
La vida y la muerte van de la mano, pero, ¿cuál es el sentido de la vida? ” El hombre que no piensa sino en vivir, no vive” dice Sócrates. Morir forma parte del ciclo de la vida, aunque en la actual cultura occidental cuesta mucho aceptarlo. En este punto nos llenamos de miedo y sufrimiento. Se niega una realidad que sabemos existe, y que aun así la alejamos de nuestro pensamiento, la rechazamos.
Son dos caras de la misma moneda. Temerla es algo que no se puede obviar; se percibe como la conclusión de una etapa que se caracteriza por estar presente en la vida humana. Homo Sapiens es la única especie que se sabe acompañada por la idea de la muerte: un efecto terminal de la persona, un ciclo roto en su momento, incluso antes del tiempo racional.
Opuesto al nacimiento, se define como la culminación de la vida de un organismo vivo. Para el ser humano llorar reconforta; siempre hay mucho dolor acumulado, muchas preguntas, incertidumbres, también culpas. El pánico y la soledad flotan en el espíritu, en esos instantes atormentados por una causa tan cotidiana e inevitable, que no queremos, no podemos darle respuesta, y a la que cerramos nuestra mente en tanto deseamos ser inmortales.
Dicen que la vida es breve y la muerte segura. Y es que la muerte es necesaria. Parece un horror pensarlo siquiera, algo irreal que nos aparta de los seres que nos han acompañado, hemos querido, son irreemplazables. Sin embargo, cuando existe vida dentro del sufrimiento, nos reconcilia de alguna manera con la muerte.
La insoportable levedad del ser (como el título de la novela de Milan Kundera) se refuerza por el dolor de la pérdida; parece un contrasentido, sin algo positivo en esta sinrazón, pero el sufrimiento acaba para la persona que se va. Las emociones generan una depuración que nos hacen comprender muchas cosas. Si somos capaces de humanizar la muerte como lo último y fin de la existencia, encontraremos significado a la vida. Aprender a vivir desde la perspectiva de la fragilidad nos ayudará a valorar todos nuestros actos cotidianos, porque, ¿quién no ha tenido estas experiencias? La manera de ver el mundo, nuestra motivación ante la vida, que continúa, a la que debemos darle toda nuestra responsabilidad, están claramente dignificadas en la muerte.
La mayor parte de los escultores y pintores de todos los tiempos representan la muerte como un esqueleto que porta una guadaña. Los lienzos resaltan en muchas ocasiones a los santos y mártires cristianos, en el sufrimiento físico, preparados para su encuentro con Dios. El alma purificada, limpia, mientras el cuerpo maltratado ya no es nada. Jesús dignificó la muerte, el fracaso humano, con la esperanza de la Resurrección: la separación del cuerpo y el alma que implica el final de la vida física pero no de la existencia.
Para la cultura griega la muerte significó mucha confusión, la vuelta al caos primero, un pleno extravío “Un no ser donde no existe nada, ni nadie, porque todo queda envuelto en tinieblas, sin rostro”. La mitología nos presenta a Hermes, mensajero de los dioses y guías de las almas, rodeado de los espíritus de los difuntos, esperando a orillas del Estige, límite entre la tierra y el mundo, para ser transportados por Caronte al reino de Hades.
Recuerdo cuando murió mi madre: sentí un gran vacío, la sensación de que se me había escapado. Sentimientos que me impidieron comprender muchas cosas, me hicieron daño al sentir con toda crudeza la orfandad. Un fuerte desasosiego que hizo trizas mi entereza.
Y es ahora, en las mismas circunstancias dolorosas, en el poder de la reconciliación, donde de nuevo me enfrento a la verdad, paso la página y veo con claridad cómo la bruma se disipa ante el sentido de la vida, en su concepto más amplio.
¡¡Hasta la semana que, como algo irreal viene!!

