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ENTRE TÚ Y YO

En estos momentos

Ángeles Hernández-Gil Jueves, 04 de Noviembre de 2021 Tiempo de lectura:

 

            ¿Somos condescendientes? ¿Somos capaces de perdonar? ¿Hemos sentido odio, ira, rabia alguna vez? Es posible que algo parecido se haya colado en nuestro interior en algún momento duradero o pasajero; es común en las personas acceder a estos sentimientos contradictorios que son perjudiciales si se dejan madurar.

 

            He leído que el odio es un signo de nuestra época, siempre que se pueda canalizar, porque sabemos que aparece como la tristeza o la alegría. Según el diccionario “es un sentimiento profundo, largo e intenso de repulsa hacia alguien que provoca el deseo de producirle daño. Aversión o repugnancia violenta hacia una cosa que provoca su rechazo”. Una reacción visceral de la que pocos se escapan en la vida, en momentos de tensión contra alguien o contra alguna situación que produce impotencia.

 

             Existen delitos de odio en nuestro código legal: un delito cuya principal característica es la motivación del autor que consiste en rechazar al que se considera diferente. Las distintas formas de intolerancia se presentan con mucha frecuencia: la xenofobia, el racismo tienen mucho en común, desde un simple rechazo hasta las agresiones físicas, pudiendo terminar en asesinato, como hemos visto hace poco. Plagas peligrosas que anidan en nuestro planeta a diario, manifestaciones de violencia, agresiones que aparecen con toda crudeza.

 

            Canalizar el odio no es malo; literatura aparte, es un sentimiento necesario ¿Merece nuestro rechazo? Seamos capaces de odiar sin matar, sin maldad, seamos indulgentes. Como nos cuesta controlar los impulsos, los expertos intentan canalizar la forma de sentirlos, sin hacernos daño. Con facilidad se utilizan de un modo cotidiano frases como, “odio que me interrumpan”, “odio que me den plantones”, “odio subir montañas”. Se dicen sin malicia, y es que eventualmente se puede odiar a alguien o algo sin experimentar efectos destructivos.

 

            Descartes ve en el odio la conciencia de que algo está mal, junto con el deseo de retirarse de ese sentimiento, puesto que el odio es lo opuesto al amor, a la amistad. Freud lo define como un estado del “yo” que desea destruir la felicidad. Psicólogos más considerados, lo definen como una actitud o disposición más que un estado emocional, temporal. Quizá genere solo antipatía por causas naturales, pensamientos negativos; como pueden ser la convivencia, la falta de un trabajo seguro.

 

            Lo cierto es que el ser humano utiliza estas herramientas emocionales para identificarse, defenderse, desahogar el espíritu. Todo lo que viene de nuestro interior es válido cuando tenga un propósito y ayude a nivelar los estados de arrebato y furia. Escuchando la radio, me entero de que hay mucha gente dispuesta a perder algunos derechos por conseguir un mayor bienestar. Aunque parezca un desatino, estas cosas ocurren.

 

            ¿Qué sentiría la atractiva bailarina y actriz Cyd Charisse, mientras baila y baila sonriente, como algo natural y sencillo, en sus películas, con su ágil y simpático compañero Gene Kelly? Sabemos que en el cine nada es lo que parece, y en los rodajes, en los planos de baile, el nivel de exigencia del genial bailarín y coreógrafo era tan perfecto que su pareja al final del día llegaba a su casa angustiada, con los pies ensangrentados, por horas y horas de repetición. Ahora se tacharía de maltrato. Seguro. Pero tal vez, lo único que tendría claro la preciosa actriz sería enfurecerse con su arte, Hollywood y su encantador maestro.

 

            En tanto a las personas “normales”, por decirlo de alguna manera, el odio no se instala con tanta fuerza; pero sí es habitual sentir una antipatía fuerte por alguien sin saber muy bien por qué. La calle nos descubre una pésima convivencia ciudadana. También ciertos programas de televisión nos sitúan unos contra otros, nos irritan. Hasta el pensamiento político, las propias ideas personales, incluso el deporte, incitan a recrearse en la rudeza de la descalificación hacia el otro, cuando se propaga con ayuda del alcohol, las drogas y otros estímulos.

 

            Dejo a un lado sentimientos y emociones tan disparatadas como cotidianas. Pero hay tantas cosas que no se consideran delitos… Es complicado sanear estructuras ciudadanas que se han metido de lleno como manzanas envenenadas, y las dejamos estar, nos alejamos de ellas, incluso las vamos aceptando a costa de no meternos en líos.

 

            Ahora levanto la cabeza de la página que escribo, la que analizo con tiento, evitando polémica. Solo mi verdad queda suspendida en aire, y no me atrevo preguntar.  

 

                                     ¡¡Hasta la semana que viene!!

 

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