significa nada, o mucho, con una intensidad fuera de la monotonía diaria, mientras abrimos la mente a la diversidad, a los encuentros, incluso a las decepciones.
Conocerlo todo no ha estado nunca en mis planes. Mis dudas quedan resueltas fácilmente al rechazar lugares para mí insondables, fuera de mis intereses. Y es que no soy una experta viajera, no consumo viajes. Me conformo con poco. Me ajusto a mis sensaciones de una manera personal. Necesito moverme por modos de vida imaginando cómo serán sus habitantes, lo que hacen y piensan; las semejanzas que puedo encontrar entre ellos y yo. Lo digo en primera persona, lo siento de esta forma, reconozco que cuando se viaja existen otras expectativas; viajeros que quieren conocerlo todo, verlo todo, una atracción imparable por estar siempre en activo.
Mi curiosidad está presente en el ser humano que trasciende cuando se le conoce en su hábitat, en su medio; la naturaleza se mezcla con lo que busco, que no es otra cosa que algunos sentimientos que yo misma me construyo; esto es lo que me hace aprender. Desde siempre ese destino ha estado muy presente en los países nórdicos, exóticos y misteriosos, han tenido una gran influencia sobre mí. Y una especie de estrella me ha hecho darme cuenta de que no era solo una ficción.
Mi conciencia europea es muy fuerte; tanto que el ideal primero, y podría ser el único, queda satisfecho con haber logrado desenvolverme por la intensa variedad que nuestro continente encierra, sin llegar a ser una viajera pretenciosa. De esta manera, situar el Norte con el Sur, el Este con el Oeste, no deja otra huella que la belleza que encierra cada país, un dato sin importancia a la hora de hacer comparaciones.
Recuerdo la Plaza de La Ciudad Vieja en Praga, surgida en el siglo XII, protagonista de grandes acontecimientos. La gente joven con sus mochilas se agolpaba en el suelo mientras nosotros descansábamos en un banco observando esa descomunal concentración. De repente mis hijas, de mutuo acuerdo pensaban en voz alta que volverían otra vez, pero con sus mochilas; traerían sus collares y pendientes para venderlos en el Puente de Carlos, encandiladas por otros tantos jóvenes con las mismas pretensiones. En ese instante se apartaron del viaje familiar, organizado, cómodo, y descubrieron otra forma de estar en el mundo, decidieron algo muy importante que no se había manifestado hasta ese momento.
Quizá a mí me ocurrió algo parecido. Mis viajes han estado llenos de buenas experiencias y no me interesa cambiar mi precariedad como viajera. He disfrutado un Estambul, en su Ramadán más popular, con mis hermanas, donde jamás nos habíamos deleitado, disfrutado de la facultad de reírnos tanto, con una empatía que nos unió, mucho más, para siempre. Marrakech con mis nietos mayores, Hugo y Mateo junto a sus padres, alojados en un Riad de cuento del Las mil y una noches, situado en la sinuosa, oscura y miedosa Medina.
Recuerdo mis viajes a los países escandinavos: escuchar a mi pianista favorito Leif Ove Andsnes, en la inauguración del Festival de Música de Bergen, en la Sala Grieg, con los reyes de Noruega sentados entre los espectadores. Tomar un delicioso almuerzo en uno de los maravillosos salones de la Ópera Real de Estocolmo, mientras un pequeño grupo de músicos de la ópera tocaba música de Astor Piazzolla. Y unos días más tarde visitar la casa de Ingmar Bergman en Farö, la isla donde vivió sus últimos años de vida, siempre acompañada de mis amables amigos.
Es una manera de vivir el mundo, que prefiero conservarla como sueños hechos realidad. Como dice Mario Alonso, “El ser humano es una ser de encuentro”. Encuentro que no hay que guardar, más bien esperar a que vuelva a surgir otra vez. ¿Por qué no?
¡¡Hasta la semana que viene!!

